El Monje Radioaficionado

Desde el corazón del Trastevero romano, en la celda de un viejo caserón cada noche pronunciaba estas palabras un ejemplar y simpático franciscano, que así iniciaba su diálogo con millares de almas, en el mundo invisible pero animado de los aficionados a la radio de onda corta.
Y desde los más distantes países llegaban hasta la celda del hermano Juan, noticias de toda clase.
Durante muchos años llevó a cabo ese original apostolado. Su púlpito, su auditorio lo componían los numerosos aficionados a la radiotelegrafía de todo el mundo...
El Hermano Juan, transmitiendo en diversas longitudes se sentía muy cercano a Dios, y acompañaba, escuchaba y consolaba a muchas almas lejanas de diversos países.
Las respuestas que le llegaban a través de las ondas eran:
«Te deseamos también una noche feliz, Hermano Juan, y seguían a veces gozos, penas, angustias, desahogos...
Un día aquel franciscano aficionado a la radiotelegrafía dialogó con un aficionado en francés. Le dio cifras y ponía urgencia e inquietud en su comunicado. Pedía dos mil inyectables antitetánicos, otras medicinas y aparatos respiratorios para socorrer a los habitantes de determinado país, tras el terremoto que había destruido prácticamente la ciudad.
El Hermano Juan respondió enseguida:
—'Recibido tu mensaje. Al momento obraremos en consecuencia. Te aseguramos intervención rápida...»
Y el franciscano aquel que mediante su hora de oración silenciosa recibía de Dios aquella riqueza de amor al prójimo, abandonó sus auriculares y su micrófono, salió de su celda y se puso en contacto con el Centro adecuado. La petición del Hermano Juan emanaba bondad, amabilidad, pero al mismo tiempo una humana exigencia que franqueaba toda barrera de resistencia. Y en efecto, la ayuda solicitada llegó con asombrosa rapidez al lugar necesitado de ella.
En una ocasión sostuvo durante muchísimo tiempo polémicas amistosas sobre la fe católica con un radioaficionado de Yugoslavia. El franciscano se despedía cada noche de su polémico amigo con un: «que Dios te acompañe, hijo». Y un día durante la comunicación el Hermano Juan se apercibió de que aquel radioaficionado —a quien ya consideraba como a un amigo— hacía pausas incomprensibles, hasta que le confesó que estaba muy enfermo y le dijo: «Esa noche. Hermano Juan, sí que necesito ese magnífico saludo con que se despide siempre de mí». El sacerdote tuvo un presentimiento y con mal disimulada emoción, lentamente, paternalmente le envió sus palabras a través de las ondas: «Que Dios te acompañe, hijito». A partir de ese día no volvió a tener comunicación con el radioaficionado de Yugoslavia...