Pronunciamos la palabra misionero y en nuestra imaginación se suscita la idea del loco idealista que abandona su hogar, renuncia a la familia y emprende un camino sin retorno hacia aldeas remotas donde se intrinca la selva o a desiertos inhóspitos estragados por el hambre, la enfermedad y la muerte.

Pero hay otro tipo de misión que nos reclama. En un mundo autista que es incapaz de reconocer la voz de Dios en los acontecimientos de cada día, en el que la huella y el aliento de lo divino se han desvanecido por el hechizo que suscita en nosotros el materialismo, el hedonismo, el culto a la imagen y al cuerpo, la idolatría con que adoramos a los dioses modernos del dinero, de la posición económica, del sexo, de la búsqueda del placer inmediato, en este mundo insensato, digo, Dios necesita misioneros.

Y no nos llama sólo al sacerdocio o la consagración religiosa, no nos pide que nos desposemos con Cristo o que ingresemos en monasterios. Él no exige alardes extraordinarios, que dejemos nuestros hijos o que abandonemos a nuestros padres. Cristo nos llama aquí y ahora, en nuestros hogares, en nuestras parroquias, en el taller y la escuela, en la oficina o la fábrica. Nos llama a evangelizar a los nuestros, a nuestros padres, a nuestros hijos, a los amigos; que llevemos la palabra de Dios a conocidos y vecinos, que demos testimonio de nuestra fe con nuestra presencia, con la caridad de nuestra oración hacia ellos, con un simple gesto, con un saludo cuando en el ascensor nos tropezamos con el vecino que nos cae mal, con una sonrisa que ilumine el día del que está triste. Hagamos misión con la palabra, con el oído, con una palmada en la espalda. Digámosle al mundo que Cristo vive en nosotros y, si para eso hay que ser héroes, no demos ni un paso atrás. Que nos llamen fanáticos por amar a Cristo, pero no traidores a Cristo.

Hemos llenado nuestra vida de tanto lujo, de tanto cacharro inútil con la última tecnología; llegamos a casa y lo primero que hacemos en encender el televisor y tenemos tragaderas para engullirlo todo, desde la última patraña del político al chisme calentito en el que se ha metido el cantante de moda. Enchufamos los auriculares a nuestros oídos y nos dejamos sumergir en una música infernal donde la voz de Dios se ahoga irremediablemente. Hemos acumulado tantas cosas accesorias que Dios ya nos estorba. Lo hemos relegado al último rincón del cuarto trastero, como una chatarra muerta de la que no queremos desprendernos por si, en algún momento de nuestra vida, necesitamos que nos haga un milagro.

Hermanos, la fe necesita héroes aquí y ahora. Desenchufemos el televisor, tiremos por la ventana el móvil y la música ruidosa, hagamos que el silencio se haga en nuestra vida para que, a través de la oración, volvamos a escuchar la voz de Jesús que, clara y profunda, nos llama por nuestro nombre y nos invita a seguirle.

Hermano Saulo.