“Conocí a un hombre que era tan pobre, tan pobre, que lo único que poseía era dinero”. Esta historia que contaba la madre Teresa de Calcuta nos sirve para retratar la imagen de la sociedad actual. Ya sabemos que no es lo mismo un hombre pobre que un pobre hombre. La indigencia material, en la mayoría de los casos, no la buscamos sino que se nos es impuesta; la privación espiritual, en cambio, nos la hemos ganado con nuestro esfuerzo, por la acción de nuestros despropósitos, por las ataduras que nos encadenan.

La hermana María Jesús acaba de volver de Senegal, un país de aplastante mayoría musulmana. Los cristianos son allí una minoría que cuenta con una fe orgullosa y entusiasta, que celebran hermosas eucaristías ungidas de cantos donde la presencia de la gracia podría tasarse en básculas industriales. “Soy cristiano”, le confesaba a la hermana un anciano mostrando la cruz de su pecho, como las que cuelgan del cuello de los obispos. Es gente sin recursos en un país azotado históricamente por plagas y sequías, que vive mirando al cielo siguiendo el rastro de las nubes y el barrunto de la lluvia. Apenas tienen para dar de comer a sus numerosas familias, pero son felices, y es una dicha de gente sencilla que nos transporta a los tiempos de Jesús. Allí, en el corazón de África, entre estos cristianos hambrientos, parece que Jesús acaba de pasar por sus aldeas con la noticia fresca de su resurrección. Él ya vive allí y su presencia es una huella palpitante que lo toca y lo transforma todo. Esa es la sociedad de los hombres pobres que son inmensamente acaudalados en valores cristianos.

Por el contrario, la vieja Europa se ha empeñado en echar a gorrazos a Jesús de su historia para que, borrándolo del pasado, no lo reconozcamos en el presente ni le busquemos en el futuro. Sí, Europa se siente orgullosa de sus conquistas sociales, de la fuerza de su economía, de sus leyes progresistas bajo cuyo paraguas se guarecen tantas aberraciones morales.

En contraposición a las raíces cristianas de Europa, la civilización atea se ha instalado en nuestra vida. No podemos negar el progreso técnico ni los avances sociales, pero éstos se han hecho de espaldas a Dios o en contra de Él. Las clínicas abortistas abundan casi tanto como las franquicias del McDonald, el feminismo y el imperio gay han logrado imponer sus doctrinas en buena parte de Occidente; las leyes del aborto que se reforman son para ampliar plazos o para añadir nuevos supuestos por los que aniquilar la vida del no nacido; la eutanasia es mostrado como algo justo y como un valor universal como la educación o el derecho al voto. Los que creemos en Dios casi nos da miedo confesarlo y nos miran como a bichos raros que somos poseedores de supersticiones anacrónicas. Es una Europa que sólo se arrodilla ante sí misma, hinchada de soberbia, que sólo respira por el bolsillo o la bragueta.

Pero, ¿tanto progreso técnico y tantos avances sociales han traído la felicidad? ¿Se siento orgullosa esta Europa de su juventud sin ideales, que sólo destaca por organizar botellones, ocupar edificios abandonados y buscar el placer sexual de una forma animal y mecánica? ¿Se siente orgullosa Europa de las tasas de drogadicción y alcoholismo que siguen creciendo año a año, del aumento de los suicidios, de que cada vez haya más parejas rotas, más hijos que caen en medio del fuego de padres enfrentados tras la ruptura matrimonial? ¿Se siente orgullosa de la violencia de género, de la pornografía que ya está a alcance de cualquiera en Internet o en televisión? ¿Se siente orgullosa del turismo sexual, de la pederastia? ¿Se siente orgullosa de esa juventud educada sin valores que se ríe de sus padres y agrede a sus profesores, que considera un espectáculo graciosísimo pegar a compañeros de escuela o instituto y publicar las imágenes como un mal chiste de gamberros graciosos? ¿Se siente orgullosa de haber sustituido a Dios por los dioses del placer, de la televisión, del chisme? No creen en Dios, pero ahora abundan más que nunca adivinadores, echadores de cartas, brujos, sectas satánicas. No creen Dios pero nuestra vida se ha llenado de ídolos de carne y hueso, de cantantes ante los cuales se rinden, que llenan estadios, que congregan multitudes ante cuyas puertas hacen colas hasta con días de antelación para escucharlos y verlos desde lejos un par de horas. O se adoran a futbolistas y otros deportistas, se les dedica la mitad de la vida a seguir sus carreras o analizar sus éxitos y fracasos.

Y cuando esta sociedad orgullosa de su cartera y de sus conquistas sexuales regresa al hogar y se encierra en la intimidad de sus casas, debe calmar el inmenso vacío que les deja la vida ahogando su sinsentido en lingotazos de güisqui o esnifando un chute de heroína, y luego enciende la televisión a volumen alto y se hunden en las mentiras oficiales que nos cuenta los noticieros, porque es la puerta falsa con la que huyen de los remordimientos, ese acreedor pesado que nos acusa sin tregua.

Otro día la Madre Teresa de Calcuta, de visita en este primer mundo que niega a Cristo, confesó:

“He ido esta tarde por vuestras calles, he entrado en vuestras casas y he encontrado una pobreza mayor que en la India. La pobreza del alma, la pobreza del amor “

Hermano Saulo