Escribió San Pedro Celestino: Recuerdo que, siendo niño de corta edad se me introdujo en el ojo derecho una astilla de madera. La herida que recibí fue tal que al cabo de poco tiempo no podía ver en absoluto. Los médicos diagnosticaron la mayor gravedad y dijeron que el ojo derecho estaba perdido irremisiblemente. Pero mi madre llena de confianza en la Santísima Virgen me llevó a una de sus iglesias en donde permanecimos toda la noche. Pues bien, a la mañana siguiente mi ojo estaba completamente curado y no había señal alguna de la herida".
Con Flores a María
El santo Luis IX, al volver de la guerra de Palestina, el año 1254, se vio embestido por deshecha tempestad, hallándose frente al Monte Carmelo. Sus navíos fueron dispersados. El desaliento y la desesperación habíanse apoderado de todas las tripulaciones.
El naufragio de la armada parecía inminente.
Sólo el corazón magnánimo del monarca mostrábase confiado.
Cuando en medio de la obscuridad el vendaval le trajo el tañido lejano de una campana, y preguntó dónde sonaba, supo que era la señal de Maitines de los Monjes del Carmelo.
Vuelve, entonces, los ojos en aquella dirección, y, con ferviente súplica, hace voto de visitar a la Reina del Carmelo, si a él y a los suyos los libra de la muerte.
Bastó esta plegaria. La Reina de los mares se le apareció rodeada de luz, diciéndole:
–“No temas, yo misma seré tu auxilio; vengo para librarte a ti y a tu gente de los peligros de este mar”.
Después de estas palabras se serena el cielo, se sosiega el mar, se salvan las naves y el hijo de la reina Blanca de Castilla, acompañado de sus guerreros, sube al Carmelo a rendir afectuosas gracias a su celestial Salvadora.