De los muchos testimonios de miembros de Miles Jesu que han pasado por el “Seminario de Miles Jesu”, el de Tom Cahill sobresale como testigo no sólo del Amor de Dios, sino también de lo extraordinario de la formación de Miles Jesu. Es por esta razón por lo que hemos seleccionado la historia de Tom para ilustrar la inusual calidad de nuestro Seminario en relación con la formación individualizada. A través de la experiencia de vida de Tom, veremos como nuestro Seminario toma a la persona “donde está” y le da exactamente lo que necesita para ser un buen Sacerdote y, aunque esto es aplicable a todos los seminaristas, Tom Cahill es un caso excepcional. Pero para demostrar esto, tenemos que examinar con detalle su vida. Aquí os presentamos la historia de Tom con sus propias palabras:

“Dios me dio unos padres de una familia irlandesa. Yo era el único chico de los seis hijos. Mi padre un hombre de negocios muy trabajador, de la industria de los vestidos de novia de Beverly Hills, California. Mi padre se hizo millonario con este negocio. De hecho, nuestra familia vivía en la misma calle que la actriz Lucille Ball.”

“Como joven que era, yo tenía dos grandes amores: el béisbol, -por el que recibí el apelativo de “Tommy béisbol”-, y “hacer de monaguillo” (servir en la Santa Misa), de donde me nació el deseo de ser Sacerdote”

“Yo era un típico chico de los años sesenta, pero recibí la vocación del Sacerdocio. Años más tarde mi tía Rita solía decir a la familia lo afortunado que yo era de pertenecer a Miles Jesu y de no haber continuado en el Seminario Diocesano. Ella decía que si yo hubiera sido ordenado en mi diócesis de los Ángeles, me habría deshonrado a mí mismo, a mi familia, y al Sacerdocio Católico. Hasta el día de hoy yo estoy totalmente de acuerdo con ella”

Mientras que en el Seminario Diocesano mi actitud era ésta: ‘Sacerdote, sí, pero a mi manera’. A mí me encanta la naturaleza, las excursiones al aire libre, el surfing, la vida sencilla y austera. Yo despreciaba el sistema, las riquezas, la autoridad, lo artificial, la vida fácil”.

Fui al Seminario Vocacional de la diócesis de los Ángeles y me adapté bien. Éramos 300 chicos con el mismo ideal. Había una hermosa hermandad en Cristo. Me encantaba la amistad, la vida espiritual, y también los deportes.

En mi último año, fui elegido presidente del colectivo de estudiantes, y abogué por una “política de endurecimiento”, que restaurase la disciplina, porque se había producido una disminución de la disciplina el año anterior, y su efecto parecía haber debilitado el espíritu del Seminario”.

“Tras la Secundaria llegó la vida del Seminario Mayor. Mi actitud se había hecho más libre, despreocupada y descuidada. La vida resultaba “emocionante”. Me sentía sobrepasado por la belleza de la naturaleza y me producía un gran placer el senderismo, correr, el surfing y observar la creación de Dios. Luego llegó el encanto de conocer a una chica y salir con ella. Me volví loco por una chica que se llamaba Carmen”.

“Con este conflicto interior, os podéis imaginar por qué no volví al Seminario el tercer año. No podía hacer otra cosa que escapar. Un amigo del Seminario y yo habíamos planeado ir a Europa durante el verano. Un viaje muy oportuno debido a mi dilema. – Yo estaba enamorado y al mismo tiempo quería ser Sacerdote. Me puse en marcha

Me eché a la Carretera durante los próximos 4 años- Londres, Israel, Estambul, Afganistán, Calcuta, Nepal, Tailandia, Indonesia, Australia, México, Canadá, y muchos otros lugares entremedias –haciendo autostop, buscando, y trabajando en chapuzas, y esperando..., buscando una respuesta.” Me puse en marcha para una aventura que se prolongaría durante 4 años. El primer año lo pasé con mi colega. Nos sumergimos en la aventura de viajar, conocer gente, visitar lugares, dormir en parques, desde Israel a Grecia y por toda Europa hasta los países escandinavos. Más tarde decidí ir por mi cuenta hasta la India en autostop para trabajar con la Madre Teresa y las “Misioneras de la Caridad”.

“Después de ir a dedo durante todo el viaje a través de Turquía, Irán, Afganistán, y Pakistán, llegué finalmente a Calcuta, India. Trabajé durante 5 meses con los”Hermanos Misioneros de la Caridad”, cuidando de los pobres. Pero mi visa venció y tuve que marcharme. Desde la India fui por tierra (la mayor parte del viaje) hasta Australia, a través de Tailandia, Malasia y las islas de Indonesia. ¡Qué aventura! –Los hospitalarios nativos, las junglas, los frutos y la cultura!-. ¡Pero qué derroche! Estaba empezando a perder mi Fe”.

“Habiéndome dejado absorber por el entorno asiático, me impactó mucho al llegar a Australia por su cultura occidental. Me uní a unos “hippies “ y caí en su estilo de vida y sus ideas, es decir, la “vida natural”, el “uso de drogas” y la “búsqueda de la verdad”

“Tras un largo periodo en el extranjero, volví a mi casa y me di cuenta de lo desorientado que estaba. Después de pasar un poco de tiempo con mi familia, volví a ponerme en marcha confiando en una especie de “Divina Providencia”, y la magia de viajar volvió a hechizarme – acampando en los bosques de California, Oregón, y recogiendo manzanas en Washington, atravesando el país, viviendo en Montreal, trabajando en un complejo playero de vacaciones, en Florida. ¡Qué vida!

“Luego, en Florida empezó a volver el orden. Me di cuenta de que mi búsqueda era una ilusión y de que me encontraba perdido. Estaba desesperado y supliqué a Jesús que me ayudara. Al día siguiente recibí una llamada de un amigo con el que había trabajado en Calcuta con los “Misioneros de la Caridad”. La madre de este amigo había muerto ese día (fiesta de San José) y estaba terriblemente afligido. Así que hice autostop hasta Schenectady, Nueva York, para ver qué podía hacer para ayudarle, considerando esto como una respuesta lo suficientemente clara a mi oración. Llegué al día siguiente del Domingo de Ramos y asistí a todos los oficios de la Semana Santa con la familia. De no haber sido por esto, con toda seguridad, yo me habría perdido los Oficios de la Semana Santa. No pudiendo animar a mi amigo, descubrí que la única consolación era el asistir a la Santa Misa. Hablamos mucho sobre la Iglesia, Jesús, María y los santos, y al hacerlo fui recuperando la Fe gradualmente”.

“Con este grato estímulo volví a California donde aprendí unas cuantas más de buenas lecciones. Una noche salí con unos amigos, entre los que se encontraba mi primo favorito y su novia. Después de tomar algo y divertirnos, todos nos dirigimos a la playa. Había luna llena, era una noche cálida, y se oía el rumor de las olas rompiendo en la orilla. Para entonces mi primo y los demás estaban dormidos, y sólo quedábamos despiertos la novia de mi primo y yo. Bueno, no me lo pensé mucho para mostrarle un poco de afecto a la chica. Pero cuando mi primo se despertó y nos vio juntos, me di cuenta de lo errado que yo estaba. Fue una terrible traición hacia un muy buen amigo. ¡Qué doloroso fue el viaje de regreso de la playa hacia mi casa! Esto me decidió a hacer una profunda y sincera confesión, algo que no había hecho en muchos años”.

“Con un pie en el mundo y otro en la religión, me fui después a Berkeley, California, donde me volví todavía más mundano, aunque aún tenía inclinaciones religiosas. Debía establecerme en algún lugar, por lo que me trasladé a una casa grande con otras personas. Allí ocurría todo lo imaginable. Afortunadamente el trabajo que tenía me mantenía alejado de la mayoría de los líos, pero mi estilo de vida ciertamente seguía siendo incompatible con la religión. Yo estaba intentado asistir diariamente a la Santa Misa, rezar el Rosario, y hacer confesiones frecuentes, pero el contraste era insoportable. Mi vida estaba dividida, así que una vez más buscando la manera de resolver el problema, me volví a poner en marcha, pero esta vez ya como peregrino. Estaba desesperado por encontrar a alguien que pudiera darme alguna buena dirección espiritual. Necesitaba hacer un repaso de toda mi vida. Sentía hambre por un estilo de vida que me ayudara a acercarme a Dios, porque no había nada que me importara más que eso”.

“Convencido de que ahora Dios me estaba guiando, al dejar Berkeley, pasé una semana en un Monasterio Trapense de UTA. Allí pude saborear profundamente aquello para lo que Dios me estaba llamando y esta vez no estaba dispuesto a perderlo. Dios me acompañó durante todo el viaje. Yo oraba continuamente “Señor Jesús ten Misericordia de mí, que soy un pecador”, y rezaba muchos Rosarios. Confiaba en que Nuestra Señora me conduciría a donde ella quería que yo estuviese”.

“En aquel mismo Monasterio conocí a un veterano de Vietnam que tenía una gran devoción a María. Este hombre me animó mucho a confiar en María y en que ella me guiaría. Esto fue muy consolador porque a lo largo de la aventura de mi vida, María me había ayudado de muchas maneras. Ahora empecé a recordar todas las veces que María había estado cerca de mí y me había ayudado durante todos los años de mis viajes. Estos recuerdos me sorprendieron, pero también me dieron muchos ánimos”.

“Recordé entonces, de repente que, en Lourdes, María me había ayudado a ver la gran Fe de la gente; en Asia, después de rezar un Rosario, recuperé 500 dólares que me habían robado de la habitación del hotel; en Guadalupe, México, una vez más la Fe de la gente me hizo llorar. En mi camino hacia Berkeley, un total desconocido y yo acabamos nuestro viaje en tren rezando juntos el Rosario. El Monasterio Trapense en Oregón se llamaba Nuestra Señora de Guadalupe. El Monasterio de UTA tenía el nombre de Nuestra Señora de la Santísima Trinidad. Y había todavía muchos más recuerdos”.

“Al abandonar UTA, más decidido que nunca, viajé a Phoenix y me quedé con otro amigo que había conocido en el Seminario. El padre de este amigo era el representante del “Ejército Azul” y fue él quien me presentó a Miles Jesu. Una vez en la Comunidad, inmediatamente me sentí en casa cuando observé la gran devoción de la Comunidad por María. Desde el primer momento en que entré por la puerta, de algún, modo supe que “Dios me quiere aquí”. La primera cosa que encontré en la puerta principal fue la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe dándome la bienvenida. Cuando me presentaron al Padre General de Miles Jesu y le conté mis aventuras, el Director dijo, ‘¡Perfecto! ¿Y ésta es una parada más en tu ajetreado camino, o estás verdaderamente decidido a seguir a Cristo?’ Al instante supe que este hombre iba al grano y me quedé muy gratamente sorprendido por ello, así que respondí:

‘No, lo digo en serio, quiero servir a Cristo’. Por supuesto que yo no tenía ni idea de lo que esto conllevaba, ni hasta qué grado habría de ser probada la paciencia del Director, y que su caridad se habría de exceder conmigo. Ninguno sabía lo que suponía el hecho de aceptarme. Como un caballo salvaje, yo tendría que romper mis hábitos “hippies” y convertirme en un trabajador nato. Sólo después de esto pudo el Señor utilizarme para cosas mayores. Pero finalmente estaba preparado y deseoso de empezar mi formación. Uno sí y otro también, todos mis caminos (y modos de proceder en la vida), habían acabado en un callejón sin salida”.

“Yo me quedé en Miles Jesu porque parecía bastante claro que Dios me había conducido hasta allí. Era una buena Comunidad Católica con un Director Espiritual muy consagrado. Aprendí mucho acerca de mi Fe y de la situación de la Iglesia. Además crecía cada vez más cerca de Dios viviendo una vida ordenada. Los muchos y muy buenos ejemplos de los otros miembros en la Comunidad representaban una ayuda considerable. Muchos de los otros habían atravesado por experiencias similares en sus vidas, y ahora eran profesionales responsables en el mundo, llevando a Cristo a los demás. Me causaba una gran alegría el estar simplemente enclaustrado con ellos siguiendo a Cristo. Y también estaba claro que este grupo se estaba tomando en serio lo de vivir el Espíritu del Evangelio, es decir: pobreza, castidad y obediencia”.

Después de trabajar duramente en una plantación de naranjos de Phoenix, me enviaron a vivir a la Comunidad de Miles Jesu de Erlanger, Kentucky. Aquí encontré un empleo y trabajé varias años en una ferretería. Y aprendí no solamente a “ser un trabajador digno de confianza”, sino también a “cómo llevar a Cristo a mis compañeros de trabajo”. En una ocasión me quejé al Padre General de que el trabajo era aburrido. El Padre General me dijo: ‘Aférrate a él. Ahora sabes por lo que el hombre normal tiene que pasar para mantener a su familia. No lo olvides nunca’. Ésta fue una lección insustituible que tuve que aprender”.

Después de Kentucky trabajé en la fábrica de Pianos de la marca “Kimble” en la ciudad de Jasper, Indiana, y después de este trabajo fui invitado al Seminario de Miles Jesu en Roma y a una de las mejores Universidades Pontificias. ¡Qué magnífica educación supuso vivir en Roma durante cinco años, -en la Ciudad Eterna-, repleta de historia y cultura, viviendo tan cerca del Santo Padre!. Tuve la oportunidad de escuchar al El Papa en persona y de darle la mano. ¡Qué experiencia tan formativa fue vivir en el corazón de la Iglesia, estudiando con otras personas de todas las partes del mundo”.

En una ocasión, estábamos visitando con mi clase de arqueología, lo que fuera en su día la casa de un ciudadano romano rico, ahora bajo la actual basílica de San Clemente. El profesor, un Sacerdote Dominico de Checoslovaquia, pidió a la clase que se arrodillara para rezar un “Padrenuestro”. Cuando nos levantamos, el profesor nos explicó que éste era uno de los lugares donde los Santos Pedro y Pablo solían Celebrar la Santa Misa. Fue una de las experiencias más memorables que tuve en Roma, porque fue como si diera marcha atrás en el tiempo y recibiera una bendición de Dios a través de ellos”.

“Las clases en la Universidad eran muy exigentes, e incluso todavía más porque las daban en italiano. Yo nunca había estudiado tanto en toda mi vida. A menudo estudiaba en la Capilla, de rodillas, pidiendo la ayuda del Señor. Tuve que volver a aprender a estudiar otra vez desde el principio, empezar de cero. Es increíble que un joven a quien siempre le habían atraído los deportes, los amigos, y la diversión por encima de los estudios, y que incluso era “anti-intelectual”, se graduara por una Universidad Pontificia, con dos Licenciaturas, y una Licenciatura Superior en Teología Sagrada, y todo ello ‘magna cum laude”.

“Aunque yo recibí una excelente educación en la Universidad, las enseñanzas más duraderas y las que ahora me sirven más como Sacerdote, son las que me vienen de Miles Jesu, que vinieron del Padre general durante sus viajes periódicos a Roma. Después de las clases en la Universidad, los Seminaristas de Miles Jesu hablaban sobre distintos temas de Teología con el Padre, y nuestras charlas iban mucho más allá de lo que nosotros estudiábamos en la Universidad. No se podía fanfarronear con el Padre General.”

“Era también el Padre General quien enseñaba a los seminaristas como ‘oír las confesiones’. Representando el papel de un penitente, él nos presentaba los casos más difíciles. El Padre General preparaba a los seminaristas para que fueran generosos en escuchar confesiones, que se mantuvieran firmes en las enseñanzas morales de Cristo, y misericordiosos como Nuestro Señor. Era también el Padre quien instruía a cada seminarista en como decir la Santa Misa con Reverencia y respeto por el Santísimo Sacramento del Altar“

“Después de completar mis estudios, cuando ya estaba preparado para la Ordenación Sacerdotal, los Directores del Seminario de Miles Jesu decidieron que era mejor que esperase, porque todavía me faltaban cosas que aprender. Yo tenía que adquirir antes un gran sentido de la responsabilidad. Se sugirió que trabajase en un banco para que pudiera aprender a ser más práctico y ser más responsable en el trabajo. Esto es un ejemplo de que la formación de Miles Jesu da lo máximo. Acepté el desafío con paz. Fueron mis compañeros de la Universidad quienes se perturbaron. ‘¡Es injusto! Te mereces algo mejor. Tú eres uno de los mejores’. No tenían ni idea de la profundidad y de la calidad de la preparación de los Seminaristas de Miles Jesu. Ellos se Ordenaron, y un año después, y mucho mejor preparado tras haber trabajado en la Entidad Bancaria ‘Horizon Federal Bank’ de Chicago, yo también me Ordené”.

“Hace ya 13 años desde mi Ordenación Sacerdotal en 1988. Desde entonces he ‘servido’ como ‘Director de Retiros’ en los Estados Unidos, como Misionero en la India, Capellán de la Universidad Católica de Puerto Rico, y en la actualidad soy el Párroco de una de las parroquias más prestigiosas de Ponce, Puerto Rico, y el Director de la Academia Santa María que tiene miles de estudiantes”

“Yo le agradezco a Dios por mi profunda formación en Miles Jesu y en el Seminario de Miles Jesu. En los años que pasé en la carretera, estuve buscando desesperadamente poder llenar mi gran vacío interior. Ahora sirviendo a Nuestro Señor y dando mi vida por los demás como Sacerdote, me siento completamente realizado. Mi objetivo es crecer en el ideal que ha sido enseñado repetidamente: ‘sed humildes, sed fervientes, sed celosos por la Salvación de las Almas, y sed lo mejor que podáis para la Gloria de Dios”.

La historia de Tom demuestra la profundidad del Seminario de formación de Miles Jesu. Toda la vida de Tom en Miles Jesu contribuyó a hacer de él un buen Sacerdote, y no sólo sus cinco años y medio de Universidad.



Tomado de www.vocationinfo.com