El siguiente testimonio es la historia de mi propia vocación, que ofrezco como uno de los muchos ejemplos de la formación apostólica de nuestros seminarios.
Dios me bendijo abundantemente con unos padres muy buenos y 11 hermanos y hermanas. Para poder pagar los recibos, y que no faltara el alimento en la mesa, mi padre se levantaba temprano todos los días y realizaba una larga jornada de trabajo en un almacén de fontanería. Fue de él de quien recibí el sentido de la responsabilidad y el trabajo duro, pero como él no era católico, fue de mi madre de quien recibí el precioso regalo de la Fe Católica. Siendo como era una católica convencida y bien informada, mi madre no escatimaba esfuerzos para educar a una familia auténticamente católica. Ella estaba pendiente de que ninguno de sus 12 hijos, nunca faltaran a la Misa Dominical. Todas las tardes nos reunía a todos, incluyendo los amigos visitantes, para rezar el Rosario. Incluso llevaba a toda la familia a que se confesara una vez al mes. Mi madre se aseguraba de que aprendiéramos el catecismo de la Iglesia. A principios de los setenta, cuando la escuela católica a la que asistíamos empezó a enseñar ideas extrañas, contrarias a las enseñanzas oficiales de la Iglesia, mamá nos sacó de allí y nos envió a una escuela pública. Cuando le preguntaron que por qué lo había hecho, respondió: “Mis hijos saldrán ganando si escuchen hablar mal de la Iglesia a gente que no pertenece a la Iglesia, que si lo escuchan de personas que son supuestamente quienes deben enseñarles sobre Ella”. Después de esto ella misma organizó nuestras propias clases de catecismo en casa. Estoy seguro de que fue por estas cosas, y especialmente por las oraciones de mi madre, por lo que Dios plantó la semilla de mi vocación.
La fuerte formación religiosa de mi infancia dirigió mi vida en una buena dirección, inclinando mis intereses en cosas de provecho. Hice casi todas las cosas que hacen los niños americanos normales durante su crecimiento: Liga infantil de béisbol, clases de violín, Boy Scouts, repartidor matutino de periódicos, Futuros Granjeros de América, Club de chicos, Fútbol de la escuela secundaria y Liga de fútbol. De todas estas cosas, lo que más me gustaba eran los deportes, y yo era bastante bueno en ellos, por lo que me pasé la mayor parte de mi juventud en los campos de béisbol y de fútbol.
Durante estos años yo practicaba mi Fe más por hábito que por cualquier otra cosa. Supongo que, como el resto de los miembros de la familia, sabiendo que eso era lo correcto, y no mucho más, me subía en el vagón del tren y terminaba en Misa. La Fe para mí era fundamental para conocer las cosas de Dios por medio del Catecismo, y obedecer sus leyes. Yo todavía no había madurado hasta el punto de poder tener una relación amorosa. Pero esto cambiaría en mi año escolar en la escuela secundaria “El Cajón Valley”. Durante aquel año descubrí a Dios de una forma personal, y empecé a practicar mi Fe por convicción propia. Esta profundización en mi Fe se produjo cuando ya Dios había preparado mi alma durante largo tiempo para poderle recibir. Leyendo libros espirituales, experimenté un despertar espiritual gradual en mi vida. Mientras buscaba cosas para leer, al menos igual de interesantes que las biografías de Brooks Robinson y Pele, me tropecé con las vidas de los santos. Leyendo la vida de personajes como Juan Bosco, Walter Ciszek y Maximiliano Kolbe, me preguntaba si yo podía ser como ellos.
Durante los primeros años de la escuela secundaria, además de leer las vidas de algunos santos, algunas otras cosas ayudaron a nutrir la semilla de mi vocación. Un amigo de la familia se fue al Seminario. Su ejemplo me sugirió la posibilidad real de entregarle mi vida a Dios de manera similar. Pero poco después escuché que este joven había abandonado el Seminario un poco desilusionado y más débil en su Fe. Había sido víctima de algunas enseñanzas malas. Estas cosas acabaron afectándome tanto que chocaban en mí como ecos que resonaban, cuando pensaba en servir a Dios.
También sucedió que algunas lesiones deportivas y un accidente de bicicleta me hicieron reconsiderar mi ideal de vida de ser el mejor en fútbol. Las lesiones me animaron a seguir leyendo mucho más y a reflexionar sobre lo que quería hacer con mi vida. Entonces leí la historia de Nuestra Señora de Fátima, que me hirió en lo más profundo. A partir de entonces, el desafío de Nuestra Señora estaba siempre ante mí. “¿Queréis ofreceros por la conversión de los pecadores?”. Yo no tenía ninguna duda de que Nuestra Señora no estaba invitando solamente a Lucía, Jacinta y Francisco a salvar almas, sino ¡también a mí!. Yo respondí “sí”, y ofrecí mi vida para la salvación de las almas. Pero esto no era suficiente para mí. Anhelando hacer más, empecé a pedirle a Dios que “me llamara para hacer algo grande por la salvación de las almas”.
Hacia el final de mi segundo año, mis lecturas espirituales habían florecido en oración. Empezó cuando me paré a pensar sobre lo que acababa de leer, y terminó con frases susurradas a Dios entre párrafos. “Dios mío, “yo quiero ser como estos hombres heroicos. Tómame y utilízame como utilizaste a estos grandes santos”. el escenario ahora estaba preparado para escuchar la llamada de Dios. Aquel verano, antes de empezar mi tercera año de la escuela secundaria, asistí a un retiro de 30 días en Los Ángeles, que fue el momento decisivo de mi vida. El corazón del retiro fue la Adoración Perpetua de la Eucaristía. Cada noche, a las 2 o las 3 de la madrugada, yo visitaba a Nuestro Señor en la Capilla. Estas visitas solitarias fueron momentos previos, porque a través de ellas me sentí abrumado debido a la concienciación de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, y su amor personal por mí. Después de haber descubierto el amor de Jesús, mi corazón se desbordó y me prometí a mí mismo entregarle totalmente mi vida. Cuando volví a casa era otra persona.
Durante los dos años siguientes, sentí como si mi vida hubiera entrado en una pauta concreta. Casi no podía esperar para abandonarlo todo y aventurarme para conquistar el mundo para Cristo, pero era consciente, con gran dolor de mi corazón, de que primero debería terminar la escuela secundaria. Quedarme en casa y terminar la escuela secundaria suponía un gran ejercicio de paciencia, así que hice lo mejor que podía hacer en mi situación. Desde ese momento en adelante me prepararía para ser Sacerdote o misionero o algo similar.
Mi hambre de Dios hizo que perdiera el interés por los deportes, que habían sido la pasión de mi vida. Entonces me preparé para hacerme un programa espiritual propio, y que tenía la misma intensidad que la dedicación que había tenido por los deportes. Me levantaba temprano todos los días para hacer mis oraciones de la mañana y luego, ya a pie o en bicicleta, hacía un par de millas para asistir a la Misa, rezando el Rosario por el camino. Al terminar la Misa tenía otras dos millas hasta la escuela. Después de la escuela, iba a otra Iglesia donde nunca me perdía mi Hora Santa delante de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento del Altar. Tenía tanto interés en hacer mi Hora Santa, que incluso cuando la Iglesia estaba cerrada, yo me quedaba de pie en la puerta de la Iglesia para hacer una hora de oración.
Fue durante estos años cuando conocí a algunos miembros de Miles Jesu en uno de sus típicos viajes apostólicos. Al principio no pensé seriamente e unirme a ellos, pero a medida que pasaba el tiempo y ellos se mantenían en contacto conmigo, me di cuenta de que Dios me estaba llamando para que me uniera a ellos. Ellos eran los únicos ejemplos que yo conocía de hombres con espiritualidad profunda, -y que de hecho vivían lo que para mi era sólo un sueño-, de una vida totalmente dedicada a Dios.
Finalmente el esperadísimo día llegó, y terminé la secundaria en la escuela “El Cajón Valley High School” en junio de 1979. Sólo dos semanas después estaba de camino hacia Virginia para unirme a Miles Jesu. Yo sabía que Dios me estaba llamando, y no quería perder ni un minuto en responderle. En aquel momento, aunque vine a Miles Jesu con la esperanza de estudiar para el Sacerdocio, yo simplemente sabía que Dios me quería en Miles Jesu. Mi actitud era la de que yo haría lo que entendía que era la Voluntad de Dios, y haría un acto de Fe en relación a todo lo demás. Confiaba en que si Dios quería que yo fuese Sacerdote, Él Mismo se encargaría de llevarlo a cabo. En aquel tiempo no había más de una docena de miembros de Miles Jesu, y sólo un Sacerdote
La comunidad de Miles Jesu me impresionó por ser un grupo de hombres seriamente dedicados a la Santidad. Enseguida vi que todos ellos eran sinceros y estaban decididos a servir a Dios sin importarles el precio. En la presencia de estos miembros de Miles Jesu me sentí como un chiquillo entre gigantes de la vida espiritual, y desde el primer momento en que entré, supe que estaba en casa, y que Dios quería que yo formara parte de esta familia. Poco sabía yo de que este grupo de hombres valerosos pronto se extendería por todo el mundo y de que Dios me había llamado para formar parte de esa misión.
Durante mi primer año y medio de vida comunitaria en las bellísimas montañas “Blue Ridge” de las crestas azules de Virginia, Dios vio que era bueno poner a prueba mi paciencia otra vez. Pasé aquel tiempo en realizar todo tipo de trabajos domésticos. Había horas interminables de talar, cortar y almacenar leña. Y por si esto fuera poco limpiaba la casa, daba de comer a los pollos, pintaba, levantaba muros de cartón piedra (“Pladur”), reparaba vallas, cocinaba, ponía las coladas, ayudé a perforar algunos pozos, y recogía melocotones, para colaborar en traer algún dinero extra a la comunidad. Haciendo estas cosas aprendí a apreciar el valor de hacer sencillamente cualquier cosa que fuera la Voluntad de Dios. Entonces recibí mi primera misión. De 1980 a 1982 trabajé en la Iglesia Católica “Santa María” en Irlanda, Indiana.
Otro miembro de Miles Jesu y yo fuimos designados para trabajar a tiempo completo en la parroquia. Estábamos hasta el cuello de trabajo, y a mí me encantaba. Yo daba clases de religión a niños de 4º y 12º grado, dirigía la música de la parroquia, inicié y ayudé a formar el grupo de jóvenes de la parroquia, entrenaba a los monaguillos, y visitaba a los feligreses de la parroquia. Además, como vivíamos en la casa del párroco de la Iglesia, también hacíamos muchas cosas que tenían que ver con el día a día de la parroquia. Imprimíamos el boletín dominical, limpiábamos la Iglesia, trabajábamos en la oficina, cuidábamos de la Sacristía, y más. Hacia el final de mi trabajo en la Iglesia de “Santa María”, el Director General de Miles Jesu me llamó para visit
r Gallup, Nue
o Méjico, y me preguntó si quería empezar un programa nacional de retiros para jóvenes. No tuvo que hablar mucho, porque yo me entusiasmé inmediatamente con la idea. Durante aproximadamente los tres años siguientes, hasta 1985, me sumergí de lleno en este trabajo con pasión. El trabajo conllevaba largos viajes por toda América, para hablar a miles de jóvenes. Durante estos años dirigimos alrededor de 35 retiros en 18 estados.
Al principio del trabajo, éramos un equipo de 4 miembros de Miles Jesu, todos de veintipocos años. Cogimos una vieja furgoneta y pronto nos pusimos en camino hacia cualquier lugar entre Long Island, (Nueva York), y Hollywood, (California). La organización para cada retiro era sencilla, aunque requería mucho trabajo y esfuerzo. Generalmente, después de días y noches de carretera, llegábamos a la Parroquia y no perdíamos ni un minuto. El plan era ir a buscar a la gente, durante una semana, promoviendo el retiro y visitando jóvenes. Hacia el fin de semana, entre 20 y 40 jóvenes se presentaban con sus sacos de dormir para asistir al retiro. Muchos de ellos venían simplemente por curiosidad. Era entonces, después de una semana de reclutamiento intensivo, cuando empezaba el verdadero trabajo. Teníamos 72 horas para convencer a una habitación llena de adolescentes escépticos, ¡para que le entregaran su vida totalmente a Dios!
Cada retiro tenía un triple objetivo. Primero presentábamos a los jóvenes a Jesús, verdaderamente presente en El Santísimo Sacramento del Altar, y dulcemente les invitábamos a que tuvieran una conversación personal con Jesús. Utilizábamos sugerentes testimonios para ayudarles a hacerlo, explicando además lo que era la Adoración, y teniendo Adoración Perpetua durante todo el fin de semana. En segundo lugar, dábamos una enseñanza minuciosa sobre el Sacramento de la confesión, y persuadíamos a los jóvenes para que hicieran una confesión de todos los pecados de su vida pasada. Un aspecto importante de la enseñanza era una profunda instrucción moral, completada con preguntas y respuestas, aclarando lo que es pecado y lo que no lo es. Y en tercer lugar, estimulábamos seriamente a los jóvenes para que hicieran cambios en su vida, y para que a partir de entonces rezaran y recibieran los sacramentos con regularidad.
Con estas tres metas claras en mente, nos lanzábamos a cada retiro, y usábamos todas las herramientas que teníamos a nuestra disposición para alcanzar estos objetivos. Para persuadir a los jóvenes, nos hacíamos amigos suyos, y utilizábamos la música, el humor, los deportes y conversaciones profundas. No escatimábamos ningún esfuerzo para tocar los corazones de estos jóvenes. Por ejemplo, cada noche, después de que todos los participantes del retiro se habían acostado, nosotros nos quedábamos hasta las 2 o las 3 de la madrugada, hablando de cada participante, uno por uno, para buscar la mejor manera de ayudar a cada persona.
Al finalizar el trabajo de los Retiros, hacia 1985, me involucré en promover Miles Jesu entre adultos por toda América. Otro miembro de Miles Jesu y yo viajamos por el país organizando grupos y enseñando a la gente sobre la espiritualidad y el apostolado de los laicos. Por aquel entonces estuve cerca de 9 meses en España haciendo este mismo trabajo.
A continuación me pidieron que sirviera 2 años como secretario privado del Padre General de Miles Jesu, y fui nombrado por un periodo de 6 años, como Asesor General del Gobierno General de Miles Jesu. Durante estos años se me abrió todo un mundo completamente nuevo. Tuve la oportunidad de viajar por Europa y Asia, y conocí a muchos prelados de la Iglesia Católica, incluyendo el Santo Padre. Aprendí mucho sobre la vocación y la misión de Miles Jesu. Estos años me dieron una gran experiencia apostólica en prudencia, diplomacia, y aprendí a pensar globalmente. Desde finales de 1988 hasta el fin de 1991, me pidieron que ayudara a promover vocaciones, y a dar formación en la Casa de Miles Jesu de Chicago, Illinois. En aquel momento el Padre Tom Cahill y yo trabajábamos en equipo, animando a chicos jóvenes para que se unieran a Miles Jesu, poniendo anuncios en periódicos y dando retiros a las personas interesadas. Más tarde, cuando vimos que los viajes de retiros estaban dando fruto, e inspirando a chicos jóvenes a seguir su vocación, desarrollamos lo que llamamos la “semana de orientación”.
La “semana de orientación” era esencialmente una explicación del estilo de vida de Miles Jesu, de una semana de duración. Estaba basado en la presuposición de que el estilo de vida de Miles Jesu es tan atractivo que, si era bien explicada y se experimentaba, con toda seguridad inspiraría a chicos jóvenes a unirse. A la vez que una explicación profunda de Miles Jesu, añadíamos una instrucción sobre la confesión, meditaciones de San Ignacio, una noche de debate sobre el discernimiento de la vocación, adoración perpetua y conversaciones privadas con los participantes. Durante aproximadamente 10 días la atmósfera de Miles Jesu era recreada por un puñado de hombres jóvenes que pedían información sobre su vocación. Gracias a Dios este trabajo dio su fruto. A día de hoy, Miles Jesu tiene en sus filas una gran cantidad de apóstoles laicos gracias a este trabajo.
En diciembre de 1991, me encargaron trabajar en Ucrania donde me quedé hasta finales de 1994. Aquí ayudé a desarrollar el Instituto y sus apostolados, en calidad de “Director Regional de Miles Jesu para la Europa del Este”. Parte de este trabajo conllevaba la adquisición y rehabilitación de propiedades, reclutamiento de vocaciones, desarrollar grupos de jóvenes, recogida de fondos y dar formación.
Uno de los muchos apostolados que desarrollamos en la Europa del Este, fue un ministerio de música, que acabó por alcanzar a millones de oyentes. Sin saber que nuestro trabajo tendría tal impacto, simplemente empezamos por traducir y escribir unas cuantas canciones religiosas, -escritos y canciones que podrían habernos llevado a los campos de concentración de Siberia en la antigua Unión Soviética-. A medida que continuábamos componiendo y tocando música en nuestras reuniones de grupos de jóvenes, nos dimos cuenta de que la juventud se inspiraba con la música, y de que los jóvenes sentían verdadera necesidad de ella. Muy pronto, Igor Shevchuk, Vitaly Daniluk, Steve Ryan y yo estábamos muy ocupados poniendo música a las muchas creencias de nuestra Fe Católica. Entonces nos echamos a la carretera con nuestra música.
Nuestro primer concierto lo dimos oficialmente en el pueblo de Bortniky en 1993. Desde entonces hemos dado conciertos por todo el oeste de Ucrania, hemos estado en la radio y en la televisión, y hemos tocado en salas llenas, y una vez, en una casi vacía. Dimos conciertos en estadios abiertos y en “cajas de cerillas” (cuchitriles, lugares realmente pequeños), de día y de noche, pero siempre tratando de interpretarlos por amor a Dios, a la Iglesia y a la gente joven. Dábamos conciertos de 1 hora, 2 horas, e incluso de 5 horas, amenizados con piezas teatrales cómicas o sátiras, y testimonios. Incluso produjimos 2 casetes profesionales que se han vendido en Ucrania, Polonia y Estados Unidos.
El objetivo de cada concierto era el de ayudar a la juventud a descubrir la vida de oración. Nos dimos cuenta de que la “música sugerente” y los “testimonios fuertes” entre canciones, era un modo perfecto para lograr este objetivo. Al final de cada concierto, habíamos conducido a cada oyente del concierto, a través de una íntima conversación con Dios, y habíamos utilizado la música para persuadir a la juventud de que hablara con Dios y volviera a Él.
Estos conciertos llegaban a lo más profundo de la gente joven. Después de un concierto en Ternopyl, una señorita vino hacia nosotros con una preciosa sonrisa en el rostro. Nos contó cómo sus padres habían echado de casa a su hermano porque era retrasado mental. Ella también se marchó para cuidar de él. “algunas mañanas son muy negras”, dijo, “pero lo primero que hago cuando me levanto es escuchar vuestras canciones y la música me cambia por completo el estado de ánimo, especialmente: ‘Somos una Familia en Cristo Jesús’. Yo lo canto durante todo el día”. Otro chico joven vino desde el Este de Ucrania después de oír una de nuestras canciones en la radio. Este joven estaba a punto de suicidarse a causa de la opresión que experimentaba en su familia. Después de oír nuestra canción “Alégrate, Regocíjate” (acerca de la vuelta del hijo pródigo a su padre), el chico sintió la necesidad de aventurarse hasta “L’viv” y se unió a nosotros para dar conciertos.
En la ciudad de “Novi Yavorisk” teníamos una multitud de 3000 personas entre los que también había personas mayores. Después del concierto, un hombre mayor vino con lágrimas en los ojos. “Gracias, gracias a todos vosotros. Doy gracias a Dios por cada uno de vosotros. Yo estuve 13 años en Siberia y nunca pensé que viviría para ver este día, un día en que los americanos estarían juntos, con nuestros ucranianos, cantando y hablando de la Iglesia y de la Santísima Virgen María... Gracias, gracias otra vez”.
A principios de 1995, cuando estábamos en Chicago, el Director General de Miles Jesu me preguntó si estaba interesado en estudiar y prepararme para el Sacerdocio. Como yo había estado interesado en el Sacerdocio Durante muchos años, le dije que sí. Aunque yo ya tenía interés en ser Sacerdote, no quería actuar hasta que no estuviera claro que Dios lo quería. Yo sabía que mi vocación consistía en una vida de total disponibilidad para la Iglesia Católica, en Miles Jesu. Veía el Sacerdocio como una posibilidad más entre muchas otras dentro de mi vocación en Miles Jesu. De hecho, durante este mismo viaje a Chicago, fue cuando me preguntaron sobre el Sacerdocio. El hecho de que mis superiores me preguntasen si quería prepararme para el Sacerdocio, era un signo de que Dios que me estaba llamando a este servicio en la Iglesia.
Cuando mis superiores me plantearon el Sacerdocio, yo percibí que Dios estaba en el centro de sus iniciativas. Entendí que todos los acontecimientos de mi vida tenían que haber sucedido antes de embarcarme en la vía del Sacerdocio y que ahora Dios me pedía que lo amara todavía más, dando este paso en mi vida. Entré en el Seminario de Miles Jesu con Joe Knoll en febrero de 1995. Ambos fuimos Ordenados Sacerdote Católicos en la Fiesta de la Asunción, el día 15 de Agosto de 2001. Al compartir mi testimonio “resalté” algunos detalles de mi formación y lo hice para retratar el entrenamiento apostólico típico de todos los miembros de Miles Jesu. En consecuencia, todos los seminaristas de Miles Jesu, cuando entran para prepararse al Sacerdocio, están ya forjados como apóstoles laicos.
Tomado de vocationinfo.com

