Miguel Juan Pellicer era un joven de 20 años, que había abandonado Calanda, su lugar de nacimiento, para ir a trabajar a Castellón de la Plana en las fértiles tierras del antiguo reino de Valencia. En los campos de Castellón estaba trabajando como bracero de su tío materno Jaime Blasco. Un día de finales de julio de 1637, cuando regresaba a la hacienda de sus familiares, conduciendo dos mulas, que arrastraban un chirrión, un tipo de carro de tan sólo dos ruedas y que iba cargado con trigo, se cayó (por un descuido suyo, declarará más tarde ante notario) de la grupa de la mula sobre la que iba montado... Una de las ruedas del carro (sabemos por los documentos que el peso del trigo que transportaba era de cuatro cahíces, una antigua medida valenciana) le pasó sobre la pierna derecha, por debajo de la rodilla, fracturándole la tibia en su parte central. Para tratarlo mejor, Miguel Juan fue llevado por su tío Jaime primero a Castellón, e, inmediatamente después, a Valencia. En esta ciudad fue ingresado en el hospital real. Por el libro de Registro sabemos que fue ingresado un lunes 3 de agosto. Las informaciones del Registro son precisas hasta el punto de indicar en valenciano la indumentaria del herido: porta unos pedazos pardos. Es decir, llevaba unos pantalones rotos de color gris. El cuidado con que está redactada la nota de ingreso se extiende a la firma (Pedro Torrosellas), el administrativo que la escribió... En el hospital de Valencia permaneció Miguel Juan tan sólo cinco días, durante los cuales le aplicaron algunos remedios que no aprovecharon.





Deseando regresar a su tierra y, sobre todo, ir a vivir bajo la protección de la Virgen del Pilar en Zaragoza, se puso en camino. El viaje le resultó muy penoso a causa de su pierna fracturada. Duró más de 50 días en plena época de calores estivales, con un recorrido de más de 300 kilómetros, atravesando, entre otros lugares, una cadena montañosa y transcurrió “de lugar en lugar por caridad y limosna”, como aseguran las actas del proceso.





Miguel Juan llegó finalmente a Zaragoza a principios de octubre de 1637. Se había ayudado de unas muletas y, según parece, de una pierna de madera sobre la que apoyaba la rodilla, pues la parte fracturada estaba doblada y asegurada al muslo con una correa... Tan pronto como llegó a la capital aragonesa, pese al agotamiento y a la fiebre, se confesó y recibió la eucaristía. Inmediatamente después, consiguió ser admitido en el Real Hospital de Nuestra Señora de Gracia. Fue instalado primero entre los enfermos afectados de fiebre, en la sección o cuadra de calenturas. Después sería trasladado a la sección de cirugía. Los médicos determinaron que, dado el avanzado estado de la gangrena y la ineficacia de los tratamientos aplicados durante los primeros días de estancia en el hospital, el único medio de salvarle la vida era amputarle la pierna. En su declaración ante los jueces, los sanitarios señalaron que la pierna estaba “muy flemorizada y gangrenada” hasta el punto de que parecía negra... A mediados de octubre, fueron los cirujanos Estanga y Millaruelo los que practicaron la amputación, cortando la pierna derecha “cuatro dedos más debajo de la rodilla”, procediendo inmediatamente a la cauterización. Para atenuar, de alguna manera, los terribles sufrimientos de la operación que se realizó con una sierra y un cincel, para a continuación aplicar un hierro candente, al paciente tan sólo se le proporcionó una bebida alcohólica y narcótica utilizada en aquella época, pues los primeros analgésicos eficaces (el éter y el cloroformo) no aparecieron hasta dos siglos después. En el transcurso de la operación, estuvo “encomendándose siempre a Nuestra Señora del Pilar, implorando su auxilio en tan grande trabajo”.





Los cirujanos estuvieron asistidos por el joven practicante Juan Lorenzo García que recogió del suelo la pierna y la depositó en la capilla donde se llevaban los cadáveres. Después declarará el haber enseñado aquel resto sanguinolento a algunos enfermos y también al capellán y administrador del hospital don Pascual del Cacho, que sería asimismo llamado a declarar en el proceso. Este sacerdote declarará que “vio en el suelo la dicha pierna cortada y al enfermo lo procuró esforzar con algunos ejemplos y después oiría que la pierna iba a ser enterrada”.





Ayudado por un compañero, el practicante García enterró la pierna en el cementerio del hospital en un lugar habilitado al efecto... Dará testimonio de que enterró el pedazo de pierna horizontalmente “en un hoyo como un palmo de hondo”, de unos 21 centímetros. Se trata del mismo hoyo que, casi dos años y medio después, aparecería vacío.





Tras unos meses de estancia en el hospital..., arrastrándose como pudo, dirá en el proceso, se acercó al santuario del Pilar, situado casi a un kilómetro de distancia del hospital. Quería dar gracias a la Virgen “por haber quedado con vida para servirla y de nuevo se le ofreció muy de veras, suplicándole fuese servida de favorecerle y ampararle para poder vivir con su trabajo” a pesar de la terrible mutilación sufrida. Después de haber pasado el otoño y el invierno en el hospital, en la primavera de 1638 salió de allí definitivamente. Tras despedirlo, la administración lo proveyó de “pierna de palo y muleta”.





Para sobrevivir, tuvo que dedicarse a pedir limosna en la entrada del santuario del Pilar y consiguió un permiso regular para pedir en la puerta que da al río Ebro. Era un mendigo, como se llamaba entonces, de plantilla. Así el joven Pellicer será conocido por todo el mundo, pues en Zaragoza, una ciudad de unos 25.000 habitantes, se conocían todos. El joven era muy devoto y cada mañana asistía con devoción a la misa en la santa Capilla, donde se encuentra la imagen de la Virgen del Pilar. Y cada día, al limpiar los servidores las ochenta lámparas que ardían en la capilla de la Virgen, les pedía un poco de aceite para restregarse el muñón de la pierna.





Después de dos años de vivir así, en la primavera de 1640, decidió ir a visitar a sus padres a Calanda, pues no los había visto desde hacía tres años. El día de su regreso, habría que fijarlo entre el 4 y el 11 de marzo de 1640. Para no ser gravoso a sus padres, se dedicó a pedir limosna en los pueblos de alrededor, haciendo que, de esta manera, lo conociera mucha gente que después daría testimonio del milagro.





El 29 de marzo no fue a pedir limosna, como acostumbraba, y se pasó el día en el campo de su padre, haciendo nueve cargas de estiércol en una gran espuerta colocada a lomos de un jumento. Al atardecer, estaba muy cansado por el esfuerzo y con un dolor en el muñón más fuerte que el habitual. Por eso, se fue a dormir temprano.





Entre las diez y media y las once de la noche, la madre de Miguel Juan entró con un candil en la mano en la habitación. Inmediatamente, notó, según declarará después, “una fragancia y un olor suave nunca acostumbrados allí”. Según fray Jerónimo de san José, que obtuvo el imprimatur de su folleto en Zaragoza solo trece días después de la sentencia del proceso: “Al consuelo de la milagrosa sanación, se añadió un perfume como de paraíso por entero diferente a los de la tierra, que se prolongó durante muchos días, no sólo en la estancia, sino en todas las cosas que en ella estaban”.





Sea como fuere, María Blasco de Pellicer, de 45 años de edad, sorprendida por aquellas emanaciones de perfume, levantó el candil para ver la posición en que se encontraba su hijo. Pudo comprobar que dormía profundamente. Pero también advirtió, y creyó que era un error, dada la escasa luz existente, que por fuera de la capa, demasiado corta para ser utilizada como manta, no sobresalía un pie sino los dos, “uno encima del otro, cruzados” tal y como declarará en el proceso. Inmediatamente, la mujer llamó a su marido, que se había entretenido en la cocina, para que viniera a esclarecer la situación. Acudió el hombre y retiró la capa, descubriendo algo increíble: aquellos dos pies cruzados pertenecían a su Miguel Juan... Para conseguir que despertara, y en esto coinciden los respectivos testimonios, se emplearon “más de dos Credos”... Cuando sus padres le pidieron que les dijera cómo había sido aquello, el joven respondió que no sabía cómo había sido. No obstante, añadió que, cuando lo despertaron, se hallaba soñando “que estaba en la santa capilla de Ntra. Sra. del Pilar de Zaragoza, untándose la pierna derecha con el aceite de una lámpara, como lo había hecho cuando estaba en ella”... No dudó un instante en atribuir su curación a la intercesión de la Virgen de Zaragoza. Y añadió que aquella noche, al acostarse según era su costumbre, se había encomendado “muy de veras” a la Virgen del Pilar. Según los testimonios tomados bajo juramento del protocolo notarial, redactado tan sólo tres días después del hecho y las actas del proceso que se abriría 68 días después, el joven repitió que “tenía por cierto que la Virgen del Pilar se la había traído (la pierna cortada) para que así le sirviese mejor y cuidase a sus padres”.





Es interesante anotar que la pierna milagrosa era su misma pierna, pues tenía la cicatriz originada por la rueda del carro, que le había fracturado la tibia; otra cicatriz más pequeña, ocasionada por la extirpación, cuando era niño, de un mal grano, como él dice; y también tenía las huellas de la mordedura de un perro. El 4 de junio de ese año, hicieron las diligencias para buscar en el cementerio del hospital de Zaragoza su pierna, donde había sido enterrada: no se halló señal de ella en la parte donde la enterraron, tan sólo un agujero vacío en tierra. Dios le había reimplantado milagrosamente su pierna o sus huesos, pues sus músculos, nervios, piel, tejidos, vasos sanguíneos destruidos, Dios los creó de la nada. ¿De la nada? Dicen los científicos que de la nada no sale nada. Entonces, esto va contra todas las leyes naturales y puede ser considerado un verdadero milagro.





Pero sigamos con la narración. Esa misma noche, los padres avisaron a los vecinos y vino mucha gente del pueblo a cerciorarse del milagro. A la mañana siguiente, todo el pueblo se dirigió a la parroquia a dar gracias a Dios. El vicario celebró la misa y Miguel Juan, que se había confesado, comulgó.





La noticia corrió por todos los pueblos vecinos y la gente venía de todas partes a constatar el milagro y a dar gracias a Dios. Ahora bien, es preciso anotar que el milagro no fue perfecto de inmediato. La pierna reimplantada era tres centímetros más corta que la otra, quizás, dicen algunos, porque en el momento de la amputación, el joven no había completado su crecimiento. El grosor de la pantorrilla era menor. No podía poner el talón en el suelo ni caminar normalmente, porque tenía los dedos del pie como agarrotados, como si les faltara vitalidad. Pero a los tres días, ya tenía vitalidad en la pierna y, después de dos meses, según afirman todos los testigos, ya podía correr con ligereza y subir la pierna derecha hasta la cabeza sin dolor ni pena alguna. ¿Por qué duró la curación perfecta dos meses? ¿Quiso Dios que la naturaleza hiciera su parte? ¿Quiso reimplantársela con los tres centímetros de menos tal como la tenía, cuando se la amputaron? Sea lo que sea, el milagro es realmente maravilloso, de modo que algunos lo han llamado el milagro de la resurrección de la carne, un anticipo de lo que será nuestra propia resurrección futura.





Resumiendo brevemente el milagro, diremos así: Entre las diez y once de la noche del 29 de marzo de 1640, mientras dormía en su casa de Calanda, a Miguel Juan Pellicer, un campesino de 23 años, le fue restituida, repentina y definitivamente, la pierna derecha que había sido hecha pedazos por la rueda de un carro y que le había sido amputada cuatro dedos por debajo de la rodilla, a finales de octubre de 1637, es decir, dos años y cinco meses antes, en el hospital público de Zaragoza.





A los tres días del hecho, el 1 de abril, fiesta del domingo de Ramos, llegó a Calanda el párroco de Mazaleón don Marcos Seguer y uno de sus vicarios, don Pedro Vicente, con el notario real de Mazaleón, doctor Miguel Andreu y, después de haber consultado a los testigos, firmaron un acta notarial. Estamos, pues, ante “una intervención divina”, atestiguada por un acta notarial, ante un milagro ni más ni menos con la garantía de un documento ajustado a la normativa vigente y corroborado por diez testigos oculares, escogidos entre los de mayor confianza y mejor informados de los muchísimos disponibles. Y, por si fuera poco, el acta notarial fue extendida y autentificada pasadas algo más de 70 horas del suceso en el propio lugar donde ocurriera. El acta original ha llegado en perfecto estado hasta nosotros, y está expuesta en una artística vitrina en el lugar más destacado del Ayuntamiento de Zaragoza: el propio despacho del alcalde. Como dice el historiador Leandro Aína Naval: Se trata de un acto público, acta notarial, diríamos hoy, documento de máxima autoridad en todo tiempo, que se acerca al ideal exigido por algunos racionalistas para la comprobación de los milagros en su vertiente histórica...





Voltaire, en la voz “Milagro” del Diccionario filosófico, pide algo parecido. Dice: “Haría falta, por tanto, que un milagro hubiese sido comprobado por un determinado número de personas juiciosas y sin interés alguno en la cuestión. Además, sus testimonios tendrían que ser registrados en debida forma, pues si hacen falta tantas formalidades para actos como la compra de una casa, un contrato de matrimonio o un testamento, ¿cuántas formalidades no serían necesarias para demostrar cosas que por naturaleza son imposibles?”.





Por otra parte, el Ayuntamiento de Zaragoza, el 8 de mayo de aquel mismo año, solicitó a la Iglesia la apertura de un proceso para esclarecer bien los hechos. Las actas del proceso contienen un total de 120 nombres ilustres o humildes, entre jueces, notarios, procuradores, alguaciles, testigos de prueba, médicos, enfermeros, sacerdotes, posaderos, campesinos, etc. Los historiadores han reconstruido la biografía, con mayor o menor precisión, de todas las personas relacionadas con el proceso y que, en mayor o menor medida, fueran influyentes y que han dejado huellas de sí en otras ocasiones y, por tanto, en otros documentos. Por eso, quien quiera poner en duda la muy sólida inserción de este proceso en el Aragón y la España de la primera mitad del siglo XVII, tendría que negar por coherencia toda credibilidad a cualquier otro suceso de la historia, incluso al que mejor esté atestiguado.





Después del proceso, el arzobispo de Zaragoza, Pedro de Apaolaza, en sentencia del 27 de abril de 1641 declaró el hecho como milagroso. Dice así: Consideradas estas y otras cosas, el consejo de los abajo firmantes ilustres doctores, tanto de sagrada Teología como de Derecho pontificio, afirmamos, pronunciamos y declaramos que a Miguel Juan Pellicer, natural de Calanda, de quien se ha tratado en este proceso, le fue restituida milagrosamente la pierna derecha, que precedentemente le había sido cortada; que no ha sido un hecho obrado por la naturaleza sino una obra admirable y milagrosa y que se debe juzgar y tener por milagro, concurriendo todas las condiciones requeridas por el Derecho para que se pueda hablar de un verdadero milagro en el caso aquí examinado. Por tanto, lo inscribimos entre los milagros y como tal lo aprobamos, declaramos, autorizamos y así lo decimos.





A los pocos días, fue celebrada la sentencia con una gran fiesta en la plaza frente al santuario del Pilar. Acudieron todos los habitantes de Zaragoza a alegrarse y dar gracias, pues todos conocían a Miguel Juan. De esta manera, el más sorprendente de los milagros llegó a ser el más público, pues una ciudad entera conocía al protagonista. Todavía se conserva la factura y el pago correspondiente de los fuegos artificiales que se dispararon en aquella noche de la fiesta.





Sobre la sentencia del proceso y las firmas correspondientes, se hicieron dos ejemplares, uno destinado al Ayuntamiento de Zaragoza y el otro al cabildo del Pilar. El ejemplar del Ayuntamiento desapareció a principios del siglo XIX. El documento original del cabildo desapareció en 1930, al habérselo prestado al monje benedictino, de origen francés, Aime Lambert. Pero hay muchos investigadores que lo citan. Algunos lo han visto, como el profesor emérito de la universidad Complutense de Madrid, el reverendo don Manuel Mindán Manero. Pero hay más: en 1829, el documento original fue publicado íntegramente en un volumen que puede encontrarse en muchas bibliotecas españolas, en una edición preparada por el historiador agustino fray Ramón Manero. Esta edición tiene la garantía de las firmas y sellos de dos notarios que dan fe de que el texto concuerda con el original. En el mismo pueblo de Calanda se conserva otra copia legalizada con los sellos notariales y autorizada por el arzobispo de entonces, Monseñor Francisco Ignacio Añoa del Busto.





En resumen, diremos que éste es un milagro bien documentado y querer negarlo significaría negar todos los documentos perfectamente legalizados y autorizados, e incluso, negar toda la fe de miles de personas que conocieron al joven del milagro. Este suceso no sólo fue conocido en Zaragoza y sus alrededores, sino en toda España. De modo que hasta el rey Felipe IV mandó llamar a Miguel Juan en octubre de 1641. El rey, según las crónicas, se arrodilló ante él y le besó la pierna del milagro.





El mismo año de 1641, el escritor fray Jerónimo de san José escribió un folleto basado en las actas del proceso y lo publicó con el título: Relación del milagro obrado por Ntra. Señora bajo la devoción de la santa imagen y sacrosanta capilla de Ntra. Señora del Pilar de Zaragoza, en la resurrección y restitución a Miguel Pellicer, natural de Calanda, de una pierna que le fue cortada y enterrada en el Hospital general de aquella ciudad, cuyo prodigio decretó el ilustrísimo señor Don Pedro Apaolaza, arzobispo de Zaragoza, el 27 de abril de 1641.