"Lo conocí en Lourdes, lugar donde, de verdad, se conocen muchas almas buenas". Así me contaba de viva voz un seminarista que suele pasar sus veranos trabajando en la Cité Saint-Pierre que Caritas France tiene erigida en Lourdes. Se trata de una institución que acoge a peregrinos que no pueden sufragarse una pensión en un hotel. Este seminarista, como muchas otras personas -más de ochenta cada tres semanas- ejerce esta obra de caridad de modo gratuito. A cambio de sus buenas obras, la organización le costea la estancia en aquel lugar situado a un cuarto de hora de la gruta.
Este muchacho presta sus servicios en el restaurante de peregrinos. Acabado su servicio a las 20:15, tiene el tiempo justo para asearse un poco y bajar presuroso al santuario para asistir a la procesión de las antorchas o del Santo Rosario. Baja por el camino, cuando, cercano a la entrada de San José, junto a una pizzería le saluda una pareja que le pregunta en inglés dónde puede alojarse esta noche. Son pobres y no tienen dinero, pero han venido a ver a la Virgen para pedirle la curación de un familiar suyo. "¡Vaya, contrariedad! Hoy que llegaba puntual al Rosario... La Virgen querrá que en lugar de rezar el Rosario haga una obra de caridad".
Y así el seminarista le pregunta a aquel matrimonio si ha cenado. Al responder ellos que no, les invita a tomar un bocado en la pizzería, mientras encuentra una solución. Se les acerca el camarero que es italiano y, haciéndose cargo de la situación, pregunta al muchacho:
-¿Tenéis algún problema?
-Verás, este matrimonio está buscando un lugar donde alojarse esta noche. Son pobres y no pueden pagarse la estancia en un hotel. Han venido para pedirle una gracia a la Santísima Virgen.
-Eso no es problema en Lourdes.
-¿Tienes alguna solución?
-Claro, esta noche vendrán a mi casa.
-Pero, ¡si no los conoces de nada!.
-¿Qué más da? Son hijos de la Virgen y por lo tanto, hermanos míos. A unos hermanos yo nos los puedo dejar en la calle. No te preocupes de nada más: yo me ocuparé de ellos y, por supuesto, no tienes que pagar nada. Están invitados a cenar.
-¿Pero...?
-No hay peros que valgan. Se lo prometí a la Virgen y tengo que cumplir mi promesa.
Perplejo, aquel muchacho explica el ofrecimiento al matrimonio inglés que lo acoge con agrado y da las gracias al buen seminarista. El joven se acercó a la Gruta donde se apareció Nuestra Señora a santa Bernadette. Allí se puso de rodillas y rezó el Rosario él sólo dando gracias a la Virgen Santísima por suscitar entre sus devotos almas tan generosas.
¿Quién era aquel ángel que se había cruzado en su camino aquella noche? Se llamaba Nino Mariño. Italiano de origen, llevaba en su ciudad natal una mala vida. Asqueado de todo, andaba por las calles de borrachera en borrachera, incluso había ya empezado a jugar con las drogas. Un día, a la entrada de un supermercado vio el anuncio de un viaje a Lourdes. No sabía qué era eso de Lourdes, pero estaba en Francia y ese país no lo conocía. Se apuntó por cambiar de aires y lo que cambió fue su corazón. Creía que iba a un viaje de relax y se encontró con un viaje espiritual. Todo el camino rezando y cantando a la Virgen. Nino se mostraba indiferente a todo esto, pero le llamaba la atención el rostro feliz de aquellas gentes que le acompañaban en aquel viaje extraño para él. Especialmente, el cariño que todos mostraban con los enfermos.
Al llegar a Lourdes se desgajó del grupo y fue a su aire. Buscó bares y cines. Todo le parecía aburrido. Pero una noche, motivado por su curiosidad, se paseó por la explanada del santuario. Toda la gente se dirigía en un silencio sepulcral hacia un mismo lugar. ¿Qué pasará allí? Nino también fue hacia ese lugar. Pasó por debajo de unos arcos de piedra grandísimos y pudo ver un río que mansamente discurría junto a una gruta iluminada. En lo alto de la gruta vio que en la concavidad de la roca descansaba una imagen preciosa de la Virgen. A sus pies, una inscripción decía que era la Inmaculada. Y la imagen le habló. No con palabras, sino directamente al corazón. Aquella noche, Nino no se movió de la gruta. Confesó sus pecados, comulgó y determinó cambiar radicalmente de vida. Su nuevo domicilio iba a ser, desde ese momento, Lourdes, para vivir siempre junto a su Madre.
Desde entonces Nino se dedica a ayudar a las gentes que se ponen en su camino, como a ese matrimonio inglés. Tiene un negocio de pizzas, que le sirve para ganarse la vida y hacer obras de caridad, y una casa donde alojar peregrinos pobres. Les da cama, techo y comida, y siempre que puede les habla del Corazón de Dios, de su mansedumbre, de su humildad. Y, cómo no, de su santísima Madre.