Habían pasado solamente cuatro meses desde que, en Sierra Leona, Nancy, toda vestida de blanco, con su carita negra, recogida y seria, estaba delante de la pila bautismal, esperando, junto a otros, recibir la nueva vida, la de los verdaderos hijos de Dios.
Al terminar la ceremonia, con la vela encendida en la mano, que le iluminaba la cara, Nancy estaba como transfigurada, parecía viviese en otro mundo, todo luz y alegría. Desde su vestido blanco a los ojos limpios y sonrientes, todo parecía bello y nuevo en ella; lo mismo que en todos sus amiguitos.
Me parecía que desde lo alto, Alguien, con alegría, miraría estas pequeñas flores en el día de su apertura al misterio de la Gracia.
Pasado el día del bautismo, Nancy venía puntual a la misa, acompañada por un grupo de sus pequeñas amigas. Cuando me veía, me sonreía feliz y agradecida por la alegría de ser hija de Dios, ella que era hija de musulmanes.
Poco tiempo después empecé a notar su ausencia en la Iglesia. Tampoco sus amiguitas sabían dónde estaba.
Un domingo, por la mañana, un hombre vino a verme. Estaba agitado y con fatigaa le salían las palabras.
-¿Qué pasa, Abu?- le pregunté
-Nancy, aquella niña mía que tú has bautizado hace unos meses y que te quería tanto... ha muerto exactamente esta mañana. Fue una enfermedad misteriosa, llamada la fiebre de Lassa, y nadie pudo hacer nada.
En seguida mi mente me llevó al gran día de la ceremonia del bautismo. Alguien, con mano gentil y amorosa, había escogido esta bonita flor para conservarla intacta.
Cuando Nancy, a la mañana siguiente, volvió a la iglesia, todos sus compañeros de clase estaban allí, esperándola, y con sus llantos y gritos de dolor llenaron la aldea de una idecible conmoción.
Después de la ceremonia fúnebre, Nancy no fue lleva -como de costumbre- lejos, al bosque, donde crecen las hierbas malas y las plantas salvajes y donde los pájaros nocturnos son lúgubres guardianes, sino que la pusimos allí cerca, en el jardín de la misión, enterrada entre las flores.
Casi por instinto, todos los quinientos escolares que habían participado llorando, en su entierro, se arrodillaron alrededor de la tumba para darle el último adiós. Formaban como una maravillosa guirnalda de cabecitas negras. Nancy estaba en el centro de ella, como la flor más bonita.

P. Alfi