La mirada de Jesús
Testimonio de un Ex-Testigo de Jehová
Hermanos, yo vengo de los testigos de Jehová. Todos conocen los testigos de Jehová, son la religión que no celebran cumpleaños, Navidad, Reyes, Madres Padres, Acción de Gracias y, lo peor dentro de su fe, es no donar sangre a nadie ni aun a sus hijos, no importa la situación, mejor morir en la fe. A los 20 años decidí casarme, el primer año mí esposa sale encinta, estábamos felices y emocionados. Cuando supimos que era una niña decoramos el cuarto con mucha emoción, alegría y amor. Una noche a mi esposa le comienzan los dolores; llegamos al hospital a las 12:00 PM del medio día. Esperando noticias de mi hija y mi esposa, por fin sale un doctor, me pide que lo acompañe a su oficina, y muy directamente me dice: “No te voy a mentir, para mí tu hija no llega a mañana, la razón es que no respira sola, la glándula que crea humedad dentro del pulmón no está desarrollada. Hace que el pulmón colapse por eso depende de un ventilador.” Tenía intravenosos en la cabeza, en sus bracitos y en sus pies.
Cuando el doctor me pide que lo informe a mi esposa lo que él acababa de informarme, a íi se me cayó el mundo encima. Ella lo tomó con mucha calma y cuando mi esposa en la tarde pudo caminar fuimos juntos a verla. No podíamos creer lo que veíamos una criatura de 3 libras con 12 onzas, no tenía pestañas, uñas y su área genital no estaba formada. El ventilador daba un 100% de aire si ella lo llevaba más de ahí fallecía. En la segunda visita no nos dejaron entrar, se estaba asfixiando, llevó el ventilador al 90%, dependía de un 10% de la maquina de respirar.
Cuando la logran estabilizar nos permitieron entrar 3 minutos para que nos despidiéramos de ella. Nos dijeron que no nos hiciéramos de ilusiones con ella. En ese momento mi esposa, me pide que la acompañe a la iglesia para orar. Yo le dije que no voy para ningún lado a hablar con un muñeco de madera y figuras de yeso; ella me lo pide de favor y yo acepto ir con ella.
Entramos en la iglesia, mi esposa se arrodilló y comenzó a orar, mientras tanto yo la observaba y no entiendo qué ella veía o sentía allí ante tantas figuras. Cuando ella terminó, era hora de la próxima visita. Seguimos directo al hospital, cuando llegamos todavía la niña seguía igual de grave. El doctor me llama una vez más y me indica que hay que transfundirle sangre rápido. Le pregunto por el sustituto de sangre y me indica que el sustituto no funciona porque el sustituto acelera el proceso de desarrollo de las células en la sangre y que la niña no necesita eso, que ella necesita el oxigeno que hay en la sangre viva. Cuando mi madre escucha eso comenzó un bombardeo de que eso no era correcto, de que yo no podía hacer eso, que yo sabia lo que tenia qué hacer, que se la pusiera en las manos a Jehová.
Algunas personas que me conocían desde que yo había nacido me dieron la espalda y hasta el día de hoy no me hablan. Me sentía entre la espada y la pared. Entré en el baño del hospital y le dije a Dios: “Dios (no sabía a quien hablaba, sé que era a alguien que estaba en el cielo), voy a aceptar la sangre para mi hija, no sé si es lo correcto o no pero que sea Tu voluntad, porque si digo que no y mi hija muere voy a perder mi matrimonio por amarrarle las manos al médico.” Después de la decisión sentía miedo y confusión y solo en la fe que yo conocía. Le dije a mi esposa: “Vamos a tu iglesia a orar”, ella me dice: “No juegues con eso y menos en este momento. Yo le dije: “No estoy jugando, necesito orar.”
Llegamos a la Iglesia Nuestra Señora de la Altagracia, entré y caí de rodillas. Allí en el altar hay un Cristo crucificado. Lo miré con miedo, dudas e inseguridad y le dije: “Si Tú eres el que eres y de verdad estás vivo, devuélveme a mi hija y yo te voy a servir siempre.” Aquel Cristo de madera enderezó su cara, me miró a los ojos se sonrió suavemente y volvió a inclinar su cabeza. Yo no sabía si correr, gritar y no sé lo conté a nadie por temor.
Le dije a mi esposa que regresáramos al hospital. Cuando llegamos el doctor nos estaba esperando y me dice: “Necesito hablar contigo.” En mi mente rápido vino un pensamiento: {Yo fui a hablar donde no era, hablé con quien no era y por mis tonterías perdí a mi niña} El doctor me dice: “Yo hice todo lo posible, todo lo que estuvo a mi alcance y lo que sucedió no fui yo.” Yo digo: Doctor, ¿qué pasó, falleció? Él sonríe y me pregunta cómo se llama la madre, yo le digo que su nombre es María Milagros. Él vuelve a sonreír, extiende su mano y me dice: “Te felicito porque eso es lo que te llevas: un milagro; tu hija respira sola, está gritando de hambre y tuvimos que amarrarle las manos porque se quitó el tubo endotraqueal que estaba conectado al ventilador, el intravenoso y no se queda quieta. Te felicito, tu hija le hace honor al nombre de su madre para la gloria de Dios.”

