Miami, diciembre del 2001
Queridos hermanos en Cristo Jesús:
Hace unos días me encontré con una historia que me tocó a lo más profundo, y quisiera compartirla con ustedes, pues nos puede muy bien servir como preparación para las próximas fiestas de la natividad del Señor en este tiempo de "lo que ha de venir" (Adviento).
En 1994 dos americanos respondieron una invitación que les hiciera llegar el Departamento de Educación de Rusia, para enseñar Moral y Ética en las escuelas públicas, basada en principios Bíblicos.
Debían enseñar en un gran orfanato. En el orfanato había casi 100 niños y niñas que habían sido abandonados, y dejados en manos del estado. Se acercaba la época de la Navidad. Les contaron acerca de María y José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas, por lo que debieron ir a un establo, donde finalmente el niño Jesús nació y fue puesto en un pesebre.
A lo largo de la historia, los chicos y los empleados del orfanato no podían contener su asombro. Algunos estaban sentados al borde de la silla tratando de captar cada palabra. Una vez terminada la historia, les dieron a los niños tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre. A cada pequeño se le dio un cuadrito de papel cortado de unas servilletas amarillas que habían llevado consigo. En la ciudad no se podía encontrar un solo pedazo de papel de colores.
Siguiendo las instrucciones, los chicos cortaron y doblaron el papel cuidadosamente colocando las tiras como paja. Unos pequeños cuadritos de franela, cortados de un viejo camisón que una señora americana se olvidó al partir de Rusia, fueron usados para hacerle la manta al bebé. De un fieltro marrón que trajeron de los Estados Unidos, cortaron la figura de un bebé.
Mientras los huérfanos estaban atareados armando sus pesebres, caminaban entre ellos para ver si necesitaban alguna ayuda. Todo fue bien hasta que llegaron donde el pequeño Misha estaba sentado. Parecía tener unos seis años y había terminado su trabajo. Cuando miraron el pesebre quedaron sorprendidos al no ver un solo niño dentro de él, sino dos. Llamaron rápidamente al traductor para que le preguntara por qué había dos bebes en el pesebre. Misha cruzó sus brazos y observando la escena del pesebre comenzó a repetir la historia muy seriamente.
Por ser el relato de un niño que había escuchado la historia de Navidad una sola vez estaba muy bien, hasta que llegó la parte donde María ponía al bebé en el pesebre. Allí Misha empezó a inventar su propio final para la historia, dijo: "Y cuando María dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá y que no tenía un lugar para vivir. Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con Él.
Le dije que no podía, porque no tenía un regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiese darle a El como regalo; se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor. Por eso le pregunté a Jesús: Si te doy calor, ¿ese sería un buen regalo para ti? Y Jesús me dijo: Si me das calor, ese sería el mejor regalo que jamás haya recibido. Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre."
Cuando el pequeño Misha terminó su historia, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas empapando sus mejillas; se tapó la cara, agacho la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo. El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que estaría con él para siempre!
Esta historia verídica me volvió a recordar a los millones de niños y niñas de la calle que viven en nuestros propios países, la mayoría de los cuales no tienen ni siquiera la suerte de vivir en un orfanato sino en basureros, bajo los puentes, en los bancos de los parques, en los cementerios, etc., y los tenemos en nuestras propias narices, sin darnos cuenta.
En este año he tenido la oportunidad de tener en la televisión a dos sacerdotes católicos que trabajan precisamente en el ministerio de los niños de la calle. Nunca antes había tenido la oportunidad de estar tan de cerca con esta realidad. Todo su compartir me impresionó, pero quizá lo que más me impacto fueron unas cartas que los niños de La Paz, Bolivia, bajo el ministerio del Padre José M Neuenhofer le escribieron a la Virgen María cuando fueron a visitarla a su Santuario de Copacabana. Estas cartas, de las cuales reproduciré algunas, hablan del corazón tan hermoso que hay en estos chiquillos, que a veces nos parecen tan distantes. Lean con detenimiento lo siguiente (que he traducido al castellano a pesar de sus muchísimas faltas de ortografía):
Virgen: Soy un pobre niño. No se que decirte. Me va mal, siento angustia. No me gusta vivir, muchas veces tengo miedo, sobre todo en la noche. Tengo miedo a los grandes y a Dios, lloro muchas veces. ¿Porqué no me llevas donde tu? Dicen que en el cielo hay paz y felicidad. Allá quiero vivir. Llevame por favor. Miguel
¡Virgen Santa! Te visito hoy en tu Santuario. Soy un chico pobre y malo. No quiero que llores por mis pecados. Quiero ser bueno, pero me cuesta tanto. Voy peleando y muchas veces robo. Perdóname. Te pido por un par de zapatos. Mis zapatos ya son una porquería. Necesito nuevos zapatos. Virgen Santa. Dime por favor que debo hacer. ¿Qué harías tu en mi lugar? Estando en la calle día y noche ¿tu no inhalarías cemento? Contéstame por favor. Quiero vivir como tu y hacerme amigo de Jesús. Ayudame mucho. Con cariño: Oscar
Virgen María, te saludo. Te veo hoy por primera vez. Me han hablado mucho de ti, hoy te alabo yo. Estoy muy triste. Vivo en la calle y no tengo a nadie. Los grandes me pegan. Los policías son muy malos, me pegan también. Tengo hambre muy a menudo. Vengo a pedirte que me ampares. Voy a mejorarme, te lo prometo. En el futuro no robo más. Te pido que seas mi madre. No tengo mamá ni papá ni amigos. Te quiero. Te pido que haya siempre bastante comida para mi y para todos los niños del mundo. De corazón: Mónica
Estamos en el tiempo de las compras de nuestros regalos navideños, muchas veces sin siquiera pensar en alguien más aparte de nuestros seres queridos y amistades, pero quizá este año podríamos hacer algo diferente para que, como Misha darle "calor" al niño Jesús por medio de uno de esos millones de niños de la calle. ¿Cómo? Quizá comprando un par de zapatos, o una camisa, o un pantalón, un vestido, o aún mejor, invitando a nuestra casa a uno de ellos para que se de un baño y tenga una comida caliente. No tienes que irte ni a Nicaragua ni a Bolivia, en tu propia ciudad o quizá en tu propio vecindario se encuentren esos pequeños Jesús esperando por tu mano de amor.
Claro, yo entiendo que esto no soluciona el problema pero por lo menos sería un gran gesto de amor a Jesús a través de uno de sus "pequeños". Este sería el mejor regalo de Navidad que le podríamos dar a Jesús pues el mismo afirmó: <<Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron>>. (Mt 25: 40)
Tu hermano, en Jesús y María,
Pepe Alonso
