Jesús ya no es cristiano. Los “progres” lo han convertido al progresismo, lo han sacado de las iglesias y sagrarios a base de engaños y promesas de modernidad, le han lavado el cerebro y ahora es el guía espiritual del pensamiento hedonista y materialista, del racionalismo ilustrado. A la vista de que, tras dos mil años de fracasos, los enemigos de Dios han sido incapaces de deslucir la figura de Cristo –no por falta de entusiasmo, ni por esfuerzo para acometerlo ni por medios para lograrlo-, ahora lo han tomado como rehén de su ideología y como pretexto y coartada de la nueva civilización atea que se extiende como un cáncer invasivo en el cuerpo de una sociedad enferma.
Ese Jesús que ha pasado por la lavadora agnóstica, ahora nos lo presentan liando un porro o esnifando un gramo de cocaína en cualquier esquina donde cuatro melenudos escuchan rock satánico, organizando botellones, liderando a grupos de ocupas donde se montan comunas libertinas, organizando un follón antisistema contra el gobierno de turno, oficiando una boda gay. Nos lo pintan como el líder hermano gemelo del Ché Guevara, empuñando las armas con las guerrillas en el corazón del Amazonas o repartiendo preservativos a las puertas de colegios y discotecas. Nos quieren hacer ver que Cristo tendría las tragaderas de conciencia de Herodes; que bendeciría el feminismo, que estaría de acuerdo con el divorcio, que comprendería la eutanasia y aceptaría el aborto. Éste es el Cristo de la progresía materialista que niega las raíces cristianas de Europa, la de los sesenta millones de abortos anuales en el mundo, la de los pornógrafos, la que exige el silencio de Dios en la vida cotidiana. ¿Cuántas veces habremos oído a creyentes de pacotilla que la Iglesia debe modernizarse? ¿Cuántas veces nos han dicho que ellos tienen fe en Dios pero no en la Iglesia? ¿Cuántas veces debemos repetirles que la Iglesia es obra de Jesucristo, fundada sobre roca, bendecida hasta el fin de los tiempos para que sus enemigos no prevalezcan sobre ella? ¿Cómo debemos hacerles comprender que la Iglesia no habría existido sin Jesús, que el Evangelio no habría sido predicado primero, publicado después y propagado por el mundo sin la Iglesia? ¿Cuántas veces debemos repetirles que no se empeñen en que Jesús se divorcie de su esposa, la Iglesia, que ella es madre y no madrastra, que es guía y no intermediaria de nuestros deseos, que es maestra y no celestina?
A todos los que quieren reinventar a Cristo para justificar sus vidas de pecado, debemos recordarles que Dios es el eterno presente. Que aquel que proclamó que “el cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”, nos ofreció el lote completo de sus enseñanzas y obras. No nos invitó a escoger sólo aquello que nos hiciera más felices, lo que nos fuera más cómodo, no nos brindó sólo las rosas, sino también las espinas. Para aquellos que siempre quieren ver a Jesús en las bodas de Caná, entre el ruido del vino y la fiesta, o multiplicando el alimento en el milagro de los panes y los peces, debemos recordarles los cuarenta días que estuvo en el desierto, entre el silencio y el ayuno absoluto. Para los que buscan una excusa para sus almas enfangadas recordándonos que Jesús se rodeó de adúlteros, de prostitutas, de usureros, simplemente debemos invitarles a que cuenten el final de la historia, como el de la mujer a la que salvó cuando iba a ser lapidada a la que Cristo le ordenó: “Vete y no peques más”. A los que quieren verle en la gloria del Domingo de Ramos como el de un líder político victorioso tras unas elecciones, debemos mostrarle el Viernes de Pasión. A los que nos lo pintan como buen amigo de comilones y de esclavos de la carne, sigámosle hasta la oración de sangre en el Huerto de los Olivos. Los mismos que se conmueven y lloran con Él mientras pronuncia el sermón de la Montaña, son los que le apedrean y le escupen, los que le azotan y le clavan la corona de espinas camino del Calvario. Los mismos que gritan que Jesús es de los suyos cuando curó a leprosos, devolvió la vista a los ciegos y restituyó el movimiento a cojos y tullidos, son los que se hacen los sordos cuando Cristo nos ordena que lo que Dios ha unido que no lo separa el hombre, los que no se dan por aludido cuando nos dice que si tu ojo peca, córtatelo, si tu mano te hace caer, arráncatela.
A los que le incomoda la voz de la Iglesia debemos insistirles que ella obedece el mandato de Cristo de ir por el mundo y predicar el Evangelio, de tomar su cruz y seguirle, que se siente orgullosa cuando el mundo la odia porque eso la acerca al Calvario y a la Cruz y que, como dijo Santa Teresa, la verdad padece pero no perece. Esos mismos que reclaman silencio a la Iglesia son los que le exigen que recoja a los huérfanos, que cuide a los ancianos, que dé de comer a los hambrientos, que asista y hospitalice a los enfermos, que bautice, confirme y administre la primera comunión a sus hijos, que entierre a sus difuntos y consuele a sus deudos, que cuide el patrimonio artístico, que mantenga y restaure los lugares de culto.
Los católicos creemos que Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, que sus palabras nunca pasarán, que es Dios y que venció a la muerte y resucitó, pero que su doctrina está unida a la Cruz. No creemos en un Dios caprichoso que deba adaptarse al hombre según corran los tiempos, sino que es el hombre el que debe vivir de acuerdo al Evangelio. Ésta es, precisamente, la fuerza de la fe católica. Por mucho que avance la ciencia, por impetuosos que soplen los vientos de la modernidad, por mucho que sea el espacio que ocupe en la vida cotidiana el relativismo moral, Cristo no cambia nunca y no lo hará jamás para ser popular a los ojos de abortistas, feministas y progresistas de toda calaña. No creemos en un Dios escurridizo que se transforma para agradar a los políticamente correctos cada vez que los hijos de su tiempo creen hallar la respuesta definitiva a los problemas de la humanidad. Desengáñense, progres del mundo: Jesús es la única respuesta a cualquier pregunta y nunca se ha movido del mismo sitio desde el que nos guía.

Hermano Saulo