Por José Manuel de Prada
La próxima beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil (española), ha
levantado ronchas entre los gerifaltes y sicarios del Régimen, que ven en
ella un desafío a la llamada Ley de Memoria Histórica. Y vaya si lo es. Se
trata, sin duda, del más formidable desafío que se pueda concebir. La
beatificación de los mártires nos recuerda, en primer lugar, que la Guerra
Civil no fue esa historieta de buenos y malos que el Régimen pretende
imponer, donde unos ponían la sangre y otros el plomo. La beatificación de
los mártires nos recuerda que la Segunda República, erigida por el Régimen
en espejo de virtudes en el que nuestra democracia debe contemplarse,
estimuló y exacerbó el odio antirreligioso desde el instante mismo de su
fundación y permitió que, tras el alzamiento militar, la cacería
indiscriminada del católico se convirtiese en el pasatiempo predilecto de
las milicias socialistas, comunistas y anarquistas, a las que los
irresponsables gobernantes republicanos proveyeron de armas para que
pudiesen traducir en cadáveres el odio que previamente les habían inoculado.
Más de siete mil religiosos fueron martirizados en aquellas jornadas de
oprobio; el número de seglares que corrieron idéntica suerte aún no ha sido
fijado, pero su establecimiento -si es que algún día se logra- dejará
chiquitas esas cifras. El Régimen no soporta que tales muertos sean
conmemorados, porque deslucen la memoria distorsionada y sectaria de aquel
conflicto.
Pero la naturaleza del desafío que supone la beatificación de los mártires
es de una naturaleza mucho más honda. La llamada Ley de Memoria Histórica se
funda sobre una argamasa de rencor y apriorismos ideológicos falaces.
Primero se establece que quienes combatieron en el bando republicano fueron
unos luchadores por la democracia y la libertad (cuando lo cierto es que
muchos de ellos combatieron por instaurar las más feroces formas de tiranía
imaginadas por el hombre); después se trata de mantener viva su memoria para
que sirva como acicate del resentimiento, para que ese resentimiento siga
infectando la convivencia de los españoles. La sangre de los mártires se
alza contra este propósito cainita. Pues quienes ahora van a ser
beatificados no fueron asesinados por simpatizar con tal o cual ideología;
tampoco lo fueron por batallar en tal o cual bando. Fueron asesinados, única
y exclusivamente, por profesar la fe católica, por ser testigos de Cristo.
La Iglesia no beatifica a curas trabucaires que se echasen al monte a pegar
tiros; tampoco a católicos que fuesen condenados a muerte por haber
conspirado contra la República. El reconocimiento de la muerte martirial
exige como condición sine qua non que no interfieran motivos de índole
política; mártir significa «testigo», y sólo quienes fueron asesinados por
dar testimonio de su fe merecen tal reconocimiento.
Y aquí radica, precisamente, la naturaleza desafiante de aquellas muertes.
Los mártires que van a ser beatificados podrían haber salvado el pellejo
abjurando de su fe; pero su entereza no tembló en aquel trance: entendieron
que la fe que profesaban bien merecía el sacrificio del don más valioso que
al hombre le es entregado. Y entendieron también que ese sacrificio máximo
sólo sería valioso si imitaba el sacrificio redentor del Gólgota. Aquellos
hombres y mujeres murieron perdonando a quienes los mataban, murieron amando
a quienes los mataban, seguros de que su sangre se convertiría en fermento
fecundo. Aquí radica la belleza de su sacrificio, la escandalosa y
subversiva belleza de su muerte: murieron con la alegría de saberse amados
por Quien iba a acogerlos en su seno, murieron amando a quienes los odiaban,
seguros de que ese amor derramado sobre la tierra no sería baldío, seguros
de que su sangre acabaría propiciando una cosecha fecunda de reconciliación.
Conmemorar a aquellos mártires significa reafirmar su voluntad de amor,
significa exorcizar el odio, significa celebrar la belleza de la vida que
vuelve a florecer generosamente incluso allí donde ayer se sembró la muerte.
Y significa, desde luego, un desafío formidable para quienes se alimentan
con el veneno del rencor, los gerifaltes y sicarios del Régimen.
Publicado por el diario ABC (España)

