En aquel tiempo, Juan Bosco dio su primer sermón cuando apenas había cumplido los nueve años. Sentados al calor de una fogata en un claro del pajar, los hijos de los campesinos se arremolinaban fascinados antes las historias que contaba el pequeño Bosco.
-¿Queréis uno de terror?
-¡Sí! –contestaban a coro.
-Pues antes hacemos la señal de la cruz y rezamos un Avemaría.
Fue entonces cuando comenzaron a llamarles sermones. Durante el inverno, mientras la lluvia golpeaba tenaz sobre el techo de los establos, agasajados al calor que despedían los animales, con las caras iluminadas por el pálpito del fuego mientras aspiraban los aromas campesinos del heno, el niño Juan Bosco narraba las historias de Los Reales de Francia.
En cierta ocasión, después de observar a los saltimbanquis de las fiestas, Juan quiso imitar la ciencia de aquellos artistas ambulantes, y durante meses ensayó sin tregua hasta que logró la pericia necesaria para montar su propio número de tramoyista.
Los domingos, los chiquillos de los prados perseguían a Juan hasta donde echaban raíces dos robustos perales. Atados a los troncos de aquellos árboles, extendía una cuerda y, bajo ella, emplazaba una mesita con la bolsa del prestidigitador. Sobre la hierba extendía una alfombra sobre la que ejecutaba ejercicios a cuerpo libre.
-¡Escuchadme un momentito, muchachos –ordenaba-. ¿Queréis ver verdadera magia?
-¿Sí! –respondía una algarabía unánime.
-¿Estupendo! Pero primero saludaremos a la Virgen con el rezo del Rosario.
Se oía algún que otro murmullo de protesta.
-Tú, Giuseppe, vete por blasfemo. Tú, Gianluca: el otro día te oír soltar palabrotas; vete tú también.
Juan Bosco ejecutaba saltos mortales, caminaba con las manos y elaboraba piruetas arriesgadas. Seguían los juegos de manos, tragaba monedas y las hacía aparecer en las narices del público. Multiplicaba los huevos, transformaba el agua en vino, destrozaba un pollo que luego resucitaba en otra parte. Después caminaba con la cabeza bocabajo desplazándose sobre sus manos. Por último, andaba sobre la cuerda extendida sobre los perales con una destreza de maestro, a un breve roce de viento de perder el equilibrio y romperse la crisma. Para acabar, invitaba a todos a rezar, y todos aplaudían y le palmoteaban felices por el espectáculo.
El único que no parecía contento era su hermano Antonio. Con dieciocho años, veía a Juan y sentía rabia. Durante la cena, a veces estallaba:
-¡Yo no me rompo los huesos en los campos mientras éste hace charlatán. Crecerás lleno de vicios.
Tampoco le gustó a Antonio la idea de que Juan estudiara. Un día, desafiante, el hermano mayor dijo a su madre:
-Es hora de acabar con esta gramática. Yo me he hecho grande y fuerte sin necesidad de libros.
Juan, apuñalado por el dolor, respondió:
-Tampoco nuestro burro ha estado en la escuela y es más fuerte que tú.
Cuando la madre despertó a Juan a la mañana siguiente, por las pupilas y la mirada ojerosa de la mujer, el pequeño Bosco entendió que había un problema.
-Antonio un día te puede matar. Vete de casa y busca un trabajo.
Junto con la dirección de algunas familias a las que debía dirigirse, Margarita le entregó un atillo con un pañuelo, dos camisas y un par de libros prestados, y una hogaza de pan para todo el largo camino.
Anduvo durante horas por senderos fatigosos, por lodazales donde se enterraban sus frágiles zapatos, por terrenos cuajados de nieve que sus huellas pisaban en una dolorosa huida. Llamó en alquerías y granjas; en todos los sitios en los que tocó fue despedido sin esperanza. A mediatarde llegó hasta la propiedad de los Moglia. Era la última dirección de la lista que le había dado su madre. La familia estaba en la era preparando mimbres para las viñas.
-¿Qué buscas, chaval? –le preguntó al verle un hombre, con insolencia.
-Busco a Luis Moglia.
-Soy yo. ¿Qué quieres?
-Me manda mi madre a trabajar como vaquero para vosotros.
-¿Quién es tu madre y cómo es que te envía lejos de casa siendo tan pequeño?
El pequeño Bosco le dio los detalles. El hombre se rasca la cabeza pensativo y dibuja una expresión de lamento.
-Pobre chaval. No puedo acogerte, estamos en invierno y hemos despedido al personal. Vuelve a casa y regresa después de la anunciación.
Juan se arrodilla bruscamente y comienza a llorar.
-¡Acéptame, por favor! ¡No quiero que me paguéis!
-No puedo. Serás incapaz de hacer nada.
-Si no me acoges, de este suelo no me muevo.
Enseguida, sin esperar orden, comienza a recoger el resto de los mimbres diseminados por el suelo. Dorotea Mogilia suplica al marido que acepte al chaval. Después de un momento, mandaron a Juan que fuese donde el tío José, el vaquero de la granja, para que le ayudase en el establo. Juan desde entonces ordeñaba las vacas llenando grandes baldes de leche, retiraba el estiércol, reponía el heno seco y fresco para los animales, cepillaba sus pieles y conducía el ganado a los abrevaderos.
A la hora del desayuno, el tío José observaba cómo el chiquillo se ponía de rodillas y rezaba el Angelus. En una ocasión, el vaquero volvía del campo y halló a Juan Bosco rezando junto a las vacas.
-Así va el mundo –rezongó José-. Los dueños sudan y los aprendices rezan.
-Mi madre me ha enseñado que, si se reza, de dos granos nacen cuatro espigas. Pero si no se reza, de cuatro granos nacen sólo dos espigas. Debería rezar usted más.
El viejo rió:
-Ha hablado el maestro.
La Pluma del Emperador

