En la Polonia de entreguerras, una joven cátólica entró a trabajar de niñera en casa de una rica familia judía, apellidada Herstein. Había hecho promesa -a petición de la señora de la casa- de no hablar a los niños de religión.

La primera noche cuando estuvo sola, Sofía Berdanska, que así se llamaba la muchacha abrió una cajita que le había dejado su padre, sacó de ella un medallón, dentro del cual encerró un misterioso papelito en el que acababa de escribir unas palabras. Después se puso el medallón el cuello, y desde entonces siempre lo llevó puesto.

Los niños de la casa querían mucho a la nueva institutriz. Se habían dado cuenta del medallón que siempre llevaba, y varias veces le habían pedido que lo abriese para ver lo que contenía. Pero la joven respondía: "Es mi secreto...no permito que nadie lo toque."

Pasaron meses. Poco a poco, la influencia de la joven se dejó sentir en la familia. Los niños se hicieron obedientes, respetuosos y estudiaba bien en clase. La madre, extrañada e inquiera, se preguntaba si no sería debido a una influencia religiosa de la joven institutriz. Preguntó hábilmente a sus hijos, pero se dio cuenta de que éstos no sospechaban que la joven fuera cristiana.

Mas un día, la desagracia llegó a aquella casa. El penúltimo hijo cayó enfermo. Se le hinchó el rostro cubriéndose de manchas rojas, y el pequeño gritaba de dolor. El médico prescribrió que aislaran al niño, porque el mal era contagioso.
La joven Sofía comprendió la angustia de los padres y propuso sencillamente:
- Señora, yo lo cuidaré... déjeme con él. Y Sofía se instaló a la cabecera del enfermito. Otros dos hijos de la casa cayeron enfermos. Sofía cuidó a los tres tan bien que, al cabo de algunos días, estaban fuera de peligro. Pero entonces ella fue atacada del terrible mal. Moría unos días después, víctima de su abnegación.

Dos años después de su fallecimiento toda la familia Herstein era católica. ¿Qué había sucedido? Cuando Sofía murió, los niños, llevados de la curiosidad, abrieron el famoso medallón. En el interior, un papelito doble en ocho rezaba: "Puesto que aquí me prohíben hablar de religión, voy a vivirla ante sus ojos