¿Quién era el mendigo que le sonrió? El padre O´hara no tenía aquella tarde mucho tiempo de pararse a saludar a los indigentes que se arremolinaban a la entrada de la iglesia de Santa Águeda. Eso es lo que solía hacer en su parroquia de Nueva York; a veces hasta les invitaba a tomar chocolate caliente y bollos. Pero en esa tarde de octubre llegaba con retraso a celebrar la misa y apenas encontró ocasión de prodigarles un breve movimiento de cabeza y de palmotearles amistosamente la espalda a los vagabundos que limosneaban a la puerta del templo. Pero, cuando trazó su bendición sobre aquel mendigo en concreto, retiró el brazo enseguida como si fuese rechazado por un misterioso campo magnético, y la mano del cura sufrió una sacudida de músculo acalambrado.
El pobre era un tipo flacucho, con una delgadez de ermitaño, de rostro huesudo y barba larga, canosa, de una calidad de estropajo. Se quedó parado frente al sacerdote, bajo la lluvia del otoño romano, sonriéndole en silencio.
El padre O´hara rastreó en su memoria tratando de encontrar un nombre y una historia que revelase la identidad del desconocido sonriente, y no halló respuesta. Porque aquellos ojos de un azul profundo le resultaban dolorosamente familiares.
O´hara había llegado hacía pocas fechas a Roma para ser investido obispo. A la espera del día de la consagración, había sido invitado a celebrar un triduo en aquella parroquia romana. Mientras celebraba la misa, a mitad del sermón, el padre O´hara vio entrar al mendigo. Éste se colocó delante de una de las columnas de la entrada, y al cura le pareció que el pedigüeño seguía el resto de la misa con una devoción neutra, reconociendo las partes de la liturgia pero sin abandonarse al fervor. La mirada del mendigo desarbolaba a O´hara. Desde lejos se sentía atraído hacia ella como si le arrastrase un alambre del grosor de un dedo. Se fijó en las ropas desgarradas y punteadas por círculos de grasa, en los zapatos abiertos en aquellos días de tormenta, en el cuerpo enclenque, sin duda maltratado por ayunos obligados o almuerzos de comida enlatada devorada al calor de una fogata en cualquier suburbio. O´hara tuvo que pedir perdón al cielo por haberse distraído durante la consagración eucarística.
Acabada la ceremonia, mientras el cura estrechaba las manos de los feligreses que se acercaron a saludarle y repartía comentarios y chascarrillos en un italiano macarrónico, sintió por detrás de él que alguien la cogía del codo.
-Enhorabuena, ilustrísima -oyó, y cuando fue a tenderle la mano se paró en seco ante la vista del mendigo.
-¿Ya no te acuerdas de mí, Frank? Soy Alfred.
-¿Alfred Wood, mi primo de New Yersey?
-No, Alfred Owen, tu compañero de seminario. ¿Ya se te ha olvido que nos ordenamos juntos en la Catedral de San Patricio?
Recordó al instante que su amigo tenía fama de bromista y creyó O´hara haber encontrado una explicación a todo aquello.
-¿Y por qué vas disfrazado de mendigo? ¿Es una penitencia?
Alfred agachó la cabeza y dijo entristecido.
-No es un disfraz; se podría decir que es mi hábito. Soy mendigo. ¿Me podrías invitar a un bocadillo?
En la cafetería, frente a un pastel de queso y un capuchino, Alfred le telegrafió, con unas pocas frases atropelladas, su historia. El vagabundo comía con una avidez enfermiza, masticando a toda prisa, con el celo del animal cuya comida teme ser robada. Entre las pausas de bocado y bocado, contó Alfred cómo perdió la fe, cómo abandonó el sacerdocio y cómo acabó vagabundeando por las calles de tres continentes escarbando entre los contenedores de basura o limosneando a las puertas de basílicas.
El padre O´hara protestó por la brevedad del relato de su amigo:
-Me has contado en dos minutos la historia de veinte años. ¿No podrías ser más concreto?
Alfred estiró su plato vacío hacia su amigo.
-¿Me invitas a otro capuchino?
-¿Me chantajeas, bribón?
-No, sólo tengo hambre –rió y el padre O´hara recordó enseguida aquella carcajada simpática de otros tiempos que convertían a Alfred en el líder del grupo. –Ya sabes, Frank, que los largos sermones mueven más los culos que los corazones.
El cura miró el reloj y pareció alarmado con lo tarde que se había hecho. Escarbó en su cartera, pagó la cuenta y puso unos billetes en las manos de su amigo.
-¿Sabes una cosa, Alfred? Acabo de tener una revelación del Espíritu Santo: volverás al redil, volverás a tener fe.
-No confíes en ello –dijo Alfred-. El patas me tiene cogido por mis partes y no me va a soltar tan fácilmente. ¿Te vas ya, ilustrísima?
-No, sólo voy a buscar refuerzos para tu conversión. A por el Séptimo de Caballería: voy a pedirle al Papa que rece por ti.
En la audiencia privada que concede el Pontífice después de la misa, mientras lo saludaba, el padre O´hara rogó al Papa:
-Santidad, hace veinte años, en Nueva York, se nos perdió una oveja y ha aparecido aquí, en Roma. Es un viejo amigo sacerdote que perdió la fe y ahora mendiga por las calles de la ciudad eterna.
A la mañana siguiente, mientras daba pequeñas patadas a la fachada de cantería de la iglesia para entrar en calor, Alfred vio cómo el padre O´hara lo agarraba por las mangas de su viejo abrigo, lo introducía en la sacristía, y le ordenaba ducharse y afeitarse.
-Esta noche vamos a cenar con el Papa –anunció el padre O´hara mientras su amigo se vestía con el traje que el cura acaba de alquilar en una tienda de la Vía Veneto.
Dentro de aquel traje de buen paño italiano, el cuerpo de Alfred bailaba como una percha desnuda. Por tres o cuatro veces, O´hara le ajustó el nudo de la corbata y por tres o cuatro veces su amigo lo desanudó gritando que se ahogaba.
-¡Estate quieto, por Dios! ¡Vamos a ir a ver al Papa!
-Como me sigas apretando el cuelo, ilustrísima, primero me encontraré con san Pedro.
-¡Calla y mírate en el espejo! ¡Pareces un banquero suizo!
Cuando, al cabo de unas horas, Alfred Wood, antiguo sacerdote en Brooklyn, náufrago del alcohol y de las drogas, limosnero errante, huérfano de la fe y de la gracia, se vio frente al Santo Padre, dejó por fin de olisquearse los sobacos de la camisa temiendo que el rastro de su olor corporal le afrentase en aquel acontecimiento, dejó de tambolirear con los dedos sobre el mármol vaticano, y la primera impresión que le acometió fue la de asistir a su propio juicio particular.
Durante la cena, Alfred apenas apartaba la vista del plato de sopa, observaba de soslayo la actitud del Papa y oía sin escuchar a su viejo amigo O´hara que, quizás mordido por el nerviosismo, hablaba como una cacatúa.
-Dígame, padre –alzó la voz el Pontífice - ¿cómo perdió usted la fe?
El mendigo tomó un trago de agua, limpió las comisuras de los labios con un formulismo casi litúrgico, fijó por primera vez sus ojos en la mirada del Pontífice y contestó:
-Por un mal consejo, Santidad, pero me duele mucho hablar de ello.
-Lo entiendo, padre.
Alfred se revolvió incómodo en su silla. Se aflojó de nuevo el nudo de la corbata y apuró un vaso de agua recién servido de un solo sorbo.
-Santidad, ¿podría dejar de llamarme padre?
-No se disguste, hijo mío: una vez sacerdote, sacerdote siempre.
El Obispo de Roma miró a O´hara y rogó:
-¿Podría usted dejarnos a solas?
Alfred sintió el impulso de echar a correr. Con ojos aterrados se limitó a ver al Papa acercarse a él, arrastrando su cuerpo maltratado por la enfermedad, por las acometidas de los años, por el peso de la responsabilidad, dibujando una sonrisa luminosa de buen pastor, y se colocó en una silla junto al mendigo.
-¿Haría usted el favor de confesarme? –preguntó el Santo Padre.
-Santidad, ya no ejerzo el ministerio.
-Una vez sacerdote, sacerdote siempre.
Alfred parecía aterrado:
-Santo Padre, insisto, yo perdí las facultades de presbítero.
-No tenga miedo, hermano, como Obispo de Roma algo puedo hacer.
El Papa le ofreció su estola después de besarla y quedó extendida para que Alfred la recogiera. Sólo fueron uno o dos segundos lo que la prenda quedó suspendida en el vacío, cogida levemente por la mano temblorosa del Papa, y en ese breve tiempo Alfred sintió que debía caminar a ciegas encaramado en la cornisa de un rascacielos, como si fuese tanteando el vacío con los ojos vendados sobre la cuerda de un trapecista. Tomó la estola, la besó el también y recitó:
-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida.
Jesús, durante la última cena, lavó los pies de los apóstoles. De algún modo, Alfred sentía de nuevo que Cristo volvía a agacharse para limpiar las impurezas del último de los pecadores con un bautismo de perdón.
A la mente de Alfred le vino una de las fórmulas de acogida al penitente:
-Pongamos nuestros ojos en el Señor Jesús, que fue entregados por nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación.
-Perdóneme, padre, porque he pecado…
La confesión se alargó por unos breves minutos. Al mismo tiempo que oía la voz pausada, sonora, en un inglés claro del penitente, Alfred comenzó a llorar, primero en silencio; las lágrimas bajaban por su rostro y él ni siquiera se molestaba en apartarlas, como si degustara en baño purificador. Enseguida éste se convirtió en un quejido de hiposo, fuerte, casi violento, que daba lástima oírlo. El mendigo apresó la mano del Papa, agitada por las convulsiones del parkinson.
-Santidad, comencé a perder la fe el día que di un consejo mortal.
-¿Alentó usted un divorcio?
- No, Santidad.
-¿Un aborto?
-No, Santidad.
-¿Promovió la impureza, el odio? ¿Dio pie a la venganza, a la usura, a la riqueza ilícita?
-Nada de eso, Santo Padre. Una vez se me acercó al confesionario una mujer, pasaría de los cuarenta, con un embarazo de riesgo. Los médicos la animaban a abortar.
-¿Y su consejo, fue…?
Alfred tenía los ojos inyectados de sangre, y en sus pupilas el Papa vio proyectado el inmenso dolor de un pecador que llevaba muchos años sufriendo.
-Mi consejo fue que sólo Dios es el dueño de la vida, que nadie debe decir quién debe morir o vivir, que siguiera adelante con su embarazo y que confiara en Dios.
-Pues obró usted como un buen sacerdote.
-Santidad, esa mujer murió en el momento del parto, y mi alma con ella. Me rendí al alcohol, me negaba a confesar y a confesarme, abandoné la oración y, poco a poco, me fui destruyendo.
-El Papa paró en seco con un gesto de su dedo las palabras de Alfred.
-¿Podría contarme todo eso en confesión?
El indigente se arrodilló y aceptó. El Pontífice impuso sus manos sobre los hombros del penitente y oró:
-El Señor Jesús, que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores, te acoja con bondad. Confía en Él.
Alfred recitó:
-Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado.
El padre O´hara aguardó en un sala adjunta al comedor papal durante más de una
hora la confesión de su amigo. Sólo oía el lejano murmullo de la confesión y el llanto entrecortado de su amigo.
-Dios Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo, por la muerte y la resurrección de su Hijo, y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
-Amén
El padre O´hara los vio aparecer a ambos cogidos del brazo, y se acordó de la parábola del Buen Pastor, se acordó de las lágrimas de María Magdalena y del regreso del hijo pródigo, y corrió donde ellos, hizo una reverencia al Pontífice y después, abrazó a su amigo.
-Hermano –anunció el Papa a O´hara, el padre Owen volverá a ejercer su ministerio. Le he nombrado coadjutor en la parroquia de Santa Águeda, y le he ordenado que preste particular atención a los vagabundos y desposeídos.