Después de volver del Obispado, cruzo por última vez la iglesia y me arrodillo ante el sagrario. “Perdóname, Padre, porque soy débil –rezo-. Ya no puedo seguir haciendo tu voluntad, sino la mía”.
Hasta aquí he llegado. Esta tarde el señor Obispo me ha concedido una dispensa provisional, algo así como unas vacaciones para que reflexione sobre mi vocación. Tiene la esperanza que volveré a vestir los hábitos y a reanudar el ministerio.
Pero a mí, al contrario, me abruma la certeza de que no regresaré. Y nunca es fácil decir adiós. Debes retirar tus objetos personales del escritorio, bajar cuadros, empaquetar libros, enfundar la vieja guitarra, estrechar manos, extender abrazos y soltar alguna lágrima en la despedida, hacer promesas que nunca vas a cumplir. Atrás quedan las horas de confesionario, las manchas de tantas culpas ajenas que has enjuagado en él, el aroma de los cirios, el olor a incienso, tantas obras buenas que se quedarán a medio hacer. Todo ello lo he escondido esta tarde en el fondo de mi maleta bajo siete vueltas de llave, y he puesto mi equipaje junto a la puerta hasta que, a eso de las doce, el taxista con el que lo había apalabrado me recoja para llevarme a la estación de tren.
El viento acaba de forzar bruscamente la ventana de mi cuarto, como si fuera el mantón a sueldo de un acreedor al que debo pasta y que se acaba de enterar de que me marcho sin saldar la deuda. Pero yo sólo pienso que ser fiel al voto de obediencia me está destrozando la bilis. De niño siempre fui el líder del barrio, el cabecilla de los gamberros, el inspirador de los follones. En la universidad me convertí en el mamporrero de las largas greñas y de los conciertos de guitarra junto a una fogata en la playa, y el lunático que se hizo fuerte en el claustro exigiendo la dimisión del rector mientras sonaban a todas horas las canciones de guerra de Joan Báez.
Ha empezado a llover, y un aguacero tímido golpea los cristales de la ventana, como una campana tañendo por un muerto. O quizás sea un peregrino al que la tormenta ha cogido en medio de la nada y llama para pedir posada. El voto de pobreza me está matando. Se me han hecho muy cuesta arriba las privaciones, las comidas frugales, los horarios monásticos. Añoro los desayunos del hijo de banquero que fui, el aroma a café recién colado y a pastel casero despertándome a media mañana. Añoro los veranos en la costa, la brisa salada, el olor a brea y pescado fresco. Añoro los inviernos en las estaciones de nieve, el fondo de armario de un actor, un coche nuevo cada dos años, el lujo y la disipación.
Ramón, el sacristán, está detrás de mí. Hago como que no le he visto y él espera a que me dé cuenta de su presencia. Es un hombre flaco como una lagartija, de manos cadavéricas que aparenta veinte años más de los que realmente tiene. En sus ojos arde una chispa de místico y su cara está atravesada por surcos profundos como navajazos. Siempre viste de negro y no hace el menor ruido al andar; es como una sombra sin cuerpo. Mucho antes de que yo llegara a la parroquia, él ya estaba aquí. Duerme sobre unas tablas, ayuna cada dos días y a veces, arrodillado frente al sagrario, me ha parecido verle en éxtasis. Pero dejo que siga esperando.
Lo que me estresa es el celibato. Me oprime tanto como los dogmas. Éstos me provocan el vértigo de vivir siempre transitando por caminos sin salida, direcciones prohibidas, de semáforos en rojo o direcciones obligatorias.
-¿Qué pasa, Ramón? –pregunto finalmente.
-Un agonizante. Han llamado para que se le administre los últimos sacramentos.
Suelto un taco para mis adentros, y me rebelo:
-¿No puede ir el padre Mariano? –susurro, casi sin voz.
-Ha ido de retiro. No estará hasta mañana para la misa de la tarde.
Salgo de noche bajo la lluvia, hundiendo mis zapatos sobre el barro fresco hasta mi vehículo. Ramón me acompaña y me guía hasta el barrio, a unos dos kilómetros de la iglesia. El limpiaparabrisas se ha encasquillado y el sacristán, con la cabeza por fuera del coche, va despejando con un pañuelo el agua que cae mientras me orienta por las callejuelas derruidas por donde se adentra el vehículo. La dirección que nos facilitaron corresponde a un edificio que, a duras penas, ha logrado mantenerse en pie después de un siglo de sufrir el óxido del tiempo y las acometidas del abandono. Fachadas que desembocan en el vacío, cornisas derruidas, escombreras diseminadas por los patios interiores. Pienso que tanto deterioro ha sido operado por un bombardeo invisible que, sutil como un tumor, ejecuta una guerra fantasmal que devasta fachadas, demole edificios, amontona escombros. Todo huele a aguas de sumidero, a orines rancios, a suciedad empozada. Los objetos, los seres y las cosas parecen atacadas por el mismo conjuro de inutilidad que lo malogra todo.
El ascensor no funciona. Ramón y yo vamos subiendo peldaños adentrándonos a través de pasillos con bombillas fundidas, montañas de desperdicios y gritos de pelea que salen de los apartamentos. El inmueble todo huele a tiempo estancado y basura descompuesta. De alguna parte surge el ruido infernal de una casete a todo volumen y dos adolescentes, con el torso desnudo y pecho tatuado, ruedan por el rellano fajados por un asunto de drogas.
La puerta del apartamento, en el piso doce, está abierta, y a través de ella penetran ráfagas de aire ensañándose con el visillo de la entrada. La estancia está aprisionada por una penumbra de camposanto y el olor a muerte se presiente como una emboscada.
-Adelante, padre, le estábamos esperando –dice alguien, incorporándose desde un viejo sillón desvencijado. Es una mujer viejísima, debe de tener como un millón de años, y cuando avanza hacia el cuarto del rincón, veo que está tan jorobada que parece que camina horizontalmente.
Una luz mortecina nos dirige hasta el cuarto del fondo. Es una habitación sin ventanas, con una cama de cuerpo y medio y, sobre ella, un crucifijo. Además de estos objetos, una mesilla de noche sin lámpara y una bombilla desnuda que pende del techo desde un cable salpicado por cagadas de moscas y que se extiende desde lo alto como un apéndice de cobre. Es todo el inventario que puede cerrarse a primera vista de todo cuanto hay este cuartucho. En el aire hay suspendido un olor purulento que nos provoca las náuseas que yo trato de disimular respirando por la boca.
-Bendito el que viene en nombre del Señor –me dice el enfermo que yace en la cama. Tenía una voz pedregosa y sonora, articulada a duras penas por una tos tuberculosa que sale despedida por el apartamento y baja escaleras abajo por todo el inmueble haciendo ladrar a los perros del vecindario.
El agonizante es un hombre inmenso, una mole colosal de carnes fláccidas que se desbordan por los costados del catre. Debe de pesar como una tonelada. Su carne, tumefacta, nos recibe con una sonrisa pacífica pero que dibuja una mueca dolorosa sobre la comisura de los labios. Su cara tiene un aspecto cadavérico y me fijo en las uñas que están negruzcas.
-Ya puedo morirme en paz. La Virgen ha cumplido su palabra.
La anciana de la joroba me habla del escapulario del Carmen que viste el agonizante y de las promesas para quienes la llevan de morir con todos los auxilios cristianos. Ahora me sacude un escalofrío al saber que el moribundo y yo estamos hermanados por un doble adiós: el mío del sacerdocio y el suyo del mundo. Esto me hace sentir indigno. No me he atrevido hasta ahora de mirarle a los ojos, y hay algo en ellos que me resultan familiares.
-¿Nos conocemos? –pregunto, al fin.
-Yo, a usted no, pero usted a mí quizás sí, padre.
Su cuerpo ahora es estremecido con violencia por una tos de tísico. De su boca brota un reguero oscuro y verduzco. Después lanza un esputo sanguinolento que cae sobre el orinal que solícitamente le ha tendido la vieja. La mujer sonríe al sacristán y deja ver su encía desnuda, coronada por una sola pieza dental.
-Mi niño fue una gran celebridad. Ganó una fortuna, compró grandes mansiones, de novia tuvo a mujeres que quitaban el hipo, vendió diez millones de discos y recorrió el mundo cuatro veces. Pero lo perdió todo en casinos y malas compañías. ¿Ha ido usted hablar de Pancho Varela, el sonero cubano? Pues por una uña llegó a tiempo de conocerlo.
Claro que me acuerdo del gran Pancho Varela. De mi padre heredé la afición por la música de este cubano de muelas de oro, mirada de hechicero y –qué lejos quedan aquellos años- cintura de bailarín. Nadie como Pancho para transformar una banda trompetera en un coro casi polifónico. Nadie cómo él se valía de su voz profunda de negro en un instrumento capaz de restaurar la pasión o quebrar el odio, y atar entre público y artista un vínculo tan invencible como el amor o la muerte. En mitad de una pieza, con un solo gesto, mandaba parar la orquesta o con un guiño ordenaba al público que contuviera la respiración. Era entonces como si el mayor secreto de la creación nos fuese revelado en privado, y era entonces cuando su voz seguía a capela y sus cuerdas vocales se convertían en un arma poderosísima capaz de detener un temporal, invertir el curso del tiempo o arrancar de cuajo las raíces de árboles milenarios.
-Nada de eso valió la pena –me dice Pancho, sonriéndome, como si leyese mis recuerdos. A muchos metros de él se escucha su respiración bufante, su pecho de asmático bombeando aire con dificultad. Me agarra la mano y la mía parece la de una muñeca aprisionada entre los dedos de King Kong. Me aprieta con más fuerza y noto que estrangula mis nervios y tendones, me clava sus ojos y me obliga a retener mi mirada en la suya.
-Nada de eso valió la pena, ¿me entiende, padre?
Unjo su cara, sus manos, sus pies y luego recito el ritual del viático en un latín oxidado. Pancho parece elevarse a una especie de éxtasis espiritual. Le ha servido para tomar resuello e insistir:
-Mil días gozando de mujeres no valen ni un segundo siendo sacerdote de Cristo.
Me siento empequeñecido. Detrás de mí la vieja ha encendido un cigarro habano del tamaño de una flauta y, después de aspirar una par de caladas con una pericia de fumador recalcitrante, la acerca a la boca del moribundo. Yo trato de detenerla, pero Pancho me sujeta de nuevo y se ríe:
-No se preocupe, padre: me lo fume o no, de esta noche no paso.
La cama cruje dolorosamente ante nueva sacudida de dolor en el cuerpo maltratado. Entre Ramón y yo le ayudamos a virarse sobre un costado del lecho. Las sábanas están calientes y húmedas. Una imagen nos sobrecoge. Una inmensa llaga purulenta, de un dedo de profunda, le atraviesa la espalda desde la nuca hasta la última vértebra. Debe de producir un dolor insoportable, pero Pancho no se queja.
-¿Qué está tomando para los dolores?
-Nada, padre –oigo decirle a Pancho-. Si Cristo no recibió medicamentos mientras era crucificado, yo tampoco tengo derecho a tener alivio.
Me parece inútil hacerle ver lo temerario de su decisión. En medio de su espeluznante agonía, parece dichoso. De nuevo le ayudamos a volverse hacia el otro lado de la cama. Me sonríe y toma de nuevo mi mano.
-¿Puede rezar para mí el Credo?
Él me sigue articulando la plegaria sin voz, con el movimiento de los labios. La madre se acomoda junto a él, le rodea por el cuello y lo acaricia con la ternura de una madre primeriza. Dentro de esa imagen patética hay también una hermosura sobrecogedora. Por alguna parte se ha colado una ráfaga de viento que arroja, junto a mis pies, un pequeño libro abierto. Es un diario y sólo tiene escrita la primera página con una caligrafía limpia, escrita con pulso de cirujano y trazo artístico; una obra de arte en sí misma. Leo:
El ocho de mayo de 1950 había decidido ingresar en el seminario. Nadie de los míos sabía nada. En mi vieja casa de El Vedado se había montado tremenda fiesta animada por unos amigos de mi padre. Eran tres tipos más viejos que el hambre, flacos como tallos: un negro medio bizco que tocaba el tres, un guajiro enorme como un hipopótamo con una barriga de bebedor de cerveza y un abuelo centenario que comenzó a dar cabezadas tras el primer ronazo. Yo salí sin ser visto y me dirigía, a pie y bajo un aguacero tropical, hacia una ermita de Centro Habana donde contaría al Santísimo la decisión tomada. A dos cuadras de mi casa me tropecé con un antiguo amigo de juergas.
“-¡Coño, qué guapo estás, viejo! ¡Pareces un príncipe sabrosón! – me dijo.
Lo siguiente que recuerdo es verme sobre la barra del Slipee J´oes cantando sin orquesta Lágrimas Negras. Recuerdo los aplausos, los coros festivos, la bruma del tacaco asfixiándolo todo y, confusamente, a alguien poniendo en mi mano la copa de la perdición. Era un cóctel sabroso en el que pude describir el sabor dulzón del ron, la menta y la hierbabuena, el hielo picado y un ingrediente secreto que dotaba a la mezcla la fuerza de un elixir fabuloso. Allí mismo me presentaron a un manager de artistas, y allí mismo firmé mi primer contrato musical .Después llegaron los recitales, los discos, las giras, los premios, las visitas a mi camerino de las mulatas más fascinantes del Caribe, y el silencio de Dios. ¡Qué estúpido es, Señor, huir de ti! ¡Cuántos años de placer en el infierno y no darme cuenta!
El texto se interrumpe aquí. Justo a tiempo para escuchar de nuevo la voz tuberculosa de Pancho mirando al cielo, con el rostro desencajado y cadavérico.
-Padre, no tengas en cuenta mis pecados, sino la fe de tu siervo.
Lanza un último suspiro sin dolor, sin dramatismo y su boca queda congelada en una mueca. Ha muerto.
-Señor, dale el descanso eterno y que brille para él la luz eterna –reza Ramón cuando ya los de la funeraria se quedan a solas con el cadáver y yo me despido de la vieja, a eso de la medianoche.
El sacristán decide quedarse. Yo bajo las escaleras como un borracho, tropezándome con paredes y puertas, acogotado por las lágrimas y ciego de rabia. Con las manos, voy reconociendo la geografía del edificio a través del roce de las paredes y el recorrido de los pasamanos. Cuando cruzo la calle y me alejo de allí, me veo desde fuera y me siento Pancho Varela en su doble dimensión de pecador y redimido. Los recuerdos del difunto pesan sobre mi conciencia. Percibo los aromas de la vieja Habana donde el vivió en sus años de su vocación y en los de sus triunfos, los caficolas donde servían guarapos y batidos de fruta mientras algún mesero sabrosón silbaba La Engañadora, o por los aires vagaban los pregones de los amoladores de tijeras. Fantasmas célebres vagaban su condena en el recuerdo, como Hemingway apurando un daiquiri de alcohólico irredento, o los viejos del barrio contando buenos cuentos de tragos y romanes. Aquella ciudad de La Habana de los años cincuenta se transforma, cuatro décadas más tarde, en la misma Jerusalén celeste que yo quería pisar en mi abandono del sacerdocio.
Parece como si él huyese de un bombardeo aterrorizado y yo me dirigiese a él como el hombre más feliz y confiado de la tierra. Pero ambos vemos distinto espectáculo. Yo quiero correr la aventura en la tierra prometida del hombre de hoy, del gozo inmediato, de la libertad de movimientos, de los anhelos del mundo. Pancho al contrario sufría bajo la tormenta de escombros, las fachadas transformadas en nieves de polvo, las ventanas sin cristales, los portales carcomidos, las cornisas demolidas, los balcones resquebrajados, que le sugerían la imagen de un estadio colosal que, por un prodigio de la fortuna, sostenía todo el peso de su inmensidad sobre una lámina de hielo. Aquella ciudad de Pancho Varela, en la que nació y que guardaba todos los secretos de su infancia, exhibe ahora su patetismo como una prostituta fabulosa embellecida por adornos de bisutería y perfumes de saldo, mientras pudre su belleza maldita en una mediocridad de telenovela.
Y yo he estado a punto de dejarme seducir por las patrañas de su hermosura aparente. No hay lágrimas para llorar tanto dolor. De alguna parte llegan los ecos demorados de Benny Moré, la vida nocturna y alegre de otros tiempos, la ciudad despreocupada, el llanto y los aplausos de los que añoraban al gran músico y un bolero interminable derramándose en su voz de borracho invencible.
Cuando llego a la parroquia el taxista ya estaba esperándome. Me acerco a él bajo la lluvia torrencial, saco unos billetes que le entrego y digo:
-Lo siento, caballero. Esta noche me quedo.
-No le gusta viajar con tormenta, ¿eh?
-No; sólo tengo que preparar mi sermón del domingo.