El gigantesco secreto de Chesterton
por Andrea Monda
Entre las decenas de libros escritos por Chesterton, dos de ellos están dedicados a la figura de dos grandes santos: Francisco de Asís y Tomás de Aquino. No es casual la elección del escritor inglés de estos dos gigantes de la cristiandad, sino por el contrario, muy significativa.
En la primera página de la biografía de Santo Tomás, Chesterton señala que mientras “es posible trazar un perfil de San Francisco, sólo puede hacerse un plano de Santo Tomás, como el plano de una ciudad laberíntica”. Pienso que también de Chesterton, parecido por el físico además de la mente a Santo Tomás, sólo puede hacerse un plano, un gran mapa geográfico. Trazaré por tanto un pequeño perfil, lo cual para este escritor es ciertamente reductivo. De hecho, George Bernard Shaw indicó que “Chesterton es nuestro Quinbus Flestrin, el Hombre-Montaña, un querubín gigantesco y redondo, que además de ser indignamente grande de cuerpo y mente, cuando lo miramos parece ampliarse ante nuestra vista en todas las direcciones”. Hay algo de verdad en esta afirmación de Bernard Shaw; más bien hay una verdad, aquella vinculada con la “monstruosidad” de Chesterton. Este gigante en lo físico fue en realidad pintor, poeta, volcánico periodista, filósofo, dramaturgo, agudo crítico literario, ensayista, novelista, autor de obras policiales, humorista, apologista... y sé que he olvidado algo. Su magnitud artística es de carácter inconmensurable (y de hecho jamás fue medida y valorada debidamente por la crítica). Acercarse a este ser proteiforme no es cosa fácil e inspira además cierto temor... Personalmente, frente a él me he sentido a menudo inadecuado, desorientado, como extraviado en un laberinto en el cual carecía de la clave de lectura.
Shaw fue acertado al definirlo como un monstruo en permanente evolución (si bien es preciso agregar que todas las evoluciones y recorridos de Chesterton lo conducían nuevamente al punto de partida, a su residencia de origen, que era en suma ese catolicismo que descubrió finalmente en 1922 cuando ya había cumplido 48 años de edad). Él habría definido el golpe de su amigo-enemigo irlandés como un pecado de herejía, ese pecado consistente en fijar y aislar una sola verdad, omitiendo y anulando las otras. No es casual el hecho de que Shaw forme parte del gran número de hombres ilustres incluidos en 1905 por Chesterton en su famoso ensayo “Herejes”, es decir, personas como Kipling, “cuya visión de las cosas tiene la audacia de ser diferente de la mía”, personas precisamente como Shaw, que “tomo en cuenta como un hereje, es decir, como un hombre cuya filosofía es sumamente sólida, sumamente coherente y sumamente infundada”.
Durante casi cuarenta años, GKC y GBS (como llamaban a Chesterton y Shaw) se enfrentaron y combatieron mutuamente, abordando prácticamente todo el saber humano; desde el sufragio universal hasta el teatro, desde la política hasta la filosofía, desde la moda femenina hasta el aborto y la eugenesia...
Una de las teorías de GBS que GKC no podía aceptar fue la del Superhombre. Escribe también en Herejes: “El señor Shaw no logra comprender que para nosotros aquello que es precioso y digno de amor es el hombre, el viejo bebedor de cerveza, creador de formas de fe, combativo, falaz y respetable. Y las cosas basadas en esta criatura permanecen a perpetuidad; las cosas basadas en la fantasía del Superhombre han muerto con las civilizaciones moribundas que las generaron. Cuando Cristo, en un momento simbólico, estableció Su gran sociedad, El no eligió para piedra angular al brillante Pablo ni al místico Juan sino más bien a un vulgar, un elitista, un cobarde; en una palabra, a un hombre. Y sobre ésa roca El fundó Su Iglesia, y las puertas del Infierno no han prevalecido contra ella. Todos los imperios y reinos han fallado, debido a su inherente y continua debilidad, que han sido fundados por hombres fuertes y se apoyan en hombres fuertes. Pero esta sola cosa, la Iglesia, fue fundada sobre un hombre frágil y por esa razón es indestructible. Y es que ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil”.
Ésta es una de las páginas más hermosas de uno de sus libros más famosos, pero en mi opinión también menos logrados.Herejes es un libro realmente áspero de leer, confuso, complicado, un verdadero laberinto dentro del cual, sin embargo, por todas partes asoman joyas, piedras preciosas, como, por ejemplo, esta súbita pincelada, esta empinada lírica en la cual la fe, que de hecho ya animaba al joven londinense que 17 años después adoptará el catolicismo, no sólo no hace pesado el texto, sino que lo aliviana, le permite volar, emocionar, conmovernos. Por otra parte, no debemos olvidar que el “monstruoso” escritor inglés fue también un hábil pintor en su juventud. Lo observa Borges, su sorprendente y gran admirador: “En sus escritos quedan huellas pictóricas marcadas. Sus personajes acostumbran entrar a escena como actores y sus paisajes vivamente esbozados se fijan en la memoria. GKC vivió unos años impregnados de melancolía a los cuales se refiere con la definición fin de siècle. De este tedio imposible de eliminar lo salvan Whitman y Stevenson. Con todo, algo permaneció adherido a él, perceptible en su gusto por lo horrendo. El hombre que fue Jueves, su novela más famosa, tiene el subtítulo ‘Un íncubo’. Podría haber sido Poe o tal vez un Kafka; pero el prefirió –y le estamos agradecidos por su opción– ser Chesterton y optó valerosamente por la felicidad o simuló haberla encontrado. Pasó de la fe anglicana a la católica, basada, según él, en el buen sentido. Infirió que lo extraño de dicha fe está en armonía con lo extraño del universo, así como la peculiar forma de una llave se adapta perfectamente a la forma especial de una cerradura. En Inglaterra, el catolicismo de Chesterton perjudicó su fama, ya que la gente insiste en reducirlo a mero propagandista católico. Lo fue innegablemente, pero también fue un hombre de genio, un gran prosista y un gran poeta. La literatura es una de las formas de la felicidad; tal vez ningún escritor me ha dado tantas horas felices como Chesterton”.
He reproducido enteramente la larga cita de Borges, no sólo porque la suscribo en su totalidad, sino también porque alude en forma central a uno de los puntos esenciales de este breve perfil.
El título de este trabajo surge de la última página de Ortodoxia, tal vez su obra maestra, en la cual está escrito que “la alegría es el gigantesco secreto del cristiano”. A la luz de las observaciones de Borges, invirtiendo los términos del planteamiento (mediante un procedimiento por paradojas típico de GKC), me atrevería a proponer que su gigantesco secreto tal vez fue, en cambio, el sufrimiento, el dolor, la nostalgia. En este sentido, GKC es un monstruo al menos de dos caras.
Confirman mi intuición las espléndidas páginas de Emilio Cecchi en su famoso ensayoPesci Rossi, en el cual relata una visita a Chesterton en su pequeña casa de Beaconsfield. “Podríamos compararlo con un Padre de la Iglesia, obligado por la necesidad de los tiempos y el ministerio a predicar en estilo burlesco a las muchedumbres de escépticos y sibaritas. Oponiéndose a las degeneraciones anárquicas y materialistas del Romanticismo tardío, se erigió en campeón de la Familia, el Orden, los Ritos, el Sentido Común... Visto por delante, Chesterton tiene la figura de un obispo; pero al girar el obispo y verse por detrás, tiene la figura de un payaso... Tal vez fui pensando sobre todo en el payaso (dicho esto con el respeto que tengo por él), y encontré sobre todo al obispo. Fui con el gusto por la extraña alegría lírica de la cual descubrió el secreto. Y al salir de su casa llevaba conmigo más que nada el sentido de su profunda gravedad moral y su dolor. Lo creía más joven, franco y seguro. Lo encontraba más experimentado y cansado, más complejo, más conmovido y más fuerte. ... Esperaba encontrarlo tranquilo junto a la mole del trabajo terminado. Y estaba alegre a causa de brillantes certezas, pero también lleno de problemas y dificultades, totalmente atrapado, poseído, sumido con su vasta estatura moral en la actual dificultad del mundo...”.
Esta intuición también es confirmada por el ensayo de Averincev. Aun cuando dice no estar de acuerdo con Borges, parte del mismo punto de vista para reflexionar sobre el “lado oscuro” de GKC.
El filólogo ruso se detiene en la biografía del escritor y destaca el pesar, la presencia del sufrimiento y el dolor. GKC era un hombre enfermo, afirma Avernicev. El inconfundible gran volumen físico era señal de mala salud, una mala salud que lo llevó a la muerte a los 62 años, en junio de 1936. Por otra parte, la falta de hijos y la pérdida de su amado hermano Cecil en la guerra contribuyeron ciertamente a perturbar profundamente al pueril Gilbert. Ante todo esto, GKC “optó por la felicidad”. Esta felicidad surgió de la fe y fue fruto y expresión de su libre albedrío. Tuvo una clara determinación, que vivió en forma natural y sencilla, y ninguna de las personas que vivieron junto a este niño grande percibió jamás el sufrimiento que envolvía su existencia.
En este sentido, no me sorprende que se hable de una beatificación de Chesterton.
Eligiendo y adoptando la alegría cristiana, GKC salió del laberinto de su vida.
Brota en mi mente una imagen del escritor alemán Michael Ende: “Un hombre está encerrado dentro de un laberinto. Para ser feliz, debe salir. Para salir, debe ser feliz”.
Así, GKC conoció la horrenda sensación del laberinto. Pensemos en los cuentos del Padre Brown, tal vez la obra que más celebridad ha otorgado al escritor inglés. Como explica en su Autobiografía, el Padre Brown es un personaje inspirado por la figura de su amigo el Padre O’Connor, y la idea de estos cuentos policiales surge de la reflexión del hecho de que ningún hombre está más en contacto y en conocimiento de todo el mal del mundo que un sacerdote.
Por consiguiente, GKC tenía muy presente todo el horror del laberinto, de la insensatez de la vida; pero sustituyó esta imagen por otra, tan estimada por él y por todo hombre común: la imagen de la casa. El tema del regreso a casa es tal vez El Tema de GKC, que al convertirse al catolicismo tuvo la sensación de entrar nuevamente a algo familiar, algo que había perdido en la infancia. En un ensayo muy breve sobre Tomás Moro, GKC afirma que el santo inglés fue “un campeón de la libertad en su vida pública y más aún en su muerte pública. En su vida privada, encarna esa verdad que no se percibe hoy en día: la verdad según la cual el lugar de la libertad es la casa... si los individuos esperan tener la tutela de su propia libertad, deben defender su vida familiar”.
En este sentido, su
novela más significativa y autobiográfica es ciertamente Manalive, en la cual Innocenzo Smith da la vuelta al mundo para descubrir... Inglaterra, entra a escondidas y roba... en su casa (igual a Beaconsfield), se casa luego... con su esposa (de cabellos rojos). “Entiendo -dice en un momento dado el protagonista- que Dios me ordenó amar un determinado lugar y estar al servicio del mismo, me hizo honrarlo como pudiera, también con mis excentricidades... Entiendo que el Paraíso está en cierto lugar y no en todas partes; es algo determinado y no cualquier cosa. Y en resumidas cuentas no me sorprendería demasiado si hubiera realmente un farol verde frente a mi casa arriba en el cielo”.
Ésta es la quintaesencia de la poética chestertoniana. Pocos días después de su fallecimiento, Mircea Eliade lo recordaba así: “La literatura inglesa ha perdido al ensayista contemporáneo más importante, y el mundo cristiano a uno de sus más preciosos apologistas. Inglaterra está más triste y confusa después del desaparecimiento de G.K. Chesterton. Las herejías modernas podrán defenderse libremente. No estará presente ahora la pluma punzante de G.K.C. esperándolas. No encontrarán nuevamente al adversario insuperable en la controversia, con su sana inteligencia y su optimismo apaciguador. Lo han llamadoThe Laughing Philosopher, el filósofo que ríe. Ríe porque ha huido del sello de la estupidez pretenciosa, porque ha desenmascarado la enorme insensatez y la falta de sinceridad ocultas detrás de las herejías y las filosofías populares; pero al mismo tiempo ríe porque la vida es una novela sentimental, porque el milagro ocurre permanentemente en torno a nosotros, porque la salvación es real... Innocenzo Smith nos hace ver muy bien que hemos perdido el sentido de lo maravilloso precisamente porque lo buscamos en vez de ver que está en medio de nosotros. Buscamos lo milagroso y lo romántico, como buscamos la felicidad, el amor perfecto y la sabiduría, sin percatarnos de que están alrededor nuestro, esperando que los veamos”.
La vida es más novelesca que cualquier novela porque está constituida de milagro y misterio.
“... En las primeras poesías –señala Averincev–, tan inmaduras que no sólo Auden, sino hasta el chestertoniano más apasionado podría elogiarlas por su calidad literaria, resuena un motivo que estará presente en todos los versos y en la prosa de este autor. Un niño que aún no ha nacido reflexiona sobre el hecho de que lo dejaran entrar al mundo, aun cuando sólo fuera por un día, permitiéndole así participar en el juego y la batalla de la vida, lo cual para él constituiría una felicidad y un honor tan inmerecidos que jamás soñaría con quejarse, por muchas dificultades que hubiera, ni con enfadarse, por muchas ofensas que recibiera... No se trata de optimismo y de ningún modo Chesterton llamaría así a su fe. El optimista considera que todo se da para que ocurra lo mejor y vencerá en la batalla; Chesterton estructura los acentos de distinta forma: la existencia no es un bien que depende de que las cosas se den para que ocurra lo mejor, sino del hecho mismo de estar en contraposición con el no ser, e independientemente de cómo se resuelva la batalla, debemos aceptar con gratitud precisamente su riesgo, su carácter indeterminado, aleatorio e imprevisible. Con esto, como ya se ha dicho, está vinculada la libertad de elección de la persona. Al hombre se le da una oportunidad... ¿Qué más puede pretender? La aceptación que reconoce el riesgo transforma los objetos más comunes y habituales en espléndidas piedras preciosas, como en la perspectiva del niño que no ha nacido y sueña con el milagro del nacimiento...”. Chesterton child (como lo llamaba el Padre O’Connor) no tiene la inocencia de los niños (si ellos realmente la tienen); pero observa como un niño el mundo, para él rico en maravillas, milagros y misterio. En una frase formidable, que a Borges le encantaba recordar, GKC afirma: “Todo pasará, sólo quedará el asombro y sobre todo el asombro ante las cosas cotidianas”. Estamos en lo esencial de la poética de GKC. Para él, el mundo no se acabará porque terminen las maravillas, sino el maravillarse, la capacidad de asombrarse.
Para terminar este breve retrato, no puedo dejar de citar rápidamente otras pequeñas piedras preciosas, engastadas en la corona de varios colores de este rey del buen sentido y el buen humor.
Afirma en su Autobiografía: “Éste fue mi primer problema: inducir a los hombres a comprender la maravilla y el esplendor de los seres vivos”.
Escribe en “El hombre que fue Jueves”: “Reservad para vosotros a vuestro Byron que conmemora las derrotas de los hombres. Yo derramaré lágrimas de orgullo leyendo el horario de los ferrocarriles”.
En Ortodoxia es más difícil elegir. Quiero recordar únicamente cuatro citas:
1. “La medida de toda felicidad es el reconocimiento. Todas mis convicciones están representadas por una adivinanza que me impresionó desde niño. Dice el acertijo: ¿Qué dijo la primera rana? La respuesta es la siguiente: “Señor, qué bien me haces saltar”. Contiene en síntesis todo lo que estoy diciendo. Dios hace saltar a la rana y la rana está contenta de brincar”.
2. “Con frecuencia he preferido llamarme optimista para evitar la demasiado evidente blasfemia del pesimismo; pero todo el optimismo de la época ha sido falso y desalentador, por este motivo: que siempre ha procurado demostrar que estamos hechos para el mundo. El optimismo cristiano, en cambio, se basa en el hecho de que no estamos hechos para el mundo”.
3. “Las cosas en las cuales siempre he creído más son los cuentos de hadas, que me parecen cosas totalmente razonables. El país de las hadas no es sino el asoleado país del sentido común. Tenemos la lección de la Cenicienta, que por lo demás es la misma del Magnificat: “exaltavit humiles”. Tenemos la famosa lección de la Bella y la Bestia: una cosa debe ser amada antes de ser amable...”.
“Hay quienes han adquirido el hábito estúpido de hablar de la ortodoxia como algo pesado, monótono y seguro. Sin embargo, nada existe tan peligroso y estimulante como la ortodoxia: la ortodoxia es la sabiduría y ser sabios es más dramático que ser locos. La Iglesia nunca eligió los caminos trillados ni aceptó los lugares comunes, nunca fue respetable. Es fácil ser locos; es fácil ser herejes; es siempre fácil dejar que una época se ponga a la cabeza de algo, lo difícil es conservar la propia cabeza...”.
En su espléndido ensayoThe Everlasting Man, un libro de historia universal sin ni siquiera una fecha (para alegría de J.L. Borges), GKC, acusado de antisemitismo durante su vida, habla así de los hebreos:
“Si aún nos queda algo de esa sencillez original, si poetas y filósofos pueden en cierto sentido pronunciar una plegaria universal, si vivimos bajo un cielo grande y sereno que paternalmente se extiende sobre todos los pueblos de la tierra, si filosofía y filantropía son lugares comunes para todos los hombres razonables con una religión, todo eso se lo debemos más que nada a un pueblo nómada, inquieto y secreto, que confirió a los hombres la suprema y serena bendición de un dios celoso... ellos tuvieron una de las piedras angulares del mundo: el Libro de Job, el cual victoriosamente se yergue frente a la Ilíada y las tragedias griegas: aún más que ellas, fue el punto de encuentro y ruptura de la poesía y la filosofía en la mañana del mundo”. Y pasando al Nuevo Testamento, reflexiona sobre el gigantesco secreto del cristiano: la alegría. “Pero otra cualidad se revela en todas sus enseñanzas, que me parece por lo demás olvidada en la literatura moderna sobre dichas enseñanzas, y es la idea persistente de que en realidad Él nada vino a enseñar. Si un episodio me impresiona personalmente como algo sumamente y gloriosamente humano, es el episodio del vino en la fiesta nupcial”.
Con estas palabras, GKC, hablando de la humanidad, traza como un autorretrato suyo: “La verdad más simple sobre el hombre es el hecho de ser realmente extraño: extraño casi en el sentido de ser extranjero en esta tierra... solo, entre todos los animales, es sacudido por la benéfica locura de la risa, como si hubiese cogido algún secreto de una forma más verdadera del universo y quisiera ocultarlo al universo mismo”.
GKC descubrió el secreto del universo y esto lo hizo feliz, tan feliz –observaba Kafka– que podría pensarse que encontró a Dios. Y el lugar donde lo encontró es ciertamente la Iglesia Católica. Cuando murió, en junio de 1936, Pío XI, que el año anterior había canonizado a Tomás Moro, lo definió en un telegrama como Defensor Fidei, desenterrando un antiguo título, otorgado cuatro siglos atrás por León X a Enrique VIII. Y antes de encontrarlo en la Iglesia, GKC encontró a Dios en la figura de Jesucristo y en la alegría que Él trajo consigo para dar al mundo. Así termina su obra maestraOrtodoxia: “La alegría, que fue pequeña manifestación en el pagano, es el gigantesco secreto del cristiano... El pathos (de Jesús) fue natural, casi casual. Los estoicos antiguos y modernos ocultaron sus lágrimas por orgullo. Él nunca escondió Sus lágrimas. Él las mostró claramente en Su rostro abierto a todo espectáculo cotidiano, como ocurrió cuando Él vio desde lejos Su ciudad natal. Pero Él escondió algo. Los solemnes superhombres, los diplomáticos imperiales están orgullosos de contener su ira. Él nunca contiene su ira. Él derribó los bancos de mercancías en los escalones del Templo y preguntó a los hombres cómo esperaban librarse de la condena al infierno. Con todo, Él contuvo algo. Lo digo con reverencia: en esta personalidad desbordante había un aspecto que se podría llamar reservado. Algo había que ocultó a todos los hombres cuando fue a orar en la montaña, algo que cubrió permanentemente con un brusco silencio o un impetuoso aislamiento. Era algo demasiado grande para que Dios lo mostrara a nosotros cuando Él caminaba sobre la tierra; y a veces he imaginado que era Su alegría”. Teólogo vestido de payaso, el alegre GKC, que no por azar eligió escribir la biografía de Dickens y Stevenson, también escribió (como decíamos) las de Santo Tomás y San Francisco: el orden y la locura; si del primero tenía el gran tamaño físico y la mente racional, del segundo tenía el corazón de niño y el loco amor por el asombro ante lo creado. GKC osó, en este mundo, amar a Cristo y la Iglesia con el mismo amor, osó hablar de cosas antiguas como la Ortodoxia y la Herejía. Tal vez fue una voz fuera del coro en un siglo aparentemente oscuro como es el siglo XX; pero quizás ésta es sólo una apariencia, una ilusión óptica. Liana Millu, que se salvó de Auschwitz, ha dicho que en los añ
s de la guerra “hombres y mujeres pudieron mostrar lo mejor y lo peor de sí mismos”. En su poemaThe Ballad of the White Horse, Chesterton emplea la hermosa expresión “caminar en la oscuridad con el corazón contento”. Esto debe hacer el cristiano, esto hizo GKC.
Me viene a la mente cómo pocos años después del fin de la aventura terrenal de GKC, escribía el teólogo Dietrich Bonhoeffer desde la cárcel nazista donde estaba recluido esperando el martirio: “¿Quién en nuestros tiempos todavía puede cultivar sin preocupaciones la música y la amistad, tocar y estar alegre? Seguramente no el hombre ‘ético’, sino únicamente el cristiano”. La benéfica, pero no tranquilizadora (espero) carcajada del gigantesco GKC ha sacudido al mundo porque tocó la base única, verdadera y terrible, de la herejía: la de la tristeza y la desesperación

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Chesterton, una conversión totalmente racional
por José Ramón Ayllón
La literatura es una de las formas de felicidad, y quizá ningún escritor me haya deparado tantas horas felices como Chesterton. J. L. Borges.
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) ha sido uno de los grandes escritores del siglo XX. Tan bohemio y excéntrico, tan irónico y lúcido, con tal sentido del humor y corpulencia que jamás pasó inadvertido. "Por lo que respecta a mi peso, nadie lo ha calculado aún", solía decir. Y en una conferencia: "Les aseguro que no tengo este tamaño, en absoluto. Lo que ocurre es que el micrófono me está amplificando". Su risa era sincera, alegre, contagiosa e inolvidable, hasta el punto de conseguir, en el teatro, que la gente dejara de mirar al escenario para reírse con él.
Vino al mundo en 1874, para iniciar lo que él llamaba "la aventura suprema". Con Cecil, su único hermano, amigo íntimo, se pasó la infancia y la juventud discutiendo, "hasta convertirnos en una peste para todo nuestro círculo social". Su amigo Edmund Bentley escribe que
Chesterton llegó hasta donde una mente despierta puede examinar a fondo el mundo, con un estado de ánimo siempre alegre. No tenía un solo enemigo y poseía duplicada, como mínimo, la capacidad para disfrutar de las cosas. Desde pequeño tuvo un sentido del humor enormemente desarrollado, igual que el concepto de belleza y de veneración.
En 1892, el fin del colegio y el ingreso en la Universidad dispersó a los amigos. La pérdida fue para Chesterton muy profunda. En su Autobiografía describe esta nueva época como "llena de dudas, morbos y tentaciones que han dejado en mi mente, para siempre, la certeza de la solidez objetiva del pecado". También dirá que "el ambiente de mi juventud no era sólo el ateísmo, sino la ortodoxia atea, y esa postura gozaba de prestigio". En Ortodoxia reconoce que
A la edad de doce años era yo un poco pagano, y a los deciocho era un completo agnóstico, cada vez más hundido en un suicidio espiritual.
En el University College de Londres estudia arte, literatura inglesa, francés y latín. Allí se dedicó, entre otras cosas, al espiritismo, hasta llegar a "un estado de melancolía enfermiza y ociosa".
Lo que yo llamo mi temporada de locura coincidió con un período de ir a la deriva y no hacer nada. Una época en la que alcancé la condición interior de anarquía moral, sumiéndome cada vez más en un suicidio espiritual. Supongo que mi caso era bastante corriente. Sin embargo, el hecho es que ahondé lo suficiente para encontrarme con el demonio, incluso para reconocerle de manera oscura.
Años más tarde, cuando Chesterton entabla amistad con el sacerdote John O'Connor y le expone su experiencia del mal, descubre con asombro que "el padre O'Connor había sondeado aquellos abismos mucho más que yo".
Me quedé sorprendido de mi propia sorpresa. Que la Iglesia Católica estuviera más enterada del bien que yo, era fácil de creer. Que estuviera más enterada del mal, me parecía increíble.
El padre O'Connor conocía los horrores del mundo y no se escandalizaba, pues su pertenencia a la Iglesia Católica le hacía depositario de un gran tesoro: la misericordia.
Superación del agnosticismo
Después de haber permanecido algún tiempo en los abismos del pesimismo contemporáneo, tuve un fuerte impulso interior para rebelarme y desechar semejante pesadilla. Como encontraba poca ayuda en la filosofía y ninguna en la religión, inventé una teoría mística y rudimentaria: que incluso la mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era lo suficientemente extraordinaria como para ser estimulante.
Esa teoría personal le hace "seguir unido a los restos de la religión por un tenue hilo de gratitud: daba las gracias a cualquier dios existente". Años más tarde, a propósito del pesimismo existencial que rezumaba la pluma de muchos escritores, escribe:
En mi opinión, la opresión del pueblo es un pecado terrible; pero la depresión del hombre es un pecado todavía peor.
Un día de otoño de 1896, Chesterton vio a Frances Blogg por primera vez y se enamoró de ella. Aquella noche escribió en la soledad de su habitación unos versos "a la mujer que amo", donde explica que Dios creó el mundo y puso en él reyes, pueblos y naciones sólo para que así se lo encontrara Frances. En el mismo cuaderno escribiría poco después que Frances "sería la delicia de un príncipe".
Pero Frances practicaba la religión. Esto era algo extraño para mí y para el mismo ambiente de cultura alborotada en que ella vivía. Para todo ese mundo agnóstico, practicar la religión era algo mucho más complejo que profesarla.
En 1900 Chesterton conoce a Hilaire Belloc, un joven historiador de carácter apasionado, que le descubre el pensamiento social cristiano. Y entablan una amistad que duraría toda la vida. En 1901 Chesterton se casa con Frances y empieza a ser uno de los periodistas más conocidos y polémicos del país. En 1903 polemiza con el director del Clarion, Robert Blatchford, a propósito de su pensamiento determinista. Si hasta entonces podía pasar como agnóstico, desde ahora ha izado en su mástil la bandera del cristianismo.
De vacaciones en Yorkshire, los Chesterton conocen al padre O'Connor, un sacerdote que les sorprende con su inteligencia y simpatía. Pero Chesterton reconoce que
Si me hubieran dicho que diez años más tarde sería yo un misionero mormón en alguna isla de caníbales, no me hubiera sorprendido tanto como la idea de que quince años después yo haría con él mi confesión general y sería recibido en la iglesia que él servía.
En el padre O'Connor, Chesterton nos dice que encontró un sacerdote, un hombre de mundo, un hombre del otro mundo, un hombre de ciencia y un viejo amigo.
1908. Ortodoxia
De algunos de sus contemporáneos escribió Chesterton que, al instalarse en el escepticismo y en una divagación sin contornos precisos, se hundían en la indeterminación de los animales errantes y en la inconsciencia del campo: "porque está claro que los árboles no producen dogmas, y que los nabos son muy tolerantes". Alguién le echó entonces en cara la comodidad de juzgar la visión de la vida de los demás sin haber expuesto la propia. Así surgió Ortodoxia en 1908, curioso libro de un autor que se confiesa apasionado por la visión cristiana de la vida sin ser cristiano. Ortodoxia sostuvo en la fe o llevó hasta ella a muchos lectores, y rozó el límite de la paradoja porque Chesterton no se convertiría al catolicismo y se bautizaría hasta pasados trece años. Ortodoxia constituye también una pacífica provocación intelectual:
Si alguien me pregunta, desde el punto de vista exclusivamente intelectual, por qué creo en el cristianismo, solo puedo contestarle que creo en él racionalmente, obligado por la evidencia.
¿Qué evidencia? Chesterton reconoce en la opinión pública tres grandes convicciones anticristianas:
1ª. Que el ser humano es un mero animal evolucionado.
2ª. Que la religión primitiva nació del terror y de la ignorancia.
3ª. Que los sacerdotes han abrumado de amarguras y nieblas a las sociedades cristianas.
Estos tres argumentos son, para él, lógicos y legítimos, pero añade que lo único que les puede objetar es un punto que tienen en común: que los tres son falsos.
Respecto al primer argumento, Chesterton reconoce como evidente que el hombre se parece a los animales. En cambio, lo que resulta enigmático e inexplicable es el abismo que los separa, de suerte que "donde acaba la biología comienza la religión". En cuanto al segundo argumento, todas las grandes culturas conservan la tradición de un antiguo pecado seguido de un castigo, pero "los sabios parecen decir literalmente que esa calamidad prehistórica no puede ser verdadera, puesto que todos los pueblos la recuerdan". Del tercer argumento dirá que no lo ha visto realizado en ningún sitio, pues "aquellos países de Europa donde es grande la influencia del sacerdocio son los únicos donde todavía se baila y se canta, y donde hay todavía trajes pintorescos y arte al aire libre".
Se dice que el paganismo es la religión de la alegría, y el cristianismo la religión del dolor, pero igual de fácil es probar la proposición inversa. Cuando el pagano contempla el verdadero corazón del mundo, se queda helado. Más allá de los dioses, que son simplemente despóticos, está el hades, el reino mismo de la muerte. Y cuando los racionalistas afirman que el mundo antiguo era más ilustrado que el mundo cristiano, no les falta razón desde su punto de vista, pues por ilustrado entienden: enfermo de desesperaciones incurables.
La alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se convierte en el gigantesco secreto del cristiano. Y al cerrar este volumen caótico, abro de nuevo el libro breve y asombroso de donde ha brotado todo el cristianismo, y la convicción me deslumbra. La tremenda imagen que alienta en las frases del evangelio se alza -en esto y en todo- más allá de todos los sabios tenidos por mayores.
Una variación del segundo argumento es hacer del cristianismo un fruto de épocas oscuras. Chesterton dirá que fue, por el contrario, "el único camino de luz en las edades oscuras, como un puente luminoso tendido sobre ellas entre dos épocas luminosas".
Al que dice que la fe ha brotado del salvajismo y la ignorancia, hay que contestarle que no: que nació de la civilización mediterránea, en la plena germinación del gran Imperio Romano. Cierto que después se hundió el barco, pero no es menos cierto y asombroso que volvió a resurgir recién pintado y deslumbrante, siempre con la cruz en lo alto. Y éste es el asombro de l
religión: haber transformado un barco hundido en un submarino. Bajo el peso de las aguas, el arca sobrevivió. Tras el incendio y bajo los escombros de las dinastías y los clanes, nos alzamos para acordarnos de Roma.
Si la fe solo hubiera sido un capricho del decadente imperio, ambos se habrían desvanecido en un mismo crepúsculo. Y si la civilización había de resurgir más tarde (y las hay que no han resurgido), hubiera tenido que ser bajo alguna nueva bandera bárbara. Pero la Iglesia cristiana era el último aliento de la vieja sociedad y el primer aliento de la nueva. Congregó a los pueblos que olvidaban ya cómo se levantan los arcos, y les enseñó a construir el arco gótico. En una palabra, lo que se dice contra la Iglesia es lo más falso que de ella puede decirse. ¿Cómo afirmar que la Iglesia quiere hacernos retroceder hasta las edades oscuras, cuando a la Iglesia debemos el haber podido salir de ellas?
Chesterton repite que su cristianismo es una convicción racional, y que los agnósticos se han equivocado al escoger sus hechos. Además, nos dice que tiene otra razón más profunda para aceptar la verdad cristiana, y es que la eseñanza de la Iglesia es algo vivo, no muerto: algo que nos explica el pasado y nos alumbra el futuro:
Platón os comunicó una verdad, pero Platón ha muerto. Shakespeare os deslumbró con una imagen, pero no lo hará de nuevo. En cambio, figuraos lo que sería vivir con ellos, saber que Platón podría leernos mañana algo inédito, o que Shakespeare podría conmover al mundo con una nueva canción. El que está en contacto con la Iglesia viviente es como el que espera encontrarse con Platón o Shakespeare todos los días, en el almuerzo, con nuevas verdades desconocidas.
Más argumentos
Chesterton supo confirmar en la fe a muchos amigos y conocidos. Un día escribe a la hija de unos amigos:
Mi querida Rhoda: la fe también es un hecho y está relacionada con hechos. Yo sé razonar al menos tan bien como los que te dicen lo contrario, y me extrañaría que quede por ahí alguna duda que yo no haya albergado, examinado y disipado. Yo creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y creo en las otras cosas extraordinarias que decimos en esa oración. Y mi fe es tanto mayor cuanto más contemplo la experiencia humana. Cuando te digo "que Dios te bendiga, mi querida niña", dudo tan poco de Él como de ti.
En 1910 publica Chesterton La esfera y la cruz, una discusión de dos hombres honrados sobre lo que el autor considera la cuestión más importante del mundo: la verdad del Cristianismo. El mismo año, un artículo de Robert Dell afirmaba que el hombre que se hace católico "deja su responsabilidad en el umbral y cree en los dogmas para librarse de la angustia de pensar". Chesterton responde así:
Euclides, al proponer definiciones absolutas y axiomas inalterables, no libra a los geómetras del esfuerzo de pensar. Al contrario, les proporciona la ardua tarea de pensar con lógica. El dogma de la Iglesia limita el pensamiento de la misma manera que el axioma del Sistema Solar limita la Física: en lugar de detener el pensamiento, le proporciona una base fértil y un estímulo constante.
Poco después, en el Daily News, Chesterton invita a los racionalistas a ser realmente razonables y lógicos:
Yo creo -porque así lo afirman fuentes autorizadas- que el mundo es redondo. Que pueda haber tribus que crean que es triangular u oblongo no altera el hecho de que indudablemente el mundo tiene una forma determinada, y no otra. Por tanto, no digáis que la variedad de religiones os impide creer en una. No sería una postura inteligente.
1922. Conversión
En primer lugar quisiera decir que mi conversión al catolicismo fue completamente racional (...). Me bauticé en un cobertizo de lata situado en la trasera de un hotel de estación. Lo acepté porque así resultaba mucho más convincente para mi mente analítica.
Cuando la gente me pregunta "¿por qué ha ingresado usted en la Iglesia de Roma?", la primera respuesta es: para desembarazarme de mis pecados. Pues no existe ningún otro sistema religioso que haga realmente desaparecer los pecados de las personas.
Catorce años antes de su conversión había escrito en el Daily News, en respuesta a cierto articulista:
A su juicio, confesar los pecados es algo morboso. Yo le contestaría que lo morboso es no confesarlos. Lo morboso es ocultar los pecados dejando que le corroan a uno el corazón, que es el estado en que viven felizmente la mayoría de las personas de las sociedades altamente civilizadas.
Chesterton hubiera estado plenamente de acuerdo con estas palabras de Evelyn Waugh: "Convertirse es como ascender por una chimenea y pasar de un mundo de sombras, donde todo es caricatura ridícula, al verdadero mundo creado por Dios. Comienza entonces una exploración fascinante e ilimitada". Hubiera suscrito estas palabras porque consideraba al Cristianismo como un hecho histórico excepcional, verdaderamente único, sin precedentes, sin semejanza con nada anterior ni posterior. No una teoría, sino un hecho: el hecho de que el misterioso Creador del mundo ha visitado su mundo en persona. El hecho más asombroso que ha conocido el hombre, la historia más extraña jamás contada. Sé que el catolicismo es demasiado grande para mí, y aún no he explorado todas sus terribles y hermosas verdades. No sé explicar por qué soy católico, pero ahora que lo soy no podría imaginarme de otra manera. Estoy orgulloso de verme atado por dogmas anticuados y esclavizado por credos profundos (como suelen repetir mis amigos periodistas con tanta frecuencia), pues sé muy bien que son los credos heréticos los que han muerto, y que solo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado.
Sobre la Iglesia Católica dirá: No existe ninguna otra institución estable e inteligente que haya meditado sobre el sentido de la vida durante dos mil años. Su experiencia abarca casi todas las experiencias, y en particular casi todos los errores. El resultado es un plano en el que están claramente señalados los callejones sin salida y los caminos equivocados, esos caminos que el mejor testimonio posible ha demostrado que no valen la pena, el testimonio de aquellos que los han recorrido antes (...). Además, la Iglesia defiende dogmáticamente a la humanidad de sus peores enemigos, esos monstruos horribles, devoradores y viejos que son los antiguos errores.
El párroco de Chesterton recuerda que "la mañana de su Primera Comunión era plenamente consciente de la inmensidad de la Presencia Real, porque el sudor le cubría por completo en el momento en que recibió a Nuestro Señor. Cuando le felicité me dijo: Ha sido la hora más feliz de mi vida". Con anterioridad, Chesterton le había confiado: "Me aterra la tremenda Realidad que se alza sobre el altar. No he crecido con ello y es demasiado abrumador para mí".
A propósito de uno de sus mejores amigos, converso como él, Chesterton escribe: Los dos hemos hablado con un gran número de personas sobre cantidad de asuntos importantes, hemos contemplado parte del mundo y de sus filosofías, y no tenemos ni sombra de duda sobre cuál ha sido el acto más inteligente de nuestras vidas.
Dos biografías
Su célebre biografía sobre San Francisco de Asís aparece en 1923. Chesterton quiere demostrar que la vida de un santo puede ser una historia mucho más romántica que la mejor de las novelas. La admiración de Chesterton hacia San Francisco está ligada a su convicción de que la inocencia, la risa y la humildad infantiles son superiores a cualquier forma de escepticismo.
En 1925, El hombre eterno es la respuesta de Chesterton al libro de Wells Bosquejo de la Historia, un ensayo donde Cristo merecía muchas menos páginas que las campañas de los persas contra los griegos. Chesterton divide su libro en dos partes. La primera es un resumen de la gran aventura de la raza humana hasta que deja de ser pagana. La segunda, un sumario de la diferencia que se produjo al hacerse cristiana. El hombre eterno ha sido considerada la obra maestra de Chesterton. Para Evelyn Waugh era un libro "magnífico y popular, de una claridad meridiana, un monumento permanente". C.S. Lewis escribirá: "Leí El hombre eterno de Chesterton y por primera vez vi toda la concepción cristiana de la historia expuesta de una forma que me parecía tener sentido".
Los editores del San Francisco de Asís piden a Chesterton, diez años más tarde, una biografía de santo Tomás de Aquino. Su secretaria recordaba que, tras despachar los asuntos diarios, Chesterton le decía de pronto: "Vamos a ponernos un rato con Tommy". De este modo le dictó la mitad de la biografía, sin consultar un solo libro. Al final le pidió que fuera a Londres para buscarle algunos libros. ¿Qué libros? No sabía. Ella escribió entonces al padre O'Connor y recibió una lista con la mejor bibliografía sobre el santo. Chesterton hojeó los libros rápidamente y dictó el resto del libro sin volver a consultar ninguno de ellos.
Si Étienne Gilson había dicho que Ortodoxia era la mejor apología cristiana que había producido el siglo XX, de la biografía de Santo Tomás afirmó: "Creo que es el mejor libro que se ha escrito jamás sobre santo Tomás, sin comparación posible". Y también: "Chesterton hace que uno se desespere. He estado estudiando a santo Tomás durante toda mi vida y jamás podría haber escrito un libro como el suyo".
Chesterton murió el 14 de junio de 1936. De su entierro escribió uno de sus amigos:
Sigo al féretro con los restos mortales de mi capitán. Atravieso con él las tortuosas calles de la pequeña localidad. Estamos dando un rodeo, porque la policía se ha empeñado en que Gilbert tiene que realizar su último viaje pasando por las casas de aquellos que le conocieron y que más le quisieron. Y allí estaban todos, abarrotando las calles (...). Como dice Edward MacDonald, era el señor del distrito y nunca lo supo.
Chesterton concebía el cielo según la expresión terra viventium, de Tomás de Aquino: la tierra de los vivos. También solía decir que la muerte es una broma del Rey bueno, escondida con muchísimo cuidado. Y en dos versos dejó escrito que:
jamás se ha reído nadie en la vida como yo me reiré en la muerte
Había envejecido sin aburrirse un solo minuto, y daba gracias por su "protagonismo en este milagro que
supone estar vivo y haber recibido la vida del único que puede hacer milagros". Del libro "Dios y los náufragos", © Cortesía de Editorial Belacqua, Barcelona, 2002

K. Chesterton: Porqué me convertí al catolicismo
Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema "por qué soy católico" es muy distinto del problema "por qué me convertí al catolicismo". Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma.
Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La "confirmación" de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón.
Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.
¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.
A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.
El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.
Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.
En el primer caso -creo que se trataba de Horton y Hocking- se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.
En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".
Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas.
Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O'Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del "Daily News".
Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal.
Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.
Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.
Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.
Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los "intermezzos" de un Lucrecio o de un Lucano.
No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.
Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y "menos razonables" -por decirlo así- son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.
Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al "nonsense", a la insensatez.
Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.
Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protes
antismo victoriano. Por el contrario, la más alta exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue:
Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean -como ellos mismos dicen- reformas prácticas y objetivas.
Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años.
Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos.
El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales.
Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo -podría decirse en su excusa-. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.





G. K. Chesterton, el incomparable





Famosísimo periodista, novelista, poeta y crítico literario (1874-1935) es una figura única y genial en la literatura inglesa y uno de los autores modernos más frecuentemente citados. Su perspicacia crítica era muy aguda, su campo de acción universal, su vigor invencible. Su periodismo ejerció una atracción magnética mucho más poderosa que lo que de cualquier columnista o presentador de televisión podría esperarse hoy día.

El Popular

El sabio filósofo tomista Etienne Gilson gustaba relatar esta sabrosa anécdota: Dos personajes históricos apasionaron el genial escritor inglés Gilbert Keith Chesterton: San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino.

El "poverello", por que apelaba a su conciencia social, y el santo dominico por que para G.K. ambos compartían en su origen la misma raíz normanda. Un día decidió escribir un libro sobre el Doctor "Angélico". Para ello, el prolífico autor, acudió a su técnica usual cuando se trataba de redactar artículos sobre los temas más dispares: recabar de su extraordinaria memoria los conocimientos necesarios, y el resto dejárselo a su viva inspiración. Fue así como Chesterton dictó la mitad de la anunciada obra.

Cuando unos alarmados amigos le advirtieron que concienzudos eruditos habían consumido sus vidas a través de los siglos estudiando a Santo Tomás de Aquino, Chesterton hizo un paréntesis en su ímpetu creativo y pidió a su secretaria que buscara algunos libros especializados.

- ¿Que clase de libros?, interrogó a su colaboradora.
Chesterton le respondió despreocupado:
- Los que usted quiera.

Con la ayuda de un sacerdote conocido la responsable secretaria se entregó a la búsqueda de tratados y estudios sobre el Aquinate. Al presentarle a Chesterton el fruto de sus pesquisas, G.K. inclinó su jovial rostro, coronado de una leonina melena blanca, para permitir que sus ojillos miopes los recorran a toda prisa, defendiéndose en algunas páginas. Al darse por satisfecho tras breve examen, los puso a un lado y terminó con el dictado.

Más tarde uno de los ejemplares de "Santo Tomás de Aquino" llegó a manos del reputado tomista.

- "Chesterton es desesperante" exclamó Gilson. "He estudiado a Santo Tomás toda mi vida, y nunca podría haber escrito un libro como el suyo. Sólo un genio es capaz de esta hazaña".

"G.K" Chesterton - como a él le gustaba firmar sus escritos- fue uno de los más extraordinarios personajes que han surgido entre los católicos de habla inglesa en este siglo. Y sin lugar a dudas, uno de los menos convencionales. Polemista impetuoso e incansable, ensayista, periodista, poeta, dramaturgo, autor galardonado y propagandista, pasaba del artículo fugas y humorístico, al ensayo grave y erudito. De su pluma salieron miles de artículos y más de noventa libros. Su memoria para retener los datos que leía se torno legendaria. Un amigo relataba que podía absorber los libros "como una aspiradora".

"Soy sobre todo un periodista" escribió en su autobiografía. A este "periodista" se deben otras obras de extraordinaria prosa como "Ortodoxia"; "Heréticos"; "El hombre sempiterno"; "Magia"; "El juicio del doctor Johnson"; "La pequeña historia de Inglaterra"; "El hombre que fue jueves"; la serie de aventuras y de misterios en la que el principal protagonista es un sacerdote católico, el padre Brown; "El Napoleón de Nottin-hill" que se adelanta a las denuncias de Aldous huxley y George Orwell sobre una sociedad dominada por un "superestado". Quizás fue el Papa Pío XI quien mejor lo catalogó; llamándolo "defensor de la fe" el primer inglés es recibir tal título desde los oscuros días de la reforma.

Chesterton no podía vivir sin un constante fluir de ideas en su cabeza. Inconforme y crítico de cuanto veía negativo, sus escritos intentaban dar alternativas y soluciones. El caso de su inspiración para escribir "El Napoleón de Nottin-hill" es característico. Un día se encontraba paseando por las calles de un distingiodo barrio londinense, relatándose mentalmente historietas de asaltos y asedios feudales, a la manera de Walter Scott, y tratarlos de apliarlos vagamente al "desierto de ladrillos y concreto" que lo rodeaban. Su Londres natal se había transformado en una urbe despersonalizada, llena de gente anónima.

Frente a sus ojos se alzaba un centro comercial vivamente iluminado que rompía la monotonía. Una pequeña isla que seguro el imaginario enemigo debía conquistar. Unos juegos de agua cercanos debían ser el blanco de ataque. "Se me ocurrió de repente -recordará Chesterton más tarde- que la captura de esos juegos de agua pudieron significar, en verdad, e golpe militar de inundar el valle, y , con aquellos torrentes y cataratas de aguas imaginarias, invadió mi mente la primera idea de un cuento llamado "El Napoleón de Nottin-hill".

Sus relatos expresan sus ideales, sus posturas políticas. "Nunca he tomado en serio mis libros; pero tomo muy enserio mis opiniones", sentenció en una oportunidad.

G.K. Chesterton fue desde muy joven un hombre público. Su pluma impetuosa, su gusto por la polémica y su incomparable figura -pesaba ciento veinte kilos y medía 1.83 metros de altura- lo convirtieron en uno de los personajes más popular de la Inglaterra.

Un testigo presencial de sus debates con George Bernard Shaw, amigo íntimo pero con quien no estaba de acuerdo en nada, lo describe vivamente: "era un señor gordo y bracicorto, rebosante y fruncido, que juntaba las manos sobre la barriga, retorciéndolas a medida de que iba expresándose, y que, entre labios, burbujeaba algo que si no llegaba perceptiblemente a los demás, le producía a él sobrada hilaridad al emitirlo para no poder siguiera llevar a feliz término las fases".

"Chesterbelloc"

Increíblemente distraído para las cuestiones prácticas, nunca consiguió (ni le importo mucho) vestirse con corrección. Andaba siempre desaliñado. Su esposa Frances Blogg optó por cubrirlo con una capa y un sombrero de ala ancha que, junto a su sable-bastón, su bufanda sobre los hombros y sus anteojitos de montura metálica, se convirtieron en su sello característico.

Fue justamente en una polémica donde conoció a otro personaje católico que sería decisivo en su vida: Hillaire Belloc. Este ya era famoso orador en Oxford. Después de escucharlo polemizar, ambos se retiraron a un pequeño y oscuro café en el Soho donde se inició su amistad. Más tarde publicarían juntos un periódico semanal de denuncias llamado "Eye Watch", el que a juicio de Chsterton revolucionó el periodismo Inglés.

Belloc y Chesterton formaron una pareja de adalides en una serie de causas que iban desde la oposición sincera a las guerras de los Ingleses contra los boers sudafricanos, una diversidad de asuntos de tipo social y, cuando este último se convirtió al catolicismo, la propagación de la fe en un ámbito agnóstico y naturalista. Formaron un conjunto tan compacto en la comunión de las ideas, q
e el mordaz Shaw los bautizó irónicamente "Chesterbelloc".



"Nada convencional"

Este personaje tan poco dado a lo formal nació, en el seno de una familia ultra convencional, el 29 de mayo de 1874. Sus padres pertenecían a la clase media "un poco anticuada", afincada en Kensing-ton donde su padre encabezaba un negocio de bienes raíces.

El niño, vivas, aprendía rápidamente de memoria las mejores páginas de literatura inglesa, al extremo que a la edad de siete u ocho años conocía a Shalkespeare sin entender bien que significaban las palabras. Desde entonces tenía la costumbre de recitar o contarse de memoria cuentos y relatos en los momentos más inesperados.

Su juventud está marcada por un recorrido de los "ismos", sin mayor convicción y casi a la deriva. Se acerca al socialismo, al radicalismo, al liberalismo. Su inconformismo fue proverbial, "odiando lo que a la mayoría de gente le gusta" por convencionalismos vacíos. Muy joven se inició como periodista en el "Daily News", carrera que le dará renombre.

Descreído como la mayoría de los jóvenes de su generación, trata amistad con el clérigo de la "High Church" llamado Conrad Noel. "Había - relata G.K. - ciertamente dos tendencias en lo que se llamaba emancipación de la fe de credos y dogmas del pasado". Este personaje, poeta y aristócrata ex céntrico, se consideraba "socialista cristiano" y participaba en un grupo llamado "Chritian Social Union", y apareció cuando Chesterton "no tenía religión".

Noel despierta en el periodista una preocupación por lo religioso y social que nunca lo abandonará. Desde aquella plataforma anglicana se dirige a los obreros de Nottingham tratando de lo que consideraba el deber cristiano hacia el problema moderno de la pobreza industrial.

Es una etapa de búsqueda para Chesterton. Estas indagaciones lo conducen al deísmo, a las sociedades teosóficas y éticas. Llega a la conclusión de que no existían las religiones nuevas. Solamente "Israel desparramado por los montes como borregos que han perdido a su pastor, y vi un buen número de borregos salir corriendo, balando, vehementemente hacia cualquier vecindad donde creyeran encontrar un pastor".



Camino a la Fe

El proyecto religioso iba tomando forma en Chesterton Empezó a profundizar en la teología cristiana general, que muchos odiaban y pocos estudiaban. Descubre que las teorías negativas y naturalista que estaban de moda en esos días, no encajaban en la experiencia.

Publica en esta época "Heréticos", que reunía algunos estudios sobre escritores contemporáneos suyos como Kipling, Shaw y Wells explicando como cada uno de ellos "pecaba por error último o religioso". Menudearon las polémicas y Chesterton escribió una bien meditada explicación sobre la creencia de que la doctrina cristiana, resumida en el credo de los Apóstoles "podía ser una crítica mejor de la vida que ninguno de los que había criticado yo.

Se llamó "Ortodoxia". En la sociedad moderna, reflexionaba G.K., sumidero de herejías inconsistentes, la única herejía imperdonable era la ortodoxia. "Una defensa seria de la ortodoxia era mucho más sorprendente para el crítico inglés que un ataque serio contra la ortodoxia para un censor ruso".

El paso siguiente no fue sorprendente. En 1922 G.K. Chesterton se convirtió en catolicismo, asociando su nombre a otros grandes conversos ingleses como Graham Greene y Christopher Dawson. Su retorno al seno de la Iglesia comenzó muchos años antes, cuando su entusiasmo batallador lo llevó a combatir una serie de doctrinas que él consideraba repugnantes: el materialismo, la teosofía, los espiritistas, el capitalismo plutócrata, el socialismo, el escepticismo y todo aquello manifestaba la "disgregación espiritual y moral de nuestro mundo".

Como ensayista y pensador fue comprendido que las verdades universales y perdurables que él buscaba se encontraban en el catolicismo. Luego G.K. confesará, un tanto divertido, como se dio a alocadas búsquedas en clubes anarquistas o babilónicas lo que pudo haber encontrado en el catecismo o en la parroquia más próxima.



"Entre el Cardenal Newman y el P. Brown"

En sus ideas y venidas el ingeniero escritor había trabado conocimiento con dos personajes que lo ayudarían en su conversión. El primero el gran Cardenal John Henry Newman, quien lo antecedió en la conversión y le mostró, a través de sus obras, a Santo Tomás. El otro fue un cura de barrio pobre, el Padre John O´Connor, párroco de Bradford. G.K. lo conoció en 1907 cuando visitó el poblado de Keghly.

Al concluir una conferencia, el escritor fue abordado por un joven sacerdote, jovial y comunicativo. La hermosa campiña invitaba a dar un paseo. Mientras caminaban Chesterton le iba narrando sus proyectos para escribir una obra crítica sobre las injusticias que plagaban la sociedad. Mientras tanto el sacerdote lo escuchaba pacientemente.

Al concluir, el Padre O´Connor (este era su nombre) desaprobó varias de sus ideas por considerarlas muy vagas. "Fue para mí -narraría G.K. más tarde- una curiosa aventura la de encontrarme con que aquel célibe amable y tranquilo había sondeado abismos más profundos de los que yo conocía, y había descubierto en el mundo ignominias que yo jamás pueda imaginar".

Al crear un personaje para su serie policíaca, en donde intentaba presentar a un sacerdote para quien cada caso significaba, además de atrapar al malechor, un enfrentamiento con la maldad y la superchería representada por el Maligno. G.K. pensó en O´Connor. Fue así como nació este particular "Padre Brow", el detectivesco sacerdote a quien Chesterton describía como "un hombre inteligentísismo y humilde. Tan sencillo que un tonto lo puede tomar por tonto".

Cuando la gente le preguntaba por qué había ingresado a la Iglesia Católica él respondía: "Para desembarazarme de mis pecados. Pues no existe ningún otro sistema religioso que haga, realmente desaparecer los pecados de las personas". El perdón fascinaba a este corazón generoso. "Que yo sepa solamente tengo una virtud", explicó en cierta oportunidad: "Yo podría realmente perdonar hasta setenta veces siete".

Promotor social

En el año 1909 un grupo de sacerdotes fundó en Inglaterra la "Catholic Social Guild" con el fin de despertar entre los católicos un mayor interés por las cuestiones sociales, llamándolos a cooperar en la promoción de reformas a partir de los principios católicos. La CSG no planteaba planes ni programas detallados.

Cada católico debía promover el conocimiento de los principios generales y luego aplicarlos a situaciones concretas. G.K. Chesterton y su amigo Hillaire Belloc participaron activamente del movimiento, promoviendo una idea que llamaron "Distributismo", la que se oponía al Socialismo y al capitalismo por igual, y propugnaba una amplia distribución de la gran propiedad en favor de la pequeña, y la disminución de la concentración capitalista.

El ideal de esta posición, promovida por Chesterton desde su propio periódico llamado "G.K. Weekli", era una invitación al retorno a una vida artesanal más sencilla, alejada de la extrema industrialización, donde el hombre viviría en mayor armonía con la naturaleza. En el fondo todo partía de una preocupación de G.K. por la persona concreta, por los pobres y desvalidos. Un critico diría de él: "Chesterton comprendía a su prójimo".

La partida

Aquel 14 de junio de 1936 amaneció triste y sombrío en la casita de los Chesterton en Beaconfield. G.K. había partido para siempre. Inglaterra perdió a una de sus mejores plumas y con ella, algo de su ingenio y buen humor. Uno de los mejores epílogos de la vida de G.K. resulta ser una frase de un latinoamericano poco formal como Chesterton, que tubo la oportunidad de conocerlo personalmente, el Padre Leonado Castellani: "Pregonero gritón de la gloria de Dios y de la Santa Madre Iglesia Romana, Chesterton abandona la gloria terrena a su contemporáneo y gemelo espiritual Bernard Shaw, y prefiere tranquilamente servir con sus enormes facultades a la plebe de Cristo que no antes que al imperio o al arte que pagan".

LO QUE PROPIAMENTE DEBIERA HABERME APARTADO...

POR GILBERT KEITH CHESTERTON (INGLATERRA)





Beasconsfield; sobresaliente como periodista, poeta, político, filósofo, orador y autor de importantes obras. En 1922 se convirtió al Catolicismo, siendo desde entonces celoso defensor de la fe católica y de la ortodoxia cristiana. Ya en 1908 había publicado su "Orthodoxy", apología en prosa de la fe católica y, en 1910, la novela simbólica "The Ball and the Cross" (La esfera y la cruz). Chesterton es enemigo tan acérrimo del capitalismo como del socialismo. A causa de sus destacados méritos, el Papa Pío XI lo elevó, en mayo de 1934, al cumplir los sesenta años, a la dignidad de noble de la iglesia, confiriéndole la Orden de San Gregorio. Poco después de su conversión, fundó el movimiento distributista, secundado por su amigo el escritor Hilario Relloc. Para fomentarlo, creó el semanario "G. K's Weekly", colaborando en él una selección de jóvenes intelectuales católicos. Fue eterno contrincante de Bernard Shaw, cuya amistad, sin embargo, cultivaba en privado. En 1909 escribió una de las mejores biografías sobre él. Escribió también la del poeta Browning - una de sus obras maestras - y las de Chaucer, Stevenson, Coblelt, San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino. Dos meses antes de morir había terminado la suya propia. Sus libros de poemas son numerosísimos. Sus dos novelas más famosas, "El hombre que fue Jueves" y "El padre Brown" están traducidas al castellano, como también' "La esfera y la cruz". Igualmente se han traducido su "Ortodoxia" y algunos poemas, entre ellos "Lepanto". Viajó por Italia, Irlanda y América, escribiendo sobre las impresiones recibidos en cada uno de estos países. Consagró toda su vida a la literatura, dedicándose a ella por completo desde los veinte años. Antes había estudiado dibujo. Por parte de su madre, tenía sangre francesa. Se casó a los veinticinco años, sin tener descendencia. Murió en 1936.





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AUNQUE hace sólo unos años que soy católico, entiendo que la pregunta: "¿por qué soy católico?", es completamente diversa de esta otra: "¿por qué me hice católico?". Siempre hay más razones, que sólo se manifiestan una vez que el primer motivo ha impulsado a la ejecución. Tan numerosas son y tan diversas,
ue, en definitiva, el motivo original puede quedar oscurecido por ellas y reducido a un plano secundario. Lo mismo en el sentido real que en el ritual, puede la "confirmación", (es decir robustecimiento, fortalecimiento), seguir a la conversión. Los argumentos para este caso particular son incontables, hasta el punto de que el convertido no puede asegurar mas tarde en qué orden aparecieron. Pero la mayoría se reducen fácilmente a uno solo. Hay agnósticos aficionados al arte que, frecuentemente examinan, como cosa de mucha importancia, cuál es lo antiguo de una catedral y cuál lo que ha sido renovado, mientras que el católico observa, sobre todo, si ha sido renovado de tal suerte que pueda seguir utilizándose como catedral. A una catedral se asemeja todo el edificio de mi fe -demasiado grande para una descripción minuciosa; más aún: hasta me cuesta trabajo determinar la edad de los diferentes sillares-. Pero creo poder asegurar que lo primero en atraerme al catolicismo fue, en realidad, lo que debía haberme apartado de él. Más de un católico debe, a mi juicio, sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto Sr. Kensit (1).

Recuerdo especialmente dos casos en que las inculpaciones de dos autores serios hicieron que me pareciera deseable precisamente lo condenado.

En el primero, mencionaban, según creo, Horton y Hooking, con temblor y estremecimiento, una espantosa blasfemia que habían encontrado en un místico católico hablando de la Santísima Virgen: "Todas las demás criaturas lo deben todo a Dios, pero a ella Dios mismo tiene que estarle agradecido". Yo, por el contrario, me estremecí como si oyera un trompetazo y dije casi en alta voz: "¡ Qué magnífico es esto!". Me pareció como si el milagro de la encarnación, entendiendo bien al místico, apenas pudiera expresarse mejor ni más claramente.

En el segundo caso, uno del "Daily News" (yo mismo era también entonces uno del "Daily News"), hacía notar, como típico ejemplo del vacío formulismo en el servicio divino católico, el hecho de que un obispo francés hubiera dicho a unos soldados y trabajadores, los cuales sólo muertos de fatiga podían acudir temprano a la iglesia, que Dios se contentaba con su presencia corporal y les perdonaría su cansancio y sus distracciones. Y entonces volví a decirme: "¡ Qué buen sentido tienen estas gentes! Si uno caminara cien leguas para darme una prueba de afecto, se lo estimaría ciertamente mucho, aunque luego se durmiera en mi presencia."

Así podría enumerar aún otros ejemplos de esta primera época, en que los primeros movimientos de mi fe católica, débiles todavía, fueron alimentados, prácticamente, sólo por escritos anticatólicos. Sobre lo que siguió a estos primeros movimientos no tengo la menor duda. Es una deuda que yo he reconocido tanto más cuanto mayores han sido mis deseos de saldarla. Ya antes de haber conocido a las dos eminentes personalidades a quienes tanto debo en este sentido: Rev. John O'Connor, de Bradford, y Mr. Hilario Belloc, había comenzado a avanzar en esta dirección, y esto bajo el influjo de mi habitual liberalismo político, incluso dentro del reducto del "Daily News".

Este primer impulso lo debo, después de Dios, a la historia y a la actitud del pueblo irlandés. Sin embargo, no hay en mí una gota de sangre irlandesa; sólo dos veces estuve en Irlanda y no tengo intereses en aquel país ni estoy influenciado por su ideología. Pero comprendí muy pronto que la cuestión irlandesa mantenía compacto el sistema de partidos únicamente porque en el fondo era una realidad religiosa; y por ser ésta un hecho, me concentré totalmente en esta parte de la política liberal. Allí vi, cada vez más claramente -aleccionado por la historia y por mi propia experiencia-, cómo, por motivos inexplicables, un pueblo cristiano había sido perseguido durante largo tiempo y sigue siendo odiado todavía; hasta que, de pronto, comprendí que tenía que ser sencillamente porque éstos eran cristianos tan decididos y molestos como aquellos que en otros tiempos eran arrojados a los leones bajo el dominio de Nerón.

De esta mi explicación personal se pueden deducir fácilmente los motivos de que yo sea católico, los cuales desde entonces se hicieron cada vez más poderosos. Podría describir ahora cómo fui conociendo, cada día mejor, que todos los grandes imperios que se separaron de Roma consiguieron precisamente lo mismo que consiguen siempre todos los hombres que desprecian las leyes y la naturaleza: fáciles éxitos del momento; pero, en seguida, una sensación como de haber caído en una trampa, de estar en una mala situación, de la que no pueden librarse por sí mismos. En Prusia no hay posibilidad alguna para un prusianismo, como tampoco en Manchester para un individualismo manchesteriano.

Todos saben que el viejo país labriego, cuyas raíces se hunden aún en la fe de sus mayores, tiene a la vista un futuro amplio o, por lo menos, uno más sencillo e inmediato. Semejante método autobiográfico sería más fácil en sí, pero, al mismo tiempo, egoísta en sumo grado. Y, no obstante, me causa reparo elegir el otro método para exponer brevemente, pero de una manera completa, el contenido esencial de mi persuasión: no por falta de materia, sino a causa de la dificultad de elegir la más apropiada. Sin embargo, intentemos señalar aquí uno o dos puntos que me impresionaron especialmente.

Hay por el mundo mil especies de misticismo capaces de volver loco a un hombre; pero sólo hay una que lo pone en estado normal. Bien seguro es que la Humanidad no puede resistir largo tiempo sin mística. Hasta los primitivos y agudos sonidos de la helada voz de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. En la época actual vuelven a extenderse entre nosotros la superstición y la credulidad con tan tremenda rapidez, que pronto estarán muy próximos el católico y el agnóstico. El católico será el único que tendrá derecho a llamarse racionalista. La misma danza de misterios se desató hacia el fin de la Roma pagana, a pesar de todos los "intermezzos" escépticos de un Lucrecio o de un Lucano.

El ser materialista no es natural ni produce tampoco una impresión natural. No es natural contentarse con la naturaleza. El hombre es místico. Nacido como místico, muere también, casi siempre, como místico, especialmente si es agnóstico. Pero, mientras que todas las sociedades humanas, más tarde o más temprano, sienten esta inclinación por las cosas extraordinarias, se ha de confesar que sólo una de esas sociedades tiene en cuenta las cosas de la vida corriente. Todas las demás dejan a un lado lo cotidiano y lo desprecian.

Un célebre escritor compuso en cierta ocasión una novela sobre la antinomia The Cloister and the Hearth (Claustro y hogar). Porque, en aquel tiempo, hace cincuenta años, podía creerse efectivamente en Inglaterra que había en esto antinomia. Pero hoy en día ha llegado a ser manifiesto que esta pretendida antinomia es casi una afinidad. Los que antes pedían a voz en grito la supresión de los conventos, pisotean hoy públicamente la familia. Este no es más que uno de los numerosos hechos que atestiguan esta verdad: que sólo en la religión católica los más altos y (si se quiere) más absurdos votos y profesiones son, sin embargo, en la vida corriente los amigos y protectores de las cosas buenas.

Muchos signos místicos han conmovido al mundo; sólo uno ha perdurado en él; el santo está junto al hombre corriente; el peregrino muestra amor a la familia; el monje defiende el matrimonio. Entre nosotros, lo mejor no es enemigo de lo bueno. Entre nosotros, lo mejor es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra revelación visionaria degenera al fin en una u otra filosofía indigna del hombre, en simplificaciones perturbadoras, en pesimismo, en optimismo, en fatalismo, en nada, absolutamente en nada, en nonsens, en el absurdo.

Todas las religiones tienen algo de bueno en sí; pero lo bueno, la cosa misma, la humildad y amor y gratitud ardientes para con Dios, existentes de un modo efectivo, no se encuentran en ellas. Cuanto más profundamente las conocemos, cuanta más reverencia, incluso, sentimos ante ellas, con tanta más claridad vemos lo que digo. En lo más íntimo de ellas hay algo que no es el puro bien; existe allí, por el contrario, la duda metafísica acerca de la materia o la potente voz de la naturaleza o, en el mejor caso, temor ante la ley y ante el Señor.

Si estas cosas se exageran, surge una deformidad que llega hasta la adoración del demonio. Tales religiones sólo pueden soportarse mientras son pasivas. Mientras permanecen tranquilas, se las puede respetar, como al protestantismo victoriano. Pero el más ardiente entusiasmo por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís serán siempre, en su esencia más profunda, cosas meritorias y sanas; jamás negará nadie por ello su humanidad ni despreciará a su prójimo; lo que es bueno no podrá ser nunca demasiado bueno. Esta es una de las características que me parecen únicas y universales al mismo tiempo.

Sólo la Iglesia católica puede librar al hombre de la aniquiladora y denigrante esclavitud de ser un hijo de su tiempo. Bernard Shaw manifestaba recientemente el íntimo anhelo de que cada hombre viviera trescientos años en una época mejor. Esto caracteriza la manera y el modo en que los fabianos, según su expresión, sólo quieren reformas verdaderamente prácticas y objetivas. Esto es, por lo demás, muy fácil, pues yo estoy firmemente convencido de que si Bernard Shaw hubiera vivido los trescientos años últimos, hace tiempo que se hubiera convertido al catolicismo. Hubiera comprendido cómo el mundo se mueve en un círculo y lo poco que se puede fiar en su pretendido progreso. Hubiera visto después cómo la Iglesia ha sido sacrificada a una superstición bíblica y la Biblia a la superstición darwinista-anarquista, y hubiera sido el primero en luchar contra esto. Sea de ello lo que fuere, él desearía para cada hombre una experiencia de trescientos años. En oposición a todos los demás hombres, tiene el católico una experiencia de diecinueve siglos. Un hombre que se hace católico, alcanza súbitamente la edad de dos mil años. Expresado aún con mas exactitud, quiere decir: sólo entonces es cuando se desarrolla y llega a la plenitud de su humanidad. Juzga las cosas tal como mueven a la humanidad en las diversas naciones y épocas, no por las últimas noticias de los periódicos.

Ahora bien, si un hombre moderno dice que su religión es el espiritismo o el socialismo, demuestra que vive en el más reciente mundo de los partidos. El socialismo es una reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riqueza en nuestra propia nación. Completamente diversa sería una política, si se desarrollara en otra parte, por ejemplo, en Esparta o en el Tibet. El espiritismo no causaría tanta sensación, si no fuera una ardiente protesta contra el materialismo, por doquiera extendido. Nunca la verdadera o falsa creencia en los espíritus ha traído al mundo tan excitado como ahora. El espiritismo sería impotente, si lo suprasensible fuera universalmente reconocido. Después que toda una generación ha afirmado dogmática y definitivamente que no puede haber espíritus, se ha dejado asustar por un miserable espiritillo. Tales cosas son inventos de su época, puede decirse en su disculpa. La Iglesia católica ha demostrado hace mucho tiempo que ella no es un invento de su época. Es la obra de su Creador y, siendo ya vieja, se conserva tan vigorosa como en su primera juventud; y hasta sus enemigos, en lo más profundo de su alma, han renunciado a la esperanza de verla morir un día.

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1) El Sr. Kensit, pequeño librero de la City, conocido como fanático protestante, organizó en 1898 una banda que entraba sistemáticamente en las iglesias ritualistas y perturbaba el servicio divino. Murió en 1902 de heridas recibidas en una de estas irrupciones. La opinión pública se volvió pronto en contra del Sr. Kensit. Con el nombre de "Prensa Kensitita" se designan las peores hojas sectarias que atacan al catolicismo en Inglaterra, las cuales están desprovistas de todo sano juicio y de toda buena voluntad.

(Tomado de LAMPING, Severin, Hombres que vuelven a la Iglesia, E.P.E.S.A., Madrid, 1949).