El fundador de la comunidad ecuménica
De muy pequeño, Roger fue acogido en casa de su abuela, de confesión evangélica y atormentada por la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Sin renunciar a la fe heredada por los suyos, se refugió en una iglesia católica para rezar. “Sin ella, yo no habría tenido la intuición ni la audacia de asumir en mi vida unos riesgos de este tipo”, escribió el propio religioso años después de aquella primera y terrible vivencia infantil. Ya en 1940, con 25 años, el Hermano Roger se reencontró en Taizé con otra anciana señora, a quien pidió que “se quedase para paliar la soledad y el largo y duro invierno”.

La Segunda Guerra Mundial marcó el período de los primeros años de soledad, oración y ayuda a judíos y refugiados políticos, momento en el que nació lo que el Papa Juan XXIII llamó años más tarde “la pequeña primavera de Taizé”. La comunidad ecuménica ha acogido, durante toda su historia, a grandes referentes de la lucha por la paz, entre ellos el ex presidente checo Vaclav Havel, el ex mandatario surafricano y defensor de la igualdad racial Nelson Mandela, el obispo Desmond Tutu y la Madre Teresa de Calcuta. Actualmente, Taizé sigue atrayendo a jóvenes “como quien pasa junto a un manantial”, como recuerda el propio fundador en una frase que también pronunció, concretamente en 1986, Juan Pablo II.

Mirar al futuro con espíritu de comunión
“La reconciliación” ha sido la otra gran preocupación del Hermano Roger durante su vida. Reconciliación “entre pueblos divididos, entre cristianos separados pero abiertos a la unidad”, comenta el religioso. En este momento, Taizé reúne a una comunidad de un centenar de hermanos originarios de 26 países. Todos son hombres de oración fieles a su estilo monástico y de confesiones distintas, aunque mayoritariamente católicos. También hay evangélicos, luteranos, reformados y anglicanos, todos con el proyecto común de “hacer visible la comunión eclesial a través de la historia”.

En los años 50, Roger empezó a enviar a hermanos de la comunidad a vivir en lugares especialmente castigados por la miseria y la violencia, con el objetivo de estar al lado de las personas que más sufren y de ser testimonios de paz. En estos momentos, como consecuencia de aquella iniciativa, existen pequeñas fraternidades en Brasil, Bangladesh, Senegal y Corea del Sur. Por otro lado, en 1982, se iniciaron lo que se ha llamado siempre las “peregrinaciones de la confianza sobre la Tierra”, que se han consolidado anualmente como un encuentro europeo que cada fin de año reúne a decenas de miles de jóvenes en una ciudad europea. Además, es habitual la organización de semanas de oración en el mismo recinto monástico de Taizé, especialmente en los períodos fuertes del calendario cristiano y también en verano.

Desde hace 25 años, el fundador de la comunidad ecuménica dirige al mundo una carta anual, siempre redactada en segunda persona del singular. Actualmente se traduce a 50 idiomas. Estos escritos, que se hacen públicos siempre después de los encuentros europeos, tienen como objetivo central interpelar a los que se sienten identificados con el mensaje del Evangelio. Siempre ponen el acento en el “perdón” y en la paz que puede construirse a pesar de los males del planeta.

Católico y abierto a la unidad
Un episodio reciente muy comentado es la participación de Roger en la Eucaristía funeral por Juan Pablo II el pasado 8 de abril. Ante las cámaras de televisión, el religioso dio un testimonio público de lo que se consideró su conversión al catolicismo, -negada oficialmente por la Comunidad de Taizé- que no se había hecho pública, seguramente a petición del propio pontífice polaco, para no alterar el ritmo del proceso de diálogo ecuménico que lleva a cabo desde hace años el monasterio francés. El propio Joseph Ratzinger, entonces todavía cardenal, le dio la comunión.

Invitado también al Concilio Vaticano II por Juan XXIII, el Hermano Roger empezó en 1968 a acoger a hermanos católicos en la comunidad de Taizé. Fue el primer signo de trabajo por la reconciliación y la unidad de los cristianos. Ahora, al cumplir los 90 años y a pesar de la polineuritis que sufre, Roger Schutz sigue animando a todos los que creen en Jesucristo a mirar al futuro con esperanza, desde un espíritu de fraternidad que sólo la oración promovida constantemente por este colectivo ya muestra con gran clarid