Yo le vi en la prisión, ya condenado a muerte. Estaba nervioso como una pantera. La ficha de la prisión decía que había intervenido en otros dos asesinatos. Había sido encarcelado por lo menos seis veces. Se había escapado de la prisión dos veces. El hecho de que estuviera medio borracho cuando la perpetración de sus crímenes no le valió para conmutar la sentencia de muerte.

Y temía a la muerte. Estaba nervioso en su celda, como un animal atrapado que busca algún agujero por donde escaparse.

Yo le vi muchas veces. Hablamos de la bondad de Dios y de su misericordia. Del hijo pródigo y del Buen Ladrón, de todo, ya que tuvimos tiempo durante todo el año que le visité. Y lo comprendió todo. Y lo asimiló bien.

“Es lo mejor que me podía pasar, Padre, que me condenaran a muerte, porque si yo saliera de aquí sería otra vez un criminal. He andado demasiado por este camino y soy como un borracho que por más esfuerzos que hiciera y promesas que dirá, caería otra vez en la borrachera al hallar la ocasión. Y, me dijo, he olvidado hasta el Padrenuestro; fíjese cuánto habré rezado. Pero no he dejado nunca de decir el Acordaos. Óigalo, Padre, y me lo recitó con lágrimas en los ojos: “Yo amé siempre a la Virgen”, me dijo.

Se confesó y comulgó con gran piedad varias veces. Y el día en que lo ejecutaron me dijo: “Padre, cuando oiga doblar la campana, es que ahorcan. Habré caído en la trampa y estaré colgado como fruto maduro”. No había acabado de decirlo cuando los soldados le vinieron a buscar. Le ataron los brazos a la espalda y lo sacaron de la celda. Entonces, en alta voz, sin temblores, aunque había estado temblando antes, se oyó la santa plegaria: “Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro socorro, haya sido abandonado por Vos…”. Al medio minuto sonó la campana.

Sus ojos fueron a dar luz a dos ciegos, a quieres los cedió generosamente. El ya no los necesitaba. Ya veía a Dios y a la Virgen con los ojos del alma, con la luz perpetua.

¿Puede la Virgen no escuchar la plegaria de sus hijos aunque éstos estén en lo más hondo del barro? Dios sabe de qué barro nos ha hecho. Lo que tenemos que hacer es invocarla en todo momento.
“Acordaos, oh piadosísima Virgen María…. Acordaos”, y yo he palpado que la Virgen se acuerda.

Acuérdate también de mi cuando llegue mi hora.