Jacques Fesh, francés, había sido condenado a muerte por un grave delito que había cometido. Un día de octubre de 1954, se encontraba en la cárcel y estaba especialmente triste. Sentía que su vida estaba vacía. Él dice: En ese momento, como pidiendo ayuda, grité desesperado: ¡Mon Dieu, mon Dieu! (Dios mío, Dios mío). Y, al instante, como si Dios estuviera presente a mi lado, esperándome, una paz inmensa me subió hasta la garganta… La alegría me invadió y sentí una gran paz. En pocos instantes, todo se hizo claro y sentí una alegría sensible y fortísima. Fue una conversión instantánea. Dios le había contestado con su inmenso amor, cuando más hundido y desesperado se encontraba.
El día de su ejecución en la guillotina (1-10-1957) escribió: Faltan cinco horas. Espero al Amor. Ha sufrido tanto por mí… Dios es amor. Tengo los ojos fijos en el crucifijo y mis miradas no se apartan de las llagas del Salvador. Quiero conservar su imagen en mis ojos hasta el final. Recitaré el rosario y las oraciones de los moribundos y, después, pondré mi alma en las manos del buen Dios. Dentro de cinco horas, veré a Jesús . Clarissa Defeo y Rocco y su esposo, que querían compartir su amor con los más necesitados. Tenían una niña y, después, adoptaron un niño y una niña de Korea, de cinco y dos años respectivamente. Un día vieron la foto de otro niño coreano de seis años, que estaba necesitando adopción y lo aceptaron también, a pesar de que tenía una pierna gravemente desviada. Dos años después, adoptaron tres hermanitos de Filipinas de quince, diez y siete años. Por último, consiguieron una nueva niña en Tailandia. Y dice la esposa: Hemos celebrado, mi esposo y yo, treinta y un años de casados. Pero, si hubiera algún niño que estuviera esperando un nuevo hogar y una nueva vida, no le cerraríamos las puertas.
LOS MILAGROS SÍ EXISTEN
La hermana Briege McKenna predica junto al sacerdote Kevin Scallon en misas de curación, a las que asisten miles de creyentes en busca de esperanza. En una de esas misas, celebrada el año pasado en Irlanda, se le acercó un niño de seis años a darle un recado. "Mi mami me ha dicho que si usted le podría pedir a Jesús que me cure, porque tengo cáncer", dijo el niño. Briege, conmovida, le explicó al niño que ella no hacía milagros, pero que Jesús sí, y que en el momento en que el sacerdote mostrara el Santísimo él le podría pedir uno. Dos días después recibió la noticia de que el niño se había curado del cáncer al riñón.
"¿Cómo afirmar que la Iglesia quiere hacernos retroceder hasta las edades oscuras, cuando a la Iglesia debemos el haber podido salir de ellas?". Chesterton.