Estaba enfermo y me visitaste

El padre Cancelado nos contó la historia de Paul. Este muchacho, atrapado por el alcohol y las drogas, se sentaba siempre a la puerta de la Iglesia de San Miguel a pedir para comprar los vicios que le estaban matando. Podemos imaginarnos a un joven delgadísimo, con el perfil de los huesos marcándole brazos y cara, los ojos muertos, la mirada enferma del animal apaleado.
Esperanza, una señora de las de misa diaria, le había estado observando muchas veces al acabar la Eucaristía. Cuando los feligreses abandonaban el templo y la iglesia se sumía en la penumbra de las velas encendidas, Paul se acercaba hasta la primera banca, hacía una pequeña genuflexión y después de obsequiarle al Santísimo con una breve mirada, se quedaba dormido. Esto es lo que veía aquella dama devota durante muchos días, hasta que, acabada una de las misas de siete de la tarde, se atrevió a preguntarle al muchacho:
-¿Por qué siempre vienes a dormir a la iglesia?
Paul miraba a la mujer con gesto de saberse incomprendido.
-Soy incapaz de rezar ni el Padrenuestro porque ya se me ha olvidado, no sé qué es lo que se le habla al Señor que dicen que está dentro de esa cajita –dijo apuntando con su dedo tembloroso de drogata hacia el sagrario-. Por eso yo entro, le miro y le digo: Jesús, soy Paul, vine a verte. Después le miro un ratito y me quedo dormido.
La señora se sintió avergonzada de sus prejuicios. A partir de esa tarde, después de la misa, se acercaba a Paul, charlaba con él brevemente y luego depositaba en sus manos algunas monedas.
Pero un día el joven dejó de aparecer por la iglesia. La anciana, después de mucho indagar por el barrio, supo que Paul estaba enfermo y hospitalizado. Cuando llegó al centro sanitario, sobre una cama de la Uvi, se topó con el muchacho, enchufado a aparatos que emitían un pitido chirriante y monótono, acribillado de cables que banderilleaban sus brazos y sus costados, con dos venas neumáticas que salían de las ventanas de su nariz y una mascarilla de oxígeno que le ataba a la vida artificialmente. Un rostro azulado e hinchado como el de un cadáver arrancado a las aguas del océano tras varios días ahogado, era la sentencia de muerte para Paul.
-Nada podemos hacer ya por él –sancionó el médico que le atendía ante las lágrimas de la señora-. ¿Es usted su madre? ¿Le une algún parentesco?
-No, sólo que sé llama Paul y pide en la iglesia.
-No hemos encontrado a nadie que se haga cargo de su cuerpo para enterrarle.
-¿Enterrarle? –preguntó aterrada la mujer.
El médico la cogió por las muñecas y la miró fijamente.
-Tenga por seguro que de esta noche no pasa.
Doña Esperanza, conmovida, prometió volver al día siguiente:
-Yo me hago cargo de su entierro.
Al otro día, Esperanza encontró a Paul con vida. Estaba sentado sobre la cama, sonriente, sin ataduras a cables ni a máquinas, con una sonrisa de adolescente bellísimo y un rostro transfigurado luminosamente. Estaba hermosísimo.
-¡Estoy curado!
-Pero, ¿qué fue lo que pasó? A esta hora tu cadáver ya debía de estar dando olor.
Mientras aceptaba el abrazo de aquella mujer que se lo comía a besos como si fuese su madre, Paul le contó:
-Esta mañana, sentí un dolor que creí morirme. Abrí los ojos y, junto a la puerta, apareció un hombre, alto, majestuoso, vestido con una túnica blanca que me pareció un doctor.
-Paul, soy Jesús, vine a verte.
Después se sentó en la silla de las visitas, y al poco se quedó dormido. Una hora después, se marchó, y sentí como un fuego ardiente recorriendo mi cuerpo: estaba curado.