1
Cuando alguien nos nombraba al obispo Montelongo, a muchos de los que le conocíamos les vendría al recuerdo la imagen de aquel clérigo de cuerpo frágil, poco más alto que la Madre Teresa de Calcuta, de manos reumáticas y voz de niño que, sin embargo, cada vez que hablaba, sus palabras poseían la fuerza persuasiva de un general dirigiendo una formación en la línea de batalla. Para otros, era el prelado de los ojos fascinantes y mirada de encantador de serpientes, capaz de leer la conciencia con un simple apretón de manos. Para un tercer grupo, se fijaría en su trato campechano; evocaría el salero que tenía para contar chistes de curas y conventos, o la gracia para burlarse de la pierna ortopédica que mantenía en pie su cuerpo que cayó de un burro -¡no de un caballo, sino de un burro!, reía jocoso- treinta años atrás. Para el resto de los que le admirábamos, lo recordábamos tras la niebla de humo de los cigarros que fumaba en su despacho del Obispado. Monseñor fumaba con un deleite desordenado, compulsivo, con un estilo aun menos refinado, como si acabara de iniciarse en el vicio. Era el mismo Montelongo que dejaba siempre abiertas las puertas del Palacio para cuantos desearan verle, religiosos o seglares, marquesas o indigentes. Sí, el mismo Obispo que, cada jueves, recorría las calles e invitaba a su mesa a once mendigos, y compartía con ellos su pan de campo y su vino de cosecha, los cubiertos de plata de ley y una vajilla carísima regalo de la Casa Real. De ellos recibía sus ojos cansados, sus bocas hambrientas, el temblor de sus manos mal alimentadas, el aroma del tercer mundo agarradas a las costuras de sus vestidos nauseabundos. Junto a aquellos miserables, convidaba a su cena a algún personaje influyente de la ciudad, como el alcalde, el presidente de la Audiencia o algún ricachón del que pudiera obtener algún puesto de trabajo para sus pobres.
Cuando el teléfono sonó antes de rayar el alba, y vi en la pantalla de mi aparato el número del Obispado, supe enseguida que de nada bueno podría tratarse. Al otro lado de la línea, Tomás Afonso, el secretario de Monseñor, me cursó una orden.
-¿Don Rafael Lantigua?
-Al aparato. Pero tutéame. ¿Ya no te acuerdas que estudiamos juntos en el seminario?
-Claro, Rafa. Oye, venta para acá. El Obispo te espera.
-¿Es que me van a suspender?
-Calla, y no tientes al demonio. El desayuno lo tomas aquí.
Recordé que en la revista de la Diócesis había aparecido la noticia de que el obispo Montelongo padecía un cáncer terminal. “Doy gracias a la hermana muerte por haberse anunciado con seis meses de anticipación –había manifestado al periodista que le entrevistó-. Espero que cuando llegue me encuentre con las maletas hechas y el pasaporte en regla”.
Pensé que quizá ésa era la causa de la tristeza que advertí en su rostro cuando me hicieron pasar al despacho de su eminencia.
-No te preocupes, padre, por mi enfermedad –respondió cuando me interesé por su salud-. Ella y yo somos ya buenos compañeros de camino.
Me ofreció un pitillo que yo rehusé.
-Se preguntará qué necesitamos de usted.
Asentí con la cabeza.
-Verá, padre. Al buen pastor se le ha perdido una oveja y hay que ir a buscarla al infierno. Para eso necesitamos a alguien que haya estado allí, que haya comido y bebido con el mismo Satanás, y que, conociendo sus malas artes, sea capaz de robarle para Dios esa alma desdichada que nos arrebató Belcebú.
No tuve que preguntar si yo era esa persona. Antes de entrar en el seminario, fui atracador de bancos, camello profesional, adicto al juego y esclavo de los peores vicios, embaucador, ladrón de cuello blanco y borracho casi irrecuperable.
-No se asuste, padre –los ojos fascinantes del Obispo me tranquilizaban-. Ya sabe que Dios escribe recto con renglones torcidos. ¿Ha oído usted hablar del proyecto María Magdalena?
Estaba enterado. Algún tiempo atrás, el Obispo se había propuesto rescatar de su esclavitud a las dieciocho prostitutas del barrio latino de la ciudad. Las llamó un día a su presencia y les dijo:
-A partir de hoy, todos los jueves habrá una silla vacía esperando por cada una de ustedes aquí, en el Obispado. Si decidís acudir, a cambio, os daré diez mil pesetas.
-¿Qué clase de número debemos complacer, reverendo? –preguntaron casi a coro, y sus risotadas ordinarias desencajaron a los visitantes del edifico.
-Diez mil pesetas sólo por escucharme, cada vez.
-¿Cada jueves, ha dicho? ¿Y hasta cuándo?
-Hasta que cada asiento se quede sin dueño porque su ocupante habrá decidido dejar el pecado que os esclaviza.
Tres años le costó. El ecónomo de la diócesis estaba preocupadísimo por el chorro de dinero que se consumía en el proyecto. La primera silla se plegó a los tres meses; a los seis se convirtieron otras dos; otras tantas el siguiente verano, y el resto durante los siguientes tres años. Menos una.
-¿Y qué pasó con esa última? -interrogué.
-Ay, reverendo, ésa es la oveja que se nos ha perdido. Llevo tres meses sin noticias de ella. Debe usted encontrarla.
-¿Cuál es su nombre?
-Rocha, Malena Rocha.
2
Las únicas señas que obtuve de aquella mujer fue un número de teléfono que, me dijeron, nunca respondía. A mí también me ocurrió lo mismo cuando hice mis llamadas, hasta que, quizá por cansancio sicológico, alguien descolgó el aparato al segundo día de mis intentos.
-¿Oiga? –pregunté, entusiasmado por el éxito repentino.
-¿Quién es?
-Buenas tardes –saludé.
-¿Qué quiere usted? ¿Quién llama?
La voz que hablaba conmigo era calculadamente descortés, distante, pronunciada en un español del Caribe.
-Deseaba hablar con doña Malena Rocha.
-Se equivoca de número.
Tuve el presentimiento de que iba a colgar. El Espíritu Santo debió de iluminarme porque, cuando estuve a una uña de oír el chasquido del auricular al golpear el aparato y que sonara el silencio de la línea desconectada, hice un intento desesperado.
-La llamaba de parte del Obispo.
-¿Es usted monseñor?
-No, pero le hablo en su nombre.
-Eh….
-¿Oiga? ¿Sigue usted ahí?
-Sí, mi hermano. Pásese por aquí esta noche, sobre las diez.
Entrar en el barrio latino es una aventura de riesgo. Estacioné el vehículo a las afueras del suburbio y caminé por las callejuelas sin llevar el alzacuello, con las manos hundidas en un abrigo que me quedaba demasiado grande. Los neones de los clubs privados palpitaban lánguidamente con sus tonos rojos y rosas, mientras las calles olían a vino derramado, a picadura de tabaco y orines de borracho. Subí las escaleras del edificio escalando los peldaños de dos en dos. Con el empuje de mi carrera sorteé a duras penas a dos señores que bajaban a la calle. Cuando llegué a la puerta del apartamento, la entrada estaba abierta del todo, y, al fondo, de pie, soplando un saxofón con una entrega de virtuoso, un individuo de color, de unos treinta años, me hizo señas con la mano invitándome a pasar. Interpretaba una melodía triste, eran notas que se quebraban en el aire y que hablaban de amores delirantes, de pasiones muertas, de sentimientos atrapados. Aquel era, sin duda, el mismo hombre que me atendió por teléfono. No llevaba camisa y sudaba como un atleta de maratón. Mientras me aproximaba a él extendiéndole mi mano en señal de saludo, el sujeto dejó de tocar y su rostro dibujó la mirada aterrada del animalillo que se ve emboscado en una ratonera.
-Te voy a meter la corneta por el trasero hasta que suene la quinta sinfonía, mamón.
El grito surgió a mi espalda. Era un hombretón inmenso, de nariz de boxeador, modales de matón de discoteca y acento habanero. Con un solo movimiento de su brazo empujó al saxofonista hasta la pared y le agarró por el cuello.
-¡Me mentiste, mirahuecos de mierda! –le gritó. Yo, a todo esto, hice un gesto de acercarme para ayudar a la víctima, pero él, con una mirada, me ordenó que me detuviera.
-¡Me mentiste! –repitió el agresor-. Dijiste que no la habías visto y me llegaron noticias de que la ocultas en alguna parte.
Cuando el alborotador tocó a su víctima para apretarle la tráquea, fue como meter la mano debajo de un grifo del chorro de sudor que destilaba el cuerpo de éste. El matón tenía entre las manos el cuello del músico, musculoso como un tronco de árbol, y apretaba sobre él con toda la fuerza de su rabia. Pero el del saxofón no hacía nada para rechazar aquel abrazo letal, retirar los dedos y coger resuello. Cuando dejó de aprisionar el cuello de la víctima, este hombre tosió, tomó aire y respondió:
-Lo juro, mi hermano, no sé por dónde anda Malena.
Yo aún estaba paralizado por el miedo y no me atrevía a intervenir. El agresor escarbó en sus bolsillos y, del fondo del pantalón, rescató una navaja plegada que, con un movimiento del pulgar, se abrió para descubrir una hoja nueva, afilada, resplandeciente como un espejo proyectado sobre el sol. Colocó el arma sobre el cuello del músico, y la hundió superficialmente. El saxofonista susurró:
-Mira, papito, yo ya estoy muerto, socio. Sólo basta resolver el día y la hora del entierro, así que sí te apetece, brother, rájame y acaba ya de una vez con mi pobre vida. Si me preguntas por Malena, te repito lo mismo: no lo sé.
Un tercer personaje irrumpió en la escena:
-Apúrate, viejo. La policía llegó y montó una redada.
El aviso ahuyentó a los agresores. Por primera vez el músico y yo nos quedamos solos. Cerré la puerta, traté de exiliarlo pero él volvió a retirarme con un ademán seco. Acepté el cigarrillo que me brindó y le pegué una calada, tosí y encesté el pitillo, ya apagado, en la papelera del escritorio.
-¿Qué es lo que tú quieres que haga, compay? –me preguntó mientras secaba sus manos un trapo de cocina. Con el paño húmedo se refrescó la cara y el cuello, y luego frotó la tela sobre el pectoral desnudo antes de lanzar la bayeta sobre el cubo de la ropa sucia.
-Es urgente que dé con Malena –dije-. Pero, por lo que acabo de oír, usted no sabe nada de ella.
-No se crea todo lo que oiga, mi hermano. Me llamo Guillermo.
Guillermo aplastó el cabo del cigarro contra la suela del zapato y, al instante, volvió a encender otro.
-¿Te apetece un buche de café recién colado? –propuso-. ¿Es usted también obispo? -Dios no lo quiera nunca; sólo un simple cura de barrio.
Me habló de cómo trataba de proteger a Malena de la mafia de los prostíbulos, que la tenía oculta pero que, más tarde o más temprano, acabaría volviendo a hacer la calle.
-Malena tiene que convencerse que es una mujer libre y que nadie puede disponer sobre ella.
Guillermo soltó una carcajada que me asustó.
-¿Libre, mi hermano? No, viejo: ella pertenece a dueños muy peligrosos: el alcohol y la heroína.
-Con la ayuda de Dios, de esos vicios podremos sacarla.
-Y un chulo que pesa como chacalote y es enorme como el estadio del Real Madrid. ¿También Dios puede resolver esa tonelada de problema?
-Se puede intentar.
-Explícamelo, brother, porque soy muy bruto. ¿Y cómo piensa solucionarlo? ¿Con Padrenuestros y Avemarías?
-Milagros mayores ha hecho la fe. Tú dime dónde puedo localizar al proxeneta que yo me encargo de convencerle.
3
El cachalote se llamaba Mandy y, entre otras actividades, regentaba un negocio de juego ilegal en la trastienda de una barbería. Llegué al local a eso de las tres de la tarde. Guillermo me facilitó la contraseña que debía rebelar al barbero para que me dejara pasar a la zona reservada. Estuve de pie, de espaldas a la pared y junto a un ventilador mastodóntico que gruñía como el rugido de un tractor hasta que Mandy, al fondo, paró de contar un montón de billetes después de anotar las cifras en un pequeño cuaderno.
Cerca de mí yo sentía sobre mi persona la mirada de espía de un joven negro y atlético, que tenía los brazos cruzados, calada con una gorra de béisbol de los Yankees de Nueva York, con la visera hacia la espalda y vestido con una camisa sin mangas de la marca Nike.
Después de un rato, Mandy, sin mirarme, sin apartar los ojos de los fajos de dólares, me ordenó acercarme con un gesto de su mano. A medio metro de él, el hombre adquiría una dimensión colosal de mastodonte, pero también dibujaba una mirada bonachona de niño inmenso.
-¿A qué quieles tú apostal?
Me acerqué a Mandy todo lo que puede. El joven de la gorra deportiva hizo un movimiento amenazador de aproximación hacia mí, pero Mandy le detuvo con un simple movimiento de cabeza. Junto a él susurré:
-¿Podemos hablar en un sitio más reservado?
-Los secletos los dejamos p ´al cura, mi socio.
-Yo soy cura.
Mandy soltó una carcajada, y contagiados por ella, los tipos de las mesas rieron a coro.
-Pos yo hoy no tenía pensao confelsalme.
-Se trata de Malena –interrumpí-. La tengo escondida.
Tuve la mala suerte de tener mis manos sobre la mesa en el momento en que Mandy oyó el nombre de Malena Rocha. Lo siguiente que recuerdo fue la opresión de unas tenazas de dedos y huesos aprisionándome la mano. A pesar de ser clérigo, Dios me concedió una constitución corpulenta. Es mis tiempos de bala perdida mi mano de labrador era capaz de noquear un caballo a puñetazos, pero el proxeneta de los quinientos kilos impulsó toda las fuerzas de su cuerpo de toro de lidia hacia la extremidad con que me agarraba el brazo, y allí la contuvo largo rato, hasta que se me cortó la respiración, la sangre se volvió azul en las venas que parecían culebras a punto de reventar. Pero Mandy seguía agarrándome mientras hablaba, con la cadencia sosegada del Cribe.
-¿Sabes una cosa, socio? Todas las niñas del barrio latino son mías. Yo no me dej
arrugal y el que se mete conmigo acaba encuerao. Tu obispo me quitó a muchas, pero ésas estaban muy acabás: compló a precio de joya alhajas de melcadillo. ¡Ja, ja, el mú idiota! Pero Malena es la hembra más sandunguera que parió el Caribe, mi socio. ¿No la has visto con su vestido de seda ceñío como una guante, el colte provocadol que parte en dos sus pielnas y su cabellera que le baja por la espalda como una ducha de ébano? Detrás de ella corre media ciudad. Parece una estrella de cine, y con sus aires de grandeza es como si llevara detrás una corte de fotógrafos, cámaras y maquilladoras.
Me quedaba un murmullo de voz.
-Pero no es libre y quiere serlo.
-¡Ella quiele sel libre! ¡Ja, já! ¿Oíte eso, André? –preguntó al tipo de la visera-. La muy … quiele sel libre? ¿Y cómo va a complal tú su libertad?
Unos segundos más y creía e iba a morirme.
-Con una partida de póker –grité y apenas se me oyó.
-Ponte cómodo, mi socio –dijo Mandy, y con un movimiento de su pie de elefante me acercó una banqueta que se arrastró por el embaldosado con un ruido de ametralladora.
4
-Señor Obispo, me temo que no hay nada que hacer por Malena Rocha –advertí nada más ver a Monseñor en su despacho.
-Hombre de poca fe: para Dios no hay imposibles.
-Estoy seguro de eso, ilustrísima, pero también de que no quiere que nos manchemos las manos.
-¿A qué te refieres, padre?
-El hombre que la prostituye quiere que le compremos el alma de Malena.
-¿…?
El obispo tuvo un instante de abatimiento, escarbó en su escrito del que extrajo un cigarrillo apagado pero a medio consumir, lo apuró con una avidez de poseso, y preguntó:
-¿A qué precio quiere el buen hombre que le compremos esa alma?
-Ilustrísima, se ha enterado que el obispado posee un valiosísimo cáliz de oro del siglo XIII.
-Y quiere que se lo entreguemos a cambio de la libertad de Malena.
-No. En realidad él quiere quedarse con la mujer y con la reliquia.
-¿Cómo es eso?
-Quiere que nos lo juguemos al póker. Si él gana, suyo serán Malena y el cáliz. Si pierde, retendremos la reliquia y la oveja perdida encontrará a su pastor. Como verá, monseñor, una idea descabellada.
El obispo no pareció alterarse. Dijo:
-Pero si no aceptamos, se perderá un alma. ¿No vale eso más que el mayor de los tesoros?
-Ilustrísima, ¿y si perdemos? ¿No será eso piedra de escándalo?
-Confianza, padre. Dios apuesta con nosotros.
-Pero Él no juega con cartas marcadas.
-Dejemos que el Espíritu Santo nos ilumine a nosotros y confunda al que es instrumento de Satanás –apuró una nueva calada que luego apagó nerviosamente sobre un cenicero ya colmado de colillas, y añadió:
-Quizás ahora se dé cuenta para qué le mandé llamar a usted, padre. Algo me sospechaba del tal Mandy. Me informaron que, en su turbulento pasado, usted fue un gran jugador de naipes.
-Lo era, Ilustrísima.
-Pues entonces, bendito sea Dios. Pongámonos en sus manos.
Me despidió con su sonrisa persuasiva, con su confianza de profeta, y yo me dejé convencer que Monseñor había recibido algún encargo del cielo que a mí se me escapaba. Cuando ya iba a salir de su despacho, me susurró:
-Padre, el cáliz muéstrelo pero no se separe de él hasta acabar la partida.
5
Antes de llegar a la dirección donde debía jugar la partida de póquer, estuve largo rato delante del espejo, en mi habitación de la casa parroquial, tratando de ocultar por unas horas cualquier rastro que me delatara como sacerdote. Desabroché y retiré el alzacuello, me vestí con la vieja camisa del macarra que fui en otros tiempos, me puse unas gafas de sol, me peiné hacia atrás después de fijar el cabello con gomina, como hacía años atrás, y tomé el aspecto de entonces, como si siempre acabara de salir de la ducha. Embrutecí el gesto y ensayé frases y muecas, y adopté los modales del bruto por el que quería pasar en medio de una mesa de jugadores vociferantes y amenazadores. Todas estas precauciones las tomé pensando que mi adversario en la partida no sería Mandy. Antes de salir, me arrodillé ante la imagen de la Virgen y pedí su ayuda.
Me habían citado para después de las cinco de la tarde, en un local de tapadillo que regentaba una tal Mirta en el corazón del barrio latino. Las señas que tomé por teléfono se correspondían con la planta baja de una vivienda casi en ruinas, en una callejuela de guijarros atrapado en medio de dos edificios. En la esquina, los muchachos del barrio jugaban al dominó bajo un mural con la imagen del Ché y un grafiti que rezaba Socialismo o Muerte.
Cuando entré en la casa, me condujeron por una larga galería de paredes que olían a pintura fresca, adornadas con bodegones y cuadros de familia, hasta un salón con unas cuatro mesas donde se jugaba a las cartas. Una rubia de peluquería, de mediana edad, vestida con buenos trapos y dentadura recién arreglada, me rogó que tomara asiento.
-Mandy le avisa cuando pueda entrar, mi amor –y señaló con la barbilla hacia el fondo donde se vislumbraba un cuarto reservado para los que apostaban en dólares o que jugaban a tripares, una variante criolla del póquer.
Pasaron como dos horas y yo me movía, siempre de pie, entre las mesas de aquella antesala de donde jugaban los privilegiados. Los apostantes entraban y salían de las partidas con dinero caliente o los bolsillos vacíos, y allí estaba siempre Mirta dispuesta a acomodar al nuevo apostante sin que se notara.
-¿Puede avisar de nuevo a Mandy? –rogué.
-Lo siento, papito. Yo sólo sirvo las mesas y no puedo interrumpir las jugadas.
Era un día de calor sofocante. Cerca de las ocho me condujeron, por fin, hasta la habitación del fondo. Fui detrás de un hombre negro sin camisa que lucía en su espalda como media docena de tatuajes de puñales, serpientes y mujeres, que entró en la estancia anunciándose:
-Adelante con los tambores que el baile lo pongo yo, socios. Estoy de suerte. Por la mañana me tropecé con un camión de mudada; al mediodía toqué tres veces la maleta a un extranjero que llegó de visita, y nada más comienza a picarme la mano derecha. Hoy hago saltar la banca.
La estancia donde ingresé pudo haber sido el despacho donde un burgués había zanjado negocios o tramitado herencias. Una reforma reciente había restaurado el antiguo esplendor de maderas nobles y mosaicos de mármol. En el centro de la sala, de forma rectangular y con las dimensiones aproximadas de una tabla de billar, siete burliches –jugadores- con el torso desnudo, dejaban ver los rostros resplandeciendo por un aceite de sudor. Los ojos los entornaban cegados por el humo de puros y cigarrillos, y, en medio de los naipes y de los billetes amontonados, se apreciaban escombros de ceniza, círculos de vasos y botellas, marcas de café. Un insoportable olor a nicotina y a grajo me detuvieron mis pasos un instante, lo justo para contener el aliento y acostumbrarme al nuevo aire viciado.
-Güelcom, mi socio.
A la cabecera de la mesa, Mandy me dio la bienvenida con aquel saludo De pie, junto a él, volvía a estar el muchachón de la barbería, mirándome de nuevo con la mirada suspicaz del portero de discoteca.
-Enseguida estoy contigo –prometió Mandy.
La habitación lindaba a la calle, por lo que las cortinas estaban echadas y las ventanas cerradas para ocultar el negocio ilícito. Todo era asfixiante: un calor de trópico empozoñado que asfixiaba el aire de la ciudad, una brisa contaminada y removida por un enorme ventilador que barría el oxígeno enfangado de la estancia desde el techo, el humo de los fumadores.
Una camarera de zapatos de aguja y movimientos de pasarela, entraba y salía portando bandejas de bebidas, limpiando ceniceros, barriendo el suelo.
-¿Más café, señores? –preguntaba de cuando en cuando. A la hora de la cena nos convidó a bocadillos de jamón y queso y pastel casero.
-¡Qué bueno está esto, caray! –exclamó Mandy después de zamparse media docena de aquellos sanwiches en lo que el diablo se restriega un ojo. Para entonces yo aún aguardaba a que me permitieran entrar en la partida.
-Métele mano a ese tlago, mi socio –me invitó Mandy señalándome el mojito que la camarera acababa de colocar junto a mí en la mesa.
-O prefieres un batido de mamey bien frío? –intervino la mesera.
Era una mujer incansable. Entraba y salía de los cuartos portando bandejas de bebidas, recogiendo restos de comidas y ceniza, repartiendo sonrisas.
Alrededor de la mesa de juego, otros seis apostantes acompañaban a Mandy en la partida. Un tipo casi sexagenario con barriga de bebedor de cerveza y rosado como un camarón, había ido amontonando billetes desde que entré en la sala de juego. Junto al negro de los tatuajes, otro mulato lleno de prendas y amuletos de santería les lanzó un reto:
Antes de cada partida, el tipo supersticioso frotaba los naipes contra la espalda de la camarera, y, en vista del éxito, crecía su confianza en proporción a sus apuestas.
-Voy con todo –y arrastró hasta el centro de la mesa una fortuna en billetes de 10 y de 20 dólares.
Mandy tomó de un solo trago una jarra refrescante.
-¡Caráh, mi socia, qué bueno está esto! –exclamó paladeando groseramente el batido de mamey. Luego se dirige al que ha lanzado la apuesta:
-Pues yo también voy con toda la plata.
El apostador supersticioso muestra sus cartas.
-Trío de reyes –anunció entra carcajadas de victoria y, borracho de éxito, se dispuso a recoger las ganancias.
-Agualda un poco, mi hermano –interrumpió Mandy-. Tengo trío de ases.
El apostante vencido maldijo, se puso en pie, derribó las sillas y es agarrado y expulsado por el guardaespaldas de Mandy con la soltura con que un gorila movería una pluma.
Fue entonces cuando me di cuenta de que en aquella mesa se hacía trampas. El Espíritu Santo me hizo descifrar el código oculto con el que Mandy se comunicaba con la camarera de las plataformas para que, ésta, al moverse entre las mesas, le fuese revelando las cartas de sus contrincantes. Supe que, a quien ofrecía café, este jugador poseía pica; si limonada, llevaba tréboles; batido, corazones; si brindaba pastel, tríos. Era un formulismo encriptado de gestos y movimientos, como servir con la derecha o la izquierda si la jugada era buena o mala; reponer bocaditos, detenerse a vaciar los ceniceros o dejarlo rebosante de colillas.
Tras la trifulca, Mandy mandó cerrar el juego en aquella mesa. El resto de los apostantes desaparecieron de la estancia enfurecidos. Cuando me quedé a solas con Mandy, exhibí sobre el centro de la mesa el cáliz de oro, pero sin dejar que aquel hombre inmenso se le acercase. Fue cuando expuse mis condiciones:
-Quiero cartas nuevas, que nadie se acerque a la mesa, no quiero café, batidos ni pasteles, ni camareras ni mirones rondando por la mesa.
Mandy protestó:
-¡Quiero el cenicero siempre limpio!
-Yo te lo vacío cada vez que me lo pidas.
-¡En mi casa mando yo!
-Entonces, el cáliz y yo nos vamos.
-Agualda un momento, socio. Está bueno –Mandy quizás se dio cuenta que su talento de burliche era suficiente para ganar al póquer a un pobre cura de barrio.
-Y otra cosa –añadí- nos jugamos, tú a Malena y yo el cáliz a una sola partida.
Unos minutos después, Mandy descubrió sus naipes sobre la mesa, y, a falta de enseñar mis cartas, la suya, sin duda, era una combinación fabulosa.
-Estás en racha, Mandy –reconocí-. Era una persona con suerte.
Mandy palmoteó la mesa con fuerza, al tiempo que carcajeó ruidosamente. De pronto, desde el otro lado de la casa, se oyó un cataclismo de cristales rotos. Un espejo se había hecho añicos. Ambos nos volvimos hacia donde surgía el ruido.
-Si no fuera porque te acabo de ganal diría que eso significa siete años de mala suerte.
-A lo mejor sí –dije, y mostré mis cartas.
6
El primer domingo después de Pascua, Malena Rocha dejó la prostitución, abrazó la fe y anunció su boda con Guillermo. Todos los que estuvimos aquella mañana en la iglesia nos esforzamos por contener alguna lágrima o debimos empapar algún pañuelo. Se hizo una colecta especial para la pareja y se recaudaron algunos fondos para que los novios regresaran a su tierra.
Al día siguiente, el obispo me citó en su despacho. En cuanto entré en su oficina, aquel hombre bondadoso, estragado por las acometidas por la enfermedad, cayó junto a mí de rodillas.
-Perdóname, padre, porque he pecado contra el cielo y contra ti –suplicó llorando como un chiquillo que es sorprendido cometiendo una gamberrada.
-¡Señor, obispo, por Dios! ¡Levántese!
Le alcé a duras penas y le conduje a un sillón junto al escritorio. Yo no entendía nada.
-Le he obligado a comportase como un jugador, le he paseado por los garitos del vicio, de la corrupción; he probado su virtud miserablemente.
-¡Calle, señor Obispo! ¡Era necesario! Alégrese, ilustrísima: la silla de Malena ya está plegada.
Me miró con los ojos enrojecidos y una chispa de satisfacción incendió su rostro.
-¡Alabado sea Dios: todas mis ovejas han vuelto al redil!
En una cajita guardaba yo el cáliz del siglo trece que Mandy no logró ganarme.
-Mire, ilustrísima, el cáliz también es nuestro. ¡Nada se ha perdido!
El obispo me agarró la mano y me obligó a mirarle a bocajarro.
-Perdóname, padre, porque he pecado contra el cielo y contra ti –repetía, y luego con voz aún más baja, como la de un moribundo, añadió:
-¡El cáliz es falso! Nunca hemos tenido esas maravillas en esta diócesis.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
-¿Y si lo hubiese perdido?
El obispo se incorporó, miró a la talla del Cristo colgado sobre su cabeza y respondió:
-Dios nunca se equivoca.

