Esto no es ninguna novedad. Con frecuencia confesamos muchos. Pero esta vez la cosa salió de lo normal.
Estaba misionando en un pueblo. Allí vivía un caballero que había perdido el habla. El último día de la misión un hijo suyo me suplicó fuera a confesar al enfermo, que llevaba tres meses mudo y estaba gravísimo por efectos de una embolia.
Fui a la casa que se me indicó. Entré en la habitación donde estaba el enfermo. Salió el hijo, y quedé solo con el mudo.
-Esté usted tranquilo –le dije. Entré en la habitación donde estaba el enfermo. Salió el hijo, y quedó solo en el mudo.
-Esté usted tranquilo –le dije- que yo le iré haciendo las preguntas y usted me irá respondiendo, con signos de cabeza, “que sí” o “que no”. El hijo me había adelantado el clima religioso en que se había desenvuelvo la vida del padre.
Entonces el caballero rompió a hablar. Y, con voz clara y distintas, se confesó.
¡Yo no salía de mi asombro! Como no pude disimular esto, y lo expresaba en mi semblante, él me dijo con emoción:
-Padre, usted va a comprender inmediatamente por qué hablo en estos momentos… Desde los diez años yo tomé la costumbre de rezar, por la mañana y por la tarde, las tres Avemarías que a todos nos aconsejaron unos Padres Misioneros. Desde los catorce años perdí toda práctica religiosa, menos las tres Avemarías. Jamás, ni un solo día, las he omitido, pidiendo a la Virgen María la gracia de no morir sin hacer una buena confesión. Porque, como ha oído, necesitaba confesarme bien desde mi primera comunión, que fue a los ocho años.
Terminada la confesión quedó otra vez mudo. A las doce de la noche había muerto con el alma lavada por la penitencia.

Padre Larrauri, Misionero Redentorista