Señor, yo, el más pequeño de tus hijos, el más grande de los pecadores, el mayor de los hombres ingratos, consagro mi pobre vida a Ti.
De mi pasado te ofrezco los días del vacío y la náusea, la soledad de las horas perdidas y la angustia de saberme ignorado o despreciado.
Del ayer, todas mis lágrimas derramadas y todo el dolor padecido; el extravío de mi pecado, los tiempos de oscuridad cuando te estaba buscando sin saberlo.
Te brindo las penas por los seres queridos que ya marcharon, el dolor sufrido por los que me despreciaron y a los que desprecié; las puertas donde llamé y los sitios donde no me recibieron; el sufrimiento cuando estuve enfermo y mi risa en la alegría; las horas de triunfo y las épocas de fracaso, mi abundancia y mi necesidad; lo poco que Te di ante lo mucho con que me obsequiaste. Lo poco que fui, lo poco que di, lo poco que amé.
De mi presente, Señor, te ofrezco mi todo y mi nada.
Todos mis afanes y luchas, todos mis progresos en la fe y mis resistencias en la carne; mi buscarte y mi negarte. Los pasos que doy, las piedras donde tropiezo, los muros que escalo, las pendientes por donde me abismo, la sonrisa de mis hijos y la amonestación de mis hermanos; las horas de júbilo y los momentos de llanto; cuando mis manos rebosan llenas y cuando mi corazón está vacío.
El aire que respiro es Tuyo, Jesús mío; los latidos de mi corazón, la sed que me abrasa, la angustia que me oprime, la tristeza que me traspasa, la fe que me mantiene en pie y la debilidad que me derriba.
En cuanto a mi futuro, Señor, me abandono a él, me abandono a Ti. Te lo doy todo. Haz de mí lo que quieras. Construye mi vida desde la nada, edifica en mí, construye sobre mí, transfórmame entero.
A partir de hoy ya no tengo destino ni voluntad. Ya no soy dueño de mis pasos. Elabora Tú mi agenda, traza mi porvenir, sugiere mis pensamientos, alza Tu voz en mí; defiéndeme, amonéstame, guíame en la duda, ilumíname en el entendimiento, aconséjame en la incertidumbre, sostenme en la debilidad, levántame en la caída, protégeme en la lucha.
Señor, que mis manos Te sirvan, que mis pies caminen hacia Ti, que sobre mi hombro descargues la Cruz. Acepta mi alegría, mi risa, mi esperanza, mi recogimiento, mi oración, mi penitencia, el dolor de mis pecados y el ansia de servirte, la tristeza de cuando te falle, mi carne, mi sangre, mis lágrimas, el dolor y la enfermedad.
Que esta miserable vida sea un canto de alabanza continua a Ti.
Yo, cuña imperfecta, indigna, tarada de Tu obra de redención, te pido que me pulas, me des relieve y lustre y marques la huella de Tu Divinidad sobre mí, de modo que este recorte de imperfección que es mi vida sirva para construir la gran casa de Tu Reino.
Hermano Saulo

