Vivo en el país báltico a casi mil kilómetros de mi lugar de origen, pero todos los años en el verano voy a visitarla, para ver a padres y hermanos.
El año pasado tuve la dicha de hospedar en mi casa algunas personas de Eslovaquia, y también a Olga K.
Visitaron nuestra iglesia parroquial del siglo xvii, que milagrosamente ha sobrevivido a los tiempos del comunismo. En los libros constaba que esta iglesia había sido destruida en la revolución de 1917. Un final parecido les tocó a todas las iglesias de la ciudad igual que a las del país vecino, Ucrania.
Quiero responder a la pregunta de Olga y exponer algunos recuerdos de mi infancia y de los bancos de la escuela.
Soy la segunda de ocho hijos y provengo de una familia cristiana. Hoy mis padres están rodeados de trece nietos. Mi escuela fue del 1959 al 1968. Eran los años de los cambios políticos de Krusciov y era posible respirar un poco, tras la represión de Stalin.
En la escuela media no pertenecía a ninguna organización juvenil comunista y tampoco en los años de estudios superiores. Esto resultaba un poco extraño en la Unión soviética. Pertenecer a una organización resultaba casi un deber, y más si se quería acceder a estudios superiores. Con creyentes de Lituania eran tratados con mayor consideración, por lo que, siguiendo los consejos de un sacerdote de Lituania que trabajaba en Ucrania, inicié los estudios de medicina precisamente en Kovno. Me extrañaba que nadie me preguntase y que no me obligaran a entrar en la organización comunista juvenil (komsomol).
Nunca hice manifestación de mi fe, pero nunca dejé de acudir a la misa dominical. Al final del primer año de estudios, en un encuentro que tenía por finalidad revisar el trabajo del año, sin previo aviso intervino un estudiante que provenía de Ucrania. Mostró su desprecio hacia dos estudiantes que no pertenecían al komsomol. Y añadió que no era posible estudiar si no se era miembro de esta organización. E increpó a los miembros de la asociación, porque se manifestaban indiferentes antes tal hecho.
Ante tal sorpresa, al visitar a los familiares de Ucrania, pensé que éste seria el primero y último año como estudiante. Para no preocupar a mis padres, no les comenté nada sobre lo sucedido. La Providencia tuvo cuidado de mi. Pude terminar mis estudios, sin participar en las estructuras comunistas de educación.
Quiero decir que, si excluimos a mis hermanos, todos los estudiantes eran miembros de las organizaciones. Esto hacía que nuestros padres fueran convocados a veces para escuchar que actuando así cerrábamos las puertas a los hijos y que no podrían acceder a los estudios superiores a pesar de sus capacidades. Había profesores que afirmaban que era posible tener a Dios en el corazón, al ser esto algo privado, pero que había que apuntarse en las organización comunista y que así hacían todos los alumnos.
Al ser aplicada en la escuela, no podían llamarme la atención, aunque no faltasen las ironías; algunos compañeros no entendían cómo me podían tratar así.
En la escuela no estaban permitidos los signos religiosos; la medalla había que esconderla bajo el vestido. Una vez fui a la escuela con la medalla y la cadena al cuello. El profesor de química, al darse cuenta, me sacó a la pizarra y me hizo algunas preguntas sobre la materia. Como respondí perfectamente, no me pudo hacer ninguna objeción. Llamó a continuación a otras que no supo responder. Al ver su anillo en el dedo, hizo la siguiente observación:
"En vez de fijarte en los libros, te fijas en el anillo; si lo llevaras al cuello, quizá podría servirte para tus estudios". La maliciosa referencia a la medalla era evidente.
También el director buscaba toda ocasión para hacerme observaciones al respecto.
La iglesia más cercana la teníamos a 25 kilómetros. El autobús de vuelta estaba lleno hasta los topes, lo que causaba retrasos e impedía prepararse las lecciones del día siguiente. El director, que sabía que iba a la iglesia, aprovechaba la primera clase del lunes para preguntarme. Como era capaz de responder a sus preguntas, me dejaba en paz. Una vez, al preguntar a uno de los compañeros que no supo responder adecuadamente, se dirigió a él preguntándole si no llevaba una cruz sobre el pecho. El muchacho abrió su camisa para mostrar que no lo llevaba.
La iglesia de mi parroquia se cerró y fue convertida en sala de baile y en un cine. Nadie de mi casa iba ni al cine ni al baile. Creo que fue mérito de nuestros padres, que nos educaron no solo de palabra, sino con el testimonio de una fe profunda, con la estima hacia lo sacro y las cosas consagradas.
Quiero citar un episodio. Tenía ocho o nueve años. Jugaba en la escuela con mi hermana y con otros niños. En el juego se necesitaban unas piedrecitas lisas. Uno de los chicos se trajo un trozo de mármol del piso quitado de la iglesia Mi hermana y yo lo cogimos y lo llevamos a casa. Mi madre lo cogió y lo besó con lágrimas y nos explicó que sobre este piso caminaba Jesús mismo. Nos explicó que no podíamos jugar con él y que lo lleváramos al cementerio que es también lugar sagrado. Y una vez que nos llevaron a todos a aquel lugar para ver una película, yo me agarré a los barrotes y no quería entrar. Todos querían empujarme hacia dentro. Al final el maestro dijo que me dejaran en paz.
Hoy, al subir las escaleras del templo, restituido al culto, para participar en la Eucaristía, cuando veo a los niños que corren y están contentos, no puedo olvidar ese momento y el corazón se me llena de agradecimiento al buen Dios por esta gracia maravillosa que me concedió.
Marija- Subgrupo Vilnius PLIRU
De la Revista CRECER, Órgano de la unión de las VDB (Voluntarias Don Bosco) diciembre 2004
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