Durante toda la noche, un viento huracanado arqueó troncos de árboles como si fueran figuras de corcho. Las ráfagas formaban remolinos que amasaban bolas de hojarasca lanzadas por la ventisca contra los postes de luz y las vidrieras de los escaparates.
-¡Malditos sean todos los santos del cielo! ¡Maldito tú, san Pedro! ¡Maldito tú, san Juan!
-¿Por qué no le rezas a tus santos protectores san Marx y San Lenin, Miquele?
-¡Calla, bruja! ¡Beatorra, sigue con tus idolatrías supersticiosas.
El chascarrillo de la mujer había irritado al viejo comunista Miquele Torremaggiore, el alfarero de San Giovanni. Se acercaban las fiestas y llevaba dos sin días sin lograr encender el horno donde debía cocer los botijos y ánforas que luego vendería por centenares durante la feria del pueblo.
Desde la cocina, mientras secaba los platos frotándolos con un paño, la esposa observaba divertida al artesano que, con las sienes apretadas y las cejas arqueadas, trataba en vano de reanimar las llamas del horno. Ella llevaba años rezando por la conversión de Miquele, y por eso le resultaba particularmente cómico oír a un ateo como su marido maldecir aquello en lo que no creía.
Torremagiore volvió a coger un poco de leña en forma de antorcha, interpuso su cuerpo protegiéndolo del vendaval y, a duras penas, logró prender el puñado de hojas secas.
-¡Por fin! ¡Maldito seas, papa de Roma! –gritó jubiloso mientras acercaba la mecha hacia el horno dando por ya por ganada la batalla.
-¡Mierda! –gritó-, y ese alarido debió de oírse en Sicilia. Las llamas no habían prendido y el alfarero definitivamente pareció un poseso. Saltaba con violencia golpeando el suelo mientras blasfemaba, con los ojos inyectados de ira. Con los puños crispados, golpeaba como un boxeador sin juicio las paredes del taller. Sólo paró cuando notó la escocedura de las heridas y palpó la densidad viscosa de la sangre corriendo por los nudillos de su mano.
-¡La paz sea contigo, hermano!
Una voz bonachona le saludó.
-¡Qué paz ni que demonios del infierno! ¿Cómo te atreves, cura, a presentarte en mi casa?
-¡Que la paz sea contigo, repito!
El fraile se sentó junto a un fardo de ramas secas, cerró los ojos, invocó al Espíritu Santo y recitó una plegaria. Luego se dirigió al ateo:
-Miquele, dame un poco de lumbre.
Torremigiore tenía el color del camarón hervido, ciego de ira. En la comisura de los labios una baba blanca retenía todo el odio que le estrangulaba.
-¿Qué, te burlas de mí? ¿Para qué quieres fuego?
-Dame un poco y verás que pronto se enciende el horno.
Miquele miró de reojo buscando, en dirección a la cocina, la presencia de su mujer.
-Ya entiendo: esto es idea de ella. Vienes a ridiculizarme, ¿no?
-¡Haz lo que te digo, hermano!
-¡¿Acaso eres tú otro monje milagrero como el tal padre Pío ése?
-El padre Pío soy yo. Calla, y dame lumbre, por favor.
El monje se acerca al horno y las llamas se ceban en las leñas sin dificultad. El fuego prende suavemente sin los fogonazos agitados hacía un momento por la ventisca, a pesar de que las corrientes de aire arreciaban en aquel instante.
Miquele cae de rodillas y gimotea como un chiquillo que, al fin, reconoce que se ha portado como un gamberro. Besa las faldas del hábito del padre Pío.
-¡Miquele, levántate y no blasfemes más! Cristo te quiere militante de su iglesia. Apura el trabajo y después de las fiestas vienes a confesarte.
Antes de que anocheciera, todo San Giovanni conocía la noticia: el viejo comunista y anticlerical Miquele Torremigiore había recibido un milagro por intercesión del padre Pío, había renegado de su credo comunista y se había convertido en devoto católico, apostólico y romano.