Dios resulta antipático para los que carecen de fe. Hace algunos años, en una estación de tren alemana alguien había escrito un grafiti transcribiendo la conocida sentencia de un filósofo de aquel país: “Dios ha muerto.” Nietzsche”. Poco después, otra voz anónima le había replicado: “Nietzsche ha muerto”. Dios”.
De las dos afirmaciones expuestas, la única que, tanto para creyentes como para ateos, resulta una verdad irrefutable, es la segunda: Nietzsche es el que ha muerto. Ésta es la gran tragedia del ateísmo: durante miles de años se ha afanado proclamando que Dios ha sido asesinado, pero su cadáver no aparece.
Voltaire se declaró enemigo visceral de la Iglesia; estaba convencido de que podía destruirla con el solo impulso de sus teorías y durante toda su vida respiró por los pulmones del odio y la enemistad hacia todo lo católico. Pero, mientras agonizaba, pidió un confesor y se reconcilió con la Iglesia. Nietzsche, por su parte, malvivió sus últimos doce años en un centro psiquiátrico y murió como un loco desesperado. Ni siquiera falleció como un chalado feliz. También Napoleón creyó que podía acabar con el catolicismo y así se lo hizo saber a un alto representante vaticano en una ocasión. “No podrá, majestad –le advirtió el nuncio-. A la Iglesia no hemos podido destruirla ni los propios católicos. Es un yunque que ha gastado muchos martillos”. En efecto, contra ella ha fracaso el Imperio Romano, sobrevivió a las invasiones bárbaras y fue la que conservó el arte y la civilización occidental en monasterios y desde allí la devolvió al mundo. Los bárbaros arrasaron Europa y destruyeron imperios y ejércitos poderosos como el romano, pero no lograron doblegar a la Iglesia que, con la bondad de la madre y la paciencia de la maestra, luego evangelizó a esos mismos pueblos salvajes. La Iglesia sobrevivió a la revolución francesa, al odio republicano en España y a la revolución cristera en Mëxico, a HItler y a Stalin. El comunismo le quitó el micrófono pero no le apagó la voz, le arrebató el turno de palabra pero no impidió que se expresara. El Telón de Acero confinó al clero a campos de extermino, pero la Iglesia está acostumbrada a renacer desde las catacumbas y, desde ellas, ofició misas, ordenó sacerdotes y consagró obispos.
El gran error de los ateos es pensar que matando en el hombre la idea de Dios acaban con el mismo Dios. Se olvidan de que la fe es un don gratuito que concede el creador, cuando quiere, a quien quiere, donde quiere. No importa que, en nombre del racionalismo, la revolución, el marxismo o la ilustración se cierren conventos e iglesias, se incauten colegios, se quemen templos y catedrales, se destierren a religiosos y misioneros, se pasen a cuchillo, se fusilen o martiricen a millones de creyentes. No importa que impongan el ateísmo por decreto, que se profanen los lugares sacros, se destruyan el arte y la tradición religiosa, se prohíban las prácticas cristianas. Todo ello es tan inútil como pretender que, impidiendo hablar del pasado, se acabe al mismo tiempo con la memoria.
No hay nadie más creyente que el ateo que se empeña en demostrar su incredulidad. Nadie que no temiese estar equivocado se aferraría con tanta pasión a demostrar lo evidente.
Dios nos hizo a su imagen y semejanza: por eso, cuando nos asomamos en el espejo del creador y contemplamos el trabajo que ha hecho en nuestro corazón el pecado, nos vemos dolorosamente feos. Y antes de reconocerse en esa réplica nauseabunda y decrépita, el ateo prefiere romper el espejo y hacer añicos la figura escalofriante que interpela su conciencia y le recuerda el alma sin la gracia de Dios.
Hermano Saulo


