Ideario
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"No necesitan médicos los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Marcos 2, 13-17 |
Pepitas de Fe
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Si la cólera, la avaricia, la sensualidad de tus sentidos quieren hundir la barca de tu espíritu, que tus ojos vayan a esa estrella: invoca a María! San Bernardo. |
Cristo nos ama Dios nos llama a todos y cada uno; se dirige a nosotros por nuestro nombre, nos mira a la cara y nos sonríe directamente a los ojos. Para Cristo, cada persona es única y nos está esperando. A veces le hacemos aguardar un poco de tiempo, otras quizás varios años, en algunos casos, toda la vida. Pero Él sigue fiel a su llamada esperando que nos acerquemos, que nos decidamos a abrazarle. Si pudiéramos parar el tiempo un solo segundo, veremos que para Dios entre el instante en que se detiene el reloj y en el que arranca de nuevo, puede caber un día, un año, diez siglos o la misma eternidad menos un segundo. Es un misterio maravilloso, y entre esos dos segundos en que Dios puede parar el tiempo, Jesús obra maravillas. A Dios se le encuentra donde le dejemos entrar. No lo busquemos entre el lujo y la diversión, en el palacio del poderoso, en la vida acomodada o en el placer sin freno. Él nació pobre, vivió pobre y murió pobre. Por ello su predilección por las almas pequeñas, por los que sufren, por los perseguidos, por los incomprendidos, por los que carecen de un techo donde cobijarse, una ropa que vertir o un alimento que sustentarle. Dios nos habla a través de los milagros cotidianos, del dolor de cada día, de la vocación; Él se va mostrando a aquel que le busca con corazón honesto.
Reflexiones de un misionero ante la cruz (oración)
Este mes de Noviembre cumplo diecinueve años de sacerdocio y con esta ocasión se me ha ocurrido que quizá sea bueno que conozcáis no sólo la misión sino también al misionero.
Noviembre de 2001
Una tarde venía por la carretera que va a Los Llanos con más penas en el alma y más problemas de los que este pobre misionero podía soportar. Encima me había “enchivado” con la camioneta azul y había pasado horas solo, atrapado en un mar de barro, abrasado por el sol del Caribe, nadie me había ayudado... porque no había nadie por ese lodazal de caña y fango que ni siquiera supiese que estaba yo allí. Venía agotado, cansado, y quizá con cierto desánimo, lo confieso. Me pesaba la parroquia, me aplastaba la misión. Me parecía que corría y corría de un lado a otro y no había hecho nada en todos estos años, me sentía bastante fracaso. Venía diciéndome a mi mismo: “¿no querías gastarte por Cristo y dar la vida por Él? Pues toma una misión a la medida de tus ambiciones...” En aquel instante me encontraba a la altura de la entrada del batey de Copeyito y recordé que me habían dicho que había una enferma, entré en el batey y pregunté por Marta.
Marta vivía en una casucha infame del Consorcio Vicini con otros nueve de familia entre hijos, hermanos, su madre... Marta estaba inválida, tendría quizá 34 años, el cuerpo esquelético cubierto de costras sobre un camastro mugriento. Entré con el mismo desánimo con el que venía por la carretera, entré diciendo en mi interior: “no sé ni para qué entro si hoy ya no puedo más, estoy muerto, agotado, si no tengo nada que dar, si me pesa la vida y me duele hasta el pelo de la paliza que llevo en el alma y en el cuerpo”. Marta no me conocía, me acerqué a ella, el olor era espantoso, la habitación única un caos de mugre encostrada. Le di la mano y le ofrecí una mueca por sonrisa, le dije: “Marta, soy el padre”. Marta sí que sonrió de verdad, de sus adentros, y me ofreció una silla a la que le faltaba una pata y me dijo: “padre ¿ha venido a rezar?” Yo, si os digo la verdad no sabía ni para qué había ido. Me pilló por sorpresa, era ella quien le recordaba a su pastor herido de batallas - el “profesional de la oración” - para qué había ido hasta su lecho. Confundido le alcance a mascullar: “sí, sí, claro, para eso he venido, para rezar”.
Instintivamente abrí la mochila y busqué el Breviario. Lo abrí sin pensar, por las Vísperas de esa tarde y sin más preámbulo comencé o rezar el himno. Jamás lo olvidaré mientras viva. Los que rezáis la Liturgia de las Horas lo conocéis:
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Sucedió en el mes de diciembre. La noche había caído sobre París y con ella el frío glacial del invierno. Un anciano, algo encorvado por el peso de los años, vagaba por las calles de París apoyado en su bastón. Bajo el brazo llevaba un violín. Muchas noches eran como ésta, porque así de pobre era su vida. Llegó hasta la plaza de Fontaines y, al ver que en las casas había luz, desenfundó su viejo violín, lo templó en un momento, se lo puso en el hombro y empezó a desgranar algunas notas frías y discordes como el frío invernal. Nadie salía al balcón a escucharle. Nadie se paraba en la calle ni siquiera para ver quién era aquel pobre hombre. ¡Era tan deplorable la melodía que intentaba hacer sonar! Hacía frío y sus dedos no respondían.
El viejo violinista, derrotado, dejó de tocar y pensaba para sí que ya era demasiado viejo para hacer sonar su violín. Se sentó en el suelo. Lloraba. ¿De qué iba a vivir ahora? Moriría en la miseria, sin compañía alguna... y de frío.
Estaba sumergido el pobre viejo en su triste llanto cuando escuchó a lo lejos tres melodiosas voces que se mezclaban juguetonas y armoniosas. Eran tres jóvenes. Venían cantando con los brazos unidos por los hombros. Tan sumidos estaban en su impecable canción que ni siquiera vieron al anciano y tropezaron con él. Uno de ellos cayó al suelo. Se acabó la música. Los jóvenes rieron y pidieron perdón.
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Servicio inactivo provisionalmente.