Cada miércoles, al concluir la oración del grupo carismático, todos los miembros que hemos acudido a cantar y alabar al Señor, nos damos la mano y rezamos el Padrenuestro. Nuestros dedos entrelazados dibujan una cadena donde cada hermano toca al que está a su lado. Es como el abrazo de Dios.

La otra tarde, Victoria se sentó junto a Domingo. Victoria, digamos, es la ricachona del grupo. Domingo, digamos, es el mendigo de la comunidad. Mientras él mendiga a la puerta de la iglesia y vive arrastrando desde hace meses una pierna metálica, ella tiene negocios exitosos y vive de las rentas.

En aquel círculo en que los extremos de la sociedad se tocaron mientras recitábamos la plegaria de Jesucristo, percibí la imagen de la Iglesia, el concepto del cuerpo místico de San pablo.

Todos somos iglesias: la acaudalada y el indigente, el que muere de hambre y el que fallece a causa del colesterol, el que gana más de lo que puede gastar y el que sobrevive gracias a la limosna.

Somos iglesias los buenos y malos, santos y pecadores, el místico y el blasfemo, el devoto y el hereje, el que ama y el que odia, el que sufre y el que goza, el que busca siempre y el que no encuentra nunca, beatos y apóstatas.

Somos iglesia los que se mantuvieron siempre fieles y los que regresan después de una larga peregrinación por otros credos, de tener el corazón en otros dioses y de haberse extraviados por mil caminos truculentos.

Somos iglesias los artesanos y los científicos, los sabios y los necios, los que blanden las armas y los que manejan la pluma, los consagrados y los seglares, los fervientes, los tibios, los fríos, los que rezan a todas horas y los pecan todo el tiempo.

Todos somos del rebaño del Buen Pastor, a todos ha salido a buscar y las puertas de nuestras casas está llamando para sentarse a nuestra mesa y cenar con nosotros. Santa Mónica estuvo llorando y orando por la conversión de su hijo durante treinta años. Santos y pecadores formamos la iglesia, y debemos interceder los unos por los otros, orando y llorando como Mónica por el borrachito que muere ahogado por el vino en cualquier callejón oscuro rodeado de vómitos y ratas; por el marido maltratador, por el que apuesta el sueldo con el que debe mantener a su familia, por el adúltero, por el pornógrafo, por el que cabalga a lomos del caballo y la heroína para que, entre trato y trago, entre apuesta y apuesta, entre paliza y paliza con la que maltrata a la mujer con la que está unido, nuestra oración sea la mano que detenga la puñalada fatal y les haga volver el rostro hacia Jesús que, con los brazos abiertos y la mirada del padre bueno, siempre espera que vayamos al encuentro de su abrazo.

Hermano Saulo.