Casi todos le conocían, pero muy pocos sabían decir quién era aquel viejito de traje gris, largo como un pívot de baloncesto y sonrisa franciscana que, cada tarde, salía de misa calado con un sombrero de gánster mientras apoyaba su cuerpo reumático sobre una muleta.
Todas las mañanas, mientras desayunaba una escudilla de sopa de pan negro en un café con leche muy clarito, don Vitorino hojeaba el periódico local examinando las esquelas del día. Luego, con pulso fatigado, rodeaba con tinta roja los horarios y las iglesias donde se celebraban los funerales más próximos a su domicilio. Desde que enviudó –de eso hacía unos diez años-, el anciano acudía cada tarde a las misas por difuntos a los que no conocía de nada, y ofrecía la comunión como obra de caridad por las almas recién fallecidas.
Se sentaba a la entrada de la iglesia, justo donde merodeaban los acompañantes más ruidosos, a los que hacía callar blandiendo su bastón y valiéndose de su porte atlético. Seguía la ceremonia con un fervor que desconcertaba a los más devotos y, cuando avanzaba por el pasillo central hasta el altar para recibir la Eucaristía, una fuerza misteriosa atraía sobre él la mirada de todos.
Don Vitorino era el último feligrés que daba el pésame a los familiares del difunto, y el apretón de su enorme mano de carnicero quedaba en la memoria de los deudos como una sacudida eléctrica.
-Rezaré por su alma –prometía enfáticamente mientras estrechaba el saludo, y luego se alejaba silenciosamente hacia la salida dejando detrás de sí el chasquido metálico y acompasado del bastón al golpear las baldosas.
La de don Vitorino era una caridad de oficio que no entendía de escalas ni de rangos. Había asistido a funerales de gente importante, organizados con la pompa de los grandes personajes, acompañadas por el alcalde o el gobernador, y también a sencillas despedidas de mendigos, a féretros de maderas innobles, un pequeño ramo de flores y un triste padrenuestro.
Una tarde de invierno, el aguacero sorprendió al anciano a mitad de camino a la iglesia. La lluvia torrencial se había ensañado con él dejando su traje de antes de la guerra como si acabase de salir de un estanque de lodo. Aun así, el mal tiempo no le acobardó y pudo, aunque con retraso, llegar al templo. En el altar, el sacerdote leía el salmo responsorial a un auditorio invisible. Los bancos estaban vacíos, y por un momento el viejo presintió que el funeral de esa tarde se iba a celebrar por su propia alma y que sólo esperaba llegar junto al sacerdote para ocupar la tumba vacía que le aguardaba.
Por fin advirtió que, oculto tras una gran corona de flores, se hallaba una mujer, de unos treinta años, vestida de riguroso luto.
-¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! –exclamó acordándose de Bécquer, y sin darse cuenta lo había pronunciado en voz alta. La mujer de negro se volvió hacia él y le sonrió.
-Gracias por venir –agradeció ella, en un susurro, al acabar la ceremonia-. ¿Era usted amigo de mi padre?
Don Vitorino lamentó defraudarla a la vista de lo poco popular que parecía aquel difunto.
-Ya entiendo –se adelantó ella a la respuesta-, usted sólo venía a misa.
-Se equivoca. Venía a rezar por su padre, aunque no le conocía.
Le contó el anciano lo de su apostolado por los fallecidos anónimos.
-De todas formas –dijo la mujer- , mi padre no tenía amigos. A decir verdad –susurró detrás de la punta del pañuelo con el que se secaba el lagrimal – todos los que le conocían se declaraban sus enemigos. En muchas casas se celebrará la noticia de su muerte.
Eva, que así se llamaba la mujer, le ofreció su brazo y le acogió bajo el paraguas, y ambos anduvieron largo rato por las calles mojadas en la tarde ya oscurecida.
-¿Le apetecería una taza de chocolate bien caliente, caballero?
-Con mucho gusto, mi hija.
Vitorino le puso al corriente de su vida con tres o cuatro frases telegráficas.
-Y su mujer, ¿de qué murió?
-Ay, mi niña, ésa es una herida que todavía me duele. No quisiera hurgar en ella.
-Lo entiendo, caballero.
-Y su padre, ¿por qué tenía tan pocos amigos?
-Ninguno. Ningún amigo; todos le odiaban. –Mojó de nuevo el pañuelo de papel en los ojos, y añadió:
-Pasó veinte años en la cárcel y sólo salió para morir unos pocos meses después.
-¿Qué delito puede cometer un hombre para pagar con tantos años de su vida?
La mujer escondió el rostro detrás del clínex, y cogió resuello un instante después.
-Ay, don Vitorino, ésa es una herida que también me escuece a mí, y no me obligue a hablar de ello.
Antes de despedirse, ambos intercambiaron los números de teléfono y prometieron volverse a encontrar. Pocos días después, el aparato del anciano sonó con su timbre ruidoso a la hora de la siesta.
-¿Don Vitorino? Buenas tardes. Soy Eva. ¿Se acuerda de mí?
-Sí, bonita. ¿Cómo estás?
-Me preguntaba si podía acompañarle estar tarde al funeral al que vaya usted a ir.
Comenzó entonces una amistad de funerales cogidos del brazo, de chocolates calientes y paseos bajo el paraguas. Por las tardes, tras salir de la oficina del ministerio donde trabajaba, Eva pasaba a recoger al anciano y se dirigían a la iglesia donde irían a rezar por el muerto desconocido. A veces comían juntos los domingos y luego paseaban durante horas por el paseo marítimo.
Un día, casi al alba, el timbrazo del teléfono sorprendió a don Vitorino afeitándose.
-¿Don Vitorino? –oyó al otro lado una voz quebrada por las lágrimas. ¿Podría pasarme por su casa lo antes posible?
-Vente, bonita.
Eva llegó a la hora del Ángelus. Ocultaba sus ojos bajo unas tupidas gafas de sol. Mientras empapaba la punta del pañuelo sobre sus lagrimales, un hipo de llanto incontenible bombeaba el pecho de la mujer. El anciano le sirvió una infusión caliente y dejó que se tranquilizase.
-Nunca le dije por qué mi padre estuvo en la cárcel ni por qué tenía tantos enemigos.
-Nunca te lo pregunté.
Eva soltó un largo alarido.
-¡Dios mío, era un asesino!
Vitorino rodeó con sus brazos enormes el cuerpo de Eva, como un padre.
-Lo que hiciera tu padre no me impide aceptarte como la hija que nunca tuve.
-Yo tampoco le pregunté nunca de qué murió su mujer. Ayer lo supe.
Volvió a romper a llorar. Apenas se le entendía; sus palabras brotaban atropelladas.
-Mientras hacía limpieza de las cosas de mi padre, entre sus papeles hallé un montón de periódicos viejos.
Vitorino no parecía particularmente intrigado. Eva soltó la noticia:
-Su mujer y mi padre se conocían.
-Ya lo sé –respondió el viejo, tranquilamente. Se apoyo en el bastó y avanzó hacia la ventana.
Eva le siguió con la mirada y sus palabras persiguieron la espalda del anciano como balas homicidas.
-No me ha entendido usted. Mi padre estuvo en la cárcel por asesinato: ¡mató a su mujer!
Don Vitorino permaneció unos instante escudriñando, al otro lado de la ventana, el horizonte de bosques de antenas, de veletas quebradas, de azoteas comunicantes. La lluvia tableteaba sobre los cristales con un estrépito furioso. Sin embargo, más allá de las cortinas del aguacero, sobre el horizonte un sol espléndido irradiaba su esfera de oro.
-Lo supe desde la primera noche –confesó el viejo apoyándose sobre uno de los brazos de la mecedora.
-La tarde que te conocí, cuando llegué a casa, volví a mirar el periódico y vi allí escrito en la esquela el nombre de tu padre.
Eva estaba pálida. Se le veía la cara desencajada y lívida, paralizada por la sorpresa.
-¿Entonces no me odia?
-Dios quiso que perdiera a mi esposa y encontrara a una hija. En los dos acontecimientos se sirvió del mismo instrumento: tu padre.
Diez años después, mientras depositaba flores sobre la tumba de don Vitorino, Eva recordaría la tarde lluviosa en que el viejo, en el abrazo con que estrechó a la muchacha, estranguló para el resto de sus días el odio que durante mucho tiempo le unió al asesino de su esposa muerta.