Conocí a Teodoro en Valladolid de febrero de 1940. Había terminado la Guerra Civil, un drama que marcó con su huella a toda una generación de la juventud española. Baste con decir que de los 68 estudiantes de Derecho que componían en 1936 el curso de Teodoro en la Universidad vallisoletana, sólo 14 quedaban con vida cuando en 1939 volvieron a abrirse las aulas. Él era uno de los supervivientes, pero después de haber llegado hasta las puertas de la muerte, como protagonista de una extraordinaria aventura.
El 18 de julio del 36 sorprendió a Teodoro de vacaciones con su padre y hermana en una hostería de las montanas de Cantabria. A los pocos días, una partida de milicianos se presentó allí a practicar un registro y en el bolsillo de la americana del joven Teodoro apareció un carnet y unas octavillas comprometedoras. «Hemos cazado a un pez gordo!-» -clamaron los milicianos-, anunciándole que iban a fusilarle inmediatamente. «Pero para que se vea que somos unos caballeros, dinos cuál es tu último deseo, que te concederemos lo que nos pidas» «Me gustaría tomar una taza de chocolate», fue la desconcertante respuesta del condenado -según confesó después- de ganar unos instantes para prepararse a bien morir. Pero en aquellos enloquecidos meses de verano de 1936, podían suceder las cosas más insospechadas, y así ocurrió en esta ocasión. Mientras el pelotón de milicianos se llevaba a Teodoro al comedor para preparar la taza de chocolate, uno de los cabecillas quedó en la habitación vigilando a su padre. Pronto, por el acento advirtieron -prisionero y vigilante- que eran los dos asturianos, oriundos de dos valles vecinos, y hasta que tenían amigos comunes. «¿Por qué vais a matar a ese pobre muchacho que habrá podido hacer una chiquillada, pero que de pez gordo no tiene nada?», se atrevió a insinuar el afligido padre. «Déjalo de mi cuenta», respondió el cabecilla; y Teodoro apurando ya la taza de chocolate, advirtió que los milicianos hablaban entre sí y sin más aviso montaban en los coches y desparecían. Sólo entonces se dio cuenta de que por puro milagro había salvado la vida.
Quedaban aún años de Guerra Civil, en los que la modesta carrera militar de Teodoro no pasó del ascenso a cabo. Y llegó por fin la paz y el natural deseo de terminar cuanto antes la carrera y abrirse un camino en la vida. Cuando yo le conocí, Teodoro tenía novia formal y decía sentirse ya harto de aventuras. Se equivocaba de medio a medio, porque sería Dios el que se encargaría ahora de complicarle la vida. Teodoro había conocido al fundador del Opus Dei, y en marzo de 1940 sintió la llamada de Cristo y, lejos de haber escarmentado, respondió inmediatamente que sí con una disponibilidad en la que nunca fallaría. Y continuó sus aventuras -ahora con un resello sobrenatural que les daba nueva dimensión-, desarrollando una brillante carrera universitaria que le llevó al doctorado y a opositar a una cátedra, así como a ser el director del Colegio Mayor Universitario Moncloa, en sus comienzos. Ordenado en 1946, fue prácticamente durante varios años el único sacerdote del Opus Dei en Andalucía. Pero ese paréntesis relativamente «apacible» terminó en 1951, ante el desafío de una nueva aventura. El Beato Josemaría le preguntó si estaría dispuesto a marchar a Colombia para iniciar, él sólo, la labor del Opus Dei. El 13 de octubre de aquel mismo año, Teodoro desembarcaba en el aeropuerto de Bogotá, sin más bagaje que un crucifijo y una imagen de la Virgen que le entregó el Fundador, y 50 dólares por todo patrimonio. El contaba, con gracia y sin darle importancia, multitud de anécdotas -auténticas aventuras- de las que se deducía el esfuerzo y dedicación en servicio de Dios y de los hombres en aquellas tierras americanas. Cuando muchos años después, enfermo y gastado emprendía el regreso a España, el apostolado del Opus Dei en Colombia era una muestra de la eficacia portentosa de aquella fe que mueve las montañas.
En el Levante mediterráneo Teodoro Ruiz recuperó la salud y a sus 65 años aceptó emprender la última aventura terrena: hacerse mallorquín en Mallorca para el resto de su vida. Su imagen de viejo hidalgo castellano, siempre bienhumorado, con su impecable vestidura sacerdotal, se hizo familiar en el paisaje humano de Palma. Su labor aquí fue un servicio humilde y abnegado, en el que pasó miles de horas en el confesionario iluminando conciencias, consolando a afligidos y tristes, perdonando pecados. «¡Señores, no molesto más!», era su frase habitual de despedida, al terminar una reunión o una entrevista. El 28 de julio, don Teodoro escuchó la llamada postrera de Dios, y respondió como siempre, con admirable naturalidad sin molestar a nadie. Esta vez era la invitación a la definitiva aventura de entrar en la casa del Padre y comenzar a gozar de las alegrías de la vida eterna. (José Orlandis).

