Sufro de esclerosis múltiple desde hace 18 años. Al principio, no sabía el significado de mi enfermedad y sólo al leerlo en el diccionario me derrumbé. Nada más me daban un año de vida, y llevo de regalo ya 18. Quien peor lo pasó fue mi marido, pero gracias a su ayuda y a la de mis padres puedo llevarlo mejor. Psicológicamente estaba destrozada. Hoy puedo contarlo con serenidad gracias al encuentro que tuve hace años con Jesucristo.
Estoy en una silla de ruedas. Me tienen que ayudar en las cosas más cotidianas. Sigo viviendo y soy feliz en mi inquietud; aunque sea telefónicamente, puedo ayudar y ayudo a otras personas. Con mis amigas me río y disfruto y no pienso en mi enfermedad. Todo lo que me rodea es amor. Siempre digo que creer en Jesucristo no me ha curado físicamente, me ha curado el alma. Sigo rezando y le pido que siga ayudándome a llevar la cruz como Él la llevó. A todos los enfermos que lean mi testimonio sólo puedo decirles: «No desesperéis; poneos en sus manos...»

Manuela Alvarez Garbatea

Tomado de www.alfayomega.es