En cierta ocasión, al Papa Juan Pablo segundo un sacerdote se le acercó y le dijo: “Santo Padre, el Obispo de mi diócesis no cree en el infierno”. El papa le contestó: “Si no cree en el infierno, entonces tampoco cree en el Evangelio”. Jesús no nos puede mentir; Él habló en las Escrituras hasta quince veces del infierno. Podemos cerrar los ojos e imaginarnos que la lluvia no cae, que el viento no sopla ni retuerce los árboles, que los temporales no arruinan cosechas ni se traga a los náufragos. Podemos inventarnos un mundo feliz, sin preocupaciones, en el que sólo tengamos oídos para las palmadas en la espalda y las sonrisas complacientes. Cuando abramos los ojos de la insensatez, veremos que habremos despertado en el infierno. Entonces quizás sea demasiado tarde.