Le ocurrió a San Basilio. El arzobispo de Cesárea rezaba en la capilla ante las noticias que le llegaban de cómo la herejía arriana se abría paso a fuerza de tortura y traición en el mundo cristiano. Algunos obispos habían sucumbido a ella hostigados por las tropas del emperador Valente.
Aquella mañana, absorto en la oración, un estrépito de caballos y de soldados en formación, un tumulto de voces y de gritos que se filtraban por las ventanas de su residencia, avisaron a Basilio de la llegada de una visita no deseada.
El ayudante del obispo garraspeó tímidamente para atraer la atención del eclesiástico.
-Dile que enseguida voy –dijo Basilio sin esperar a las palabras del diácono.
Ya en la biblioteca, el enviado imperial describió, extendiendo su brazo, el saludo militar romano.
-Se presenta el prefecto Modesto. Te saludo, Basilio en nombre del emperador Valente, apostado a las afueras de Cesárea.
-Que la paz esté contigo, hermano Modesto. ¿A qué debo el honor de tu visita?
-A unas pocas millas de aquí están apostadas las legiones del Emperador. Él me envía con su saludo imperial para ti, y con el deseo de que el obispo Basilio se una a los prelados cristianos que han abrazo ya las doctrinas arrianas.
La mirada pacífica de Basilio desarmaba al emisario.
-Ya me han llegado noticias de las persecuciones en Vitrina y Galacia. Rezo por aquellos que han muerto defendiendo los verdaderos postulados, y también por aquellos que, temiendo más miedo a la muerte que a Dios, se han visto obligados a profesar el arrianismo.
El soldado avanzó unos pasos con gesto desafiante.
-¿Cómo te atreves a insultar al emperador?
Basilio continuó como si no oyera.
-Con mis saludos, envíale a Valente mi gratitud por el interés imperial por salvar mi alma. No obstante, estoy convencido que mi alma estará a salvo si permanezco fiel a los mandatos de Cristo y a las enseñanzas de los apóstoles.
Modesto empuñó la espada sin desenvainarla.
-Para el caso en que mis palabras no te convenzan, me ha sido ordenado informarte que Roma cuenta con argumentos contundentes como para persuadir al más obstinado.
-Sí, ya sé, hermano Modesto. Muy bien conocemos los cristianos los argumentos romanos. Pedro y Pablo ya los conocieron en Roma y, sin embargo, poca renuncia obtuvieron de ellos.
-¡Maldito insensato, lo perderás todo!
-¿Qué me vas a poder quitar si no tengo casas ni bienes? Todo lo repartí entre los pobres.
Modesto, por fin, desenvainó la espada. La acercó al cuello de Basilio y la mantuvo sobre su piel sin causarle daño.
-¿Acaso me vas a atormentar? –insistió Basilio-. Es tan débil mi salud que no resistiré un día de tormentos sin morir y no podrás seguir atormentándome.
-Te desnudaré y te abandonaremos en el desierto; serás presa fácil para buitres y serpientes.
-A cualquier sitio a donde me destierres, allá estará Dios, y donde esté Dios, allí es mi patria, allí me sentiré contento.
Modesto guardó su arma. La mirada del anciano, su voz pacífica, sus palabras, inmovilizaron su ira.
-Jamás nadie me había contestado así.
-Quizás jamás te habías encontrado con un obispo.
Una vez que el emperador Valente escuchó a Modesto, se decidió a exiliarlo.
-Firmaré el edicto para que se cumpla inmediatamente.
La pluma de caña con la que iba a estampar la firma imperial se partió en dos. Contrariado, Valente ordenó de malos modos que le trajeran otra.
-No quiero volver a oír hablar de Basilio –confesó, mientras la segunda pluma volvió a partirse por segunda vez por la mitad.
-¡Malditos inútiles! –gritó el emperador a sus sirvientes ante la repetición del desastre-. ¡Traedme otra pluma!
Cuando el tercer ejemplar volvió a quebrarse, Valente quedó sobrecogido por un gran temor, y presa del pánico, interpretó que estaba desafiando a una fuerza divina que se había puesto en su contra. Al cabo de un rato, ordenó a Modesto.
-Ordena a tus tropas que recojan el campamento. Nos retiramos de Cesárea y lejos de Basilio.