En aquel tiempo, mientras estudiaba en las escuelas públicas de Chieri, Juan Bosco se hospedaba en la pensión de Santiago Marchisio. En cierta ocasión, Juan le oyó decir al dueño del hostal:
-Va a venir un santo. Sí, no te rías, jovenzuelo –amonestó-. Se trata del sobrino del párroco de Cinzano. Se llama Luis Comollo y es estudiante como tú.
Era costumbre entre los estudiantes que los primeros días de curso los ocuparan con bromas y juegos peligrosos. Fue el joven Bosco el primero que invitó a un joven recién llegado para que se uniera al resto de los bromistas.
-Me gustaría mucho, pero no estoy en forma y carezco de destreza para esos juegos –rehusó el novato.
Juan no insistió más, pero otro de los compañeros asedió al nuevo un día. Con empujones y gritos lo conminaba a participar de las peleas.
-No, amigo, yo no soy experto. Quedaría mal.
Francesco, encolerizado, le dio un palmotazo que se oyó de lejos. El agredido era más alto y más corpulento que su agresor. No le hubiera costado demasiado salir airoso en una pelea, pero el muchacho, después de sonreír al que le abofeteó y mientras todos esperaban el inicio de una buena agarrada, sentenció:
-Si tú te sientes pagado con esto, vete en paz que yo estoy contento.
Juan Bosco, admirado ante la lección que acababan de recibir todos, se acercó al chico nuevo.
-Si hubiera sido yo le hubiera hecho pedazos. ¿Cómo te llamas?
-Luis Comollo.
-¡Caramba, si tú eres el santo!
-No, sólo un simple cristiano.
-Pues enséñame a serlo a mí también.
Juan se convirtió en el guardaespaldas de Luis. Los chicos violentos sentían rabia por el protegido de Bosco, y un día se organizaron para que, mientras algunos hacían de pantalla impidiendo el paso a Juan, el resto se ensañó con Luis propinándole rodillazos, cabezazos y toda clase de golpes. Juan Bosco, enfurecido, se abrió paso entre los agresores utilizando como escudo a uno de ellos que lo agarró por la ropa como el muñeco de un ventrílocuo. Repartió castañas sin control hasta que el profesor irrumpió en la clase haciéndose entender a gritos y bofetones.
-Tu fuerza me da miedo, Juan –dijo Luis-. Dios quiere que perdonemos y hagamos el bien incluso a los que nos hacen el mal.
Bosco y Comollo siguieron siendo amigos cuando ingresaron en el seminario. Juan admiraba la devoción de su amigo mientras le veía rezar. Lo hacía con los manos juntas, la cabeza inclinada, los ojos bajos, el cuerpo inmóvil; ni el estrépito de un cañonazo o el fragor de un trueno le sacaban del recogimiento.
Durante la meditación de la mañana Luis leía y releía el mismo libro.
-¿Qué lectura es ésa que tanto te fascina, Luis?
-Meditaciones sobre el infierno.
-Materia muy triste.
-Sí, pero quiero considerar la intensidad de las penas mientras vivo.
Fue por entonces cuando los muchachos se hicieron una promesa.
-El primero de los dos que muera deberá traer al que sobreviva noticias de la eternidad.
Luis cayó enfermo. La fiebre le consumía y enseguida se supo que su enfermedad era incurable.
-Querido amigo –susurró a Juan-. Tenemos que separarnos por algún tiempo. Pensábamos confortarnos y ayudarnos en las cosas de la vida, pero ya no podrá ser. No sabrás si tu existencia será corta o larga, pero debes prepararte para la muerte y el juicio. Si has sido llamado por el Señor para instruir a otras almas, incúlcales siempre la idea de la muerte y el juicio.
Luis murió el 2 de abril. La noche del día 4, Juan Bosco estaba en su cama y no podía dormir. Su amigo no acababa de cumplir su promesa. Al dar la medianoche, se oyó un cavernoso ruido al fondo del pasillo. Era un sonido escalofriante que arrancó del sueño a los seminaristas del centro teológico. Todos se despertaron aterrados. Nadie hablaba. Una fuerza misteriosa abrió violentamente la puerta del dormitorio. En medio de la oscuridad, una débil luz languidecía al fondo. Aquel resplandor se vuelve más vivo y se oye claramente una voz familiar.
-¡Juan!
Se pronuncia el nombre don Bosco tres veces.
-¿Qué? –grita Juan
Bosco reconoce, por fin, la voz de Luis:
-¡Estoy salvado!

