El Padre Germán de San Estanislao, confesor de Santa Gema Galgani, nos cuenta en su diario el primer encuentro que tuvo con la santa:“Era un jueves. A media cena, Gema, presintiendo el éxtasis, levantóse de la mesa y se retiró a su aposento. Poco después vino a llamarme su madre adoptiva. Fui y encontré a la joven en pleno éxtasis, cuyo asunto era un pecador, y cuya forma una lucha entre la justicia divina y la joven para conseguir el perdón de aquél.
Confieso no haber asistido jamás en mi vida a un espectáculo tan conmovedor. Gema estaba sentada en un canapé, con la vista fija en un punto de la habitación, donde se le había aparecido el Señor. No estaba agitada, sino conmovida y resuelta como aquel que lucha y a toda costa quiere vencer.
Principió diciendo: “Jesús, ya que has venido, vuelvo a suplicarte por mi pecador. Es hijo tuyo y hermano mío, sálvalo, Señor”, y lo nombró. Era el tal pecador un forastero a quien ella había conocido en Luca y a quien, movida de interior inspiración, había amonestado repetidas veces de palabra y por escrito para que pusiese en orden su conciencia y no se contentase sólo con la fama de buen cristiano de que gozaba en público.
El Señor, queriendo obrar como justo juez, se oponía a las recomendaciones de su sierva; pero ésta, sin desanimarse, le decía: “¿Por qué no me escuchas hoy? ¡Has hecho tanto por un alma sola!... ¿Y no quieres salvar ésta? ¡Sálvala, Jesús, sálvala…! La palabra “abandono” en tu boca, siendo como eres la misma misericordia, suena tan mal, que no debes decirla. Derramaste tu sangre sin medida por los pecadores, ¿y quieres ahora medir la cantidad de nuestros pecados?”.
El Señor, a fin de mostrar a su sierva los poderosísimos motivos que tenía para resistir, le manifestó una por una y con sus menores detalles las culpas de aquel pecador, culpas que habían colmado la medida. La pobre joven quedó como asustada; dejó caer los brazos y lanzó un profundo suspiro; como si hubiese perdido la esperanza de vencer. Sin embargo, respuesta pronto del susto, volvió a luchar. “Lo sé, Jesús, lo sé. Muchas son sus faltas, peor más he cometido yo y me perdonaste. Sí, lo confieso, no merezco que me escuches. Pero te voy a presentar a otra intercesora por mi pecador. Es tu misma Madre quien ruega por él. ¿Dirás ahora que no a tu Mamá? A Ella no le puedes decir que no. Ya puedes contestar que has perdonado a mi pecador”.
La victoria se había alcanzado, la escena cambió de aspecto, el piadosísimo Jesús firmó la gracia y Gema, con alegría indescriptible, exclamó: “Está salvado, está salvado, Jesús, venciste. Triunfa, triunfa siempre y triunfa a sí”. Y salió del éxtasis.
Duró esta tiernísima escena media hora larga. Terminado el éxtasis, me retiré a mi habitación con la mente llena de mil pensamientos; al poco rato sentí que llamaban a la puerta. “Padre, un caballero pregunta por usted”. Le mandé entrar y, ya en la habitación, se arrojó a mis pies y dijo: “Padre, confiéseme”. Dios mío, el corazón se me partía: era el pecador de Gema convertido poco antes. Se acusó de cuantas culpas yo mismo había oído referir en el éxtasis por la sierva de Dios. Una sola cosa olvidó, que yo le recordé. Le consolé, le referí lo que poco antes había sucedido, le pedí permiso para relatar estas maravillas del Señor y, después de abrazarnos con mayor efusión, le despedí muy afablemente”.


