También los judíos se despiden emocionados y tristes del papa Juan Pablo II. El testimonio del Rabino Marcelo Rittner es elocuente.

“Nuestro común patrimonio espiritual… incluye la veneración a las Sagradas Escrituras, la confesión del Único Dios vivo, el amor al prójimo, y el testimonio profético de la justicia y la paz. Asimismo… oramos para que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Por todo esto, podemos efectivamente trabajar juntos en la promoción de la dignidad de cada persona humana, y por la defensa de los derechos humanos, especialmente la libertad religiosa. También tenemos que estar unidos para combatir todas las formas de discriminación y odio racial, étnico o religioso, incluyendo el antisemitismo”. Palabras del Papa Juan Paulo II en 1990 a representantes de la comunidad judía internacional.

Mi historia favorita sobre el Papa la leí en el libro de Yaffa Eliach: “Cuentos jasídicos sobre la Shoá”. En uno de ellos, “El mérito de un joven sacerdote”, la autora cuenta que en junio de 1942, la matanza de los judíos en el gueto de Cracovia estaba en su apogeo. Alrededor de 5 mil víctimas ya habían sido deportadas al campo de exterminio de Belzec. Centenares más estaban siendo asesinados en el mismo gueto. La familia Hiller se dió cuenta de que sus días en el gueto de Cracovia estaban contados.

Sin embargo, les quedaba un destello de esperanza. Eran trabajadores jóvenes y especializados; si los deportaban a un campo de trabajo, quizá todavía les quedaba la posibilidad de sobrevivir. Pero el destino de su pequeño hijo Shajne era otra cosa. Los niños pequeños se habían vuelto cosa rara en el gueto: el hambre, las enfermedades y las continuas selecciones dejaban su huella. Hellen y Moisés Hiller empezaron a buscar una forma para rescatar a su pequeño Shajne.

Después de considerar varias posibilidades, decidieron contactar a amigos de la familia en la parte aria del pequeño pueblo de Dombrowa, una familia de gentiles sin hijos llamados Yachowitch. Hellen, con la ayuda de la resistencia judía, llegó a Dombrowa. Fue con el matrimonio Yachowitch y les rogó que cuidaran a su hijito. Aunque con ello arriesgarían enormemente sus vidas, los amigos cristianos aceptaron recibir al niño. A pesar de que el peligro en el gueto era cada vez mayor, los jóvenes padres no podían separarse de su único hijo. Sólo después de la gran Aktion del 28 de octubre de 1942, cuando 6 mil judíos más fueron enviados a Balzac, y los pacientes del hospital judío, los residentes de la casa de ancianos y 300 niños del orfanatorio fueron asesinados, la familia Hiller decidió actuar. El 15 de noviembre de 1942, Helen Hiller sacó a escondidas a su pequeño niño del gueto. Además del niño, entregó a sus amigos cristianos dos grandes sobres. Uno contenía objetos de valor de los Hiller; el otro, cartas y un testamento. Una de las cartas estaba dirigida a los señores Yachowitch, a quienes les rogaban que cuidasen del pequeño Shajne. Les pedían que lo criaran como judío y que lo devolvieran a su pueblo en caso de que sus padres murieran. Los Hillers agradecieron a la familia Yachowitch por su acto humanitario. La carta también incluía el nombre y dirección de parientes en Montreal y Washington, D.C. La segunda carta estaba dirigida a Shajne y hablaba sobre cuánto lo amaban sus padres, que este amor es lo que los había obligado a abandonarlo con extraños, con gente buena y noble. Le hablaban de que era judío y cómo esperaban que creciera hasta convertirse en un hombre orgulloso de su legado.

La tercera carta contenía un testamento escrito por la madre de Hellen, la señora Reizel Wurtzel. Estaba dirigida a su cuñada Jenny Berger en Washington. Le escribía sobre las terribles condiciones en el gueto, las deportaciones, la muerte de los familiares, y de la tragedia que se aproximaba. Escribió: “Nuestro nieto, llamado Shajne Hiller, nacido el 18 de Av, 22 de agosto de 1940, fue entregado a buenas personas. Les ruego, si ninguno de nosotros vuelve, tomen este niño, críenlo con rectitud. Recompensen a esta gente por su esfuerzo y que Dios les dé vida a los padres del niño. Abrazos y besos, tu hermana Reizel Wurtzel”.

Mientras Hellen le entregaba las cartas a la señora Yachowitch, nuevamente le dijo sus instrucciones:

“Si mi esposo o yo no regresamos cuando esta locura termine, por favor envía esta carta a nuestros parientes en Estados Unidos. Ellos de seguro responderán por el niño. Sin importar lo que nos suceda a mi esposo o a mí, quiero que mi hijo crezca como judío”. Las dos mujeres se abrazaron y la Señora Yachowitch prometió que haría todo lo que pudiera. La joven madre besó apresuradamente al pequeño en la mejilla y se fue, temiendo que sus emociones le ganaran y no pudiera dejar a su hijito. Era un hermoso día de otoño. Las madres paseaban con sus niños, y ella, la joven madre judía, intentaba no llorar. Detuvo sus pasos apresurados y nerviosos para no revelarse, y empezó a caminar lentamente, como si ella también estuviera paseando y disfrutando de la vista de la antigua Cracovia. Para no levantar ninguna sospecha, Hellen llevaba una gran cruz colgada del cuello y entró por un momento a la Iglesia de la Sagrada Virgen, en la Vieja Plaza.

En marzo de 1943, el gueto de Cracovia fue liquidado. Las personas fueron transferidas a Auschwitz. Quien era encontrado escondido, era asesinado ahí mismo. Cracovia, el primer establecimiento judío en tierras polacas, allí desde el siglo XIII, era ya Judenrain [la expresión nazi para describir “libre de judíos”].

El matrimonio Yachowitch constantemente preguntaba sobre los padres del niño. Más tarde supieron que los Hiller tuvieron el mismo destino que la mayoría de los judíos de Cracovia: las llamas del Holocausto los consumieron a ambos. También los Yachowitch enfrentaron días peligrosos. Se mudaron a una nueva casa en otro pueblo. De vez en cuando tenían que ocultarse en establos. Cuando al pequeño le daba un ataque de llanto y clamaba por su mamá y su papá, temían que sus vecinos los traicionaran con la Gestapo. Pero el tiempo lo cura todo. El pequeño Shajne dejó de llorar. La señora Yachowitch se encariñó muchísimo con el pequeño y estaba muy orgullosa de su “hijo”. Sus grandes ojos, brillantes y sabios, siempre estaban alertas y pendientes. Ella y el pequeño Shajne nunca se perdían un servicio del domingo y pronto él se sabía ya todos los himnos de la iglesia.

La Señora Yachowitch era una católica devota y decidió bautizar al niño. Fue a ver a un sacerdote joven, recién ordenado, que tenía la reputación de ser sabio y de confiar. La señora le reveló su secreto sobre la verdadera identidad del pequeño niño que le había sido confiado, y le dijo que quería bautizarlo para que pudiera convertirse en un verdadero cristiano devoto como ella. El joven sacerdote escuchó la historia de la mujer. Cuando acabó de hablar, él le preguntó: “¿Y cuál fue el deseo de los padres cuando te encargaron a su único hijo?” La señora Yachowitch le dijo al sacerdote de las cartas y de la petición de la madre de que el niño conociera su origen judío y fuera devuelto a su pueblo en caso de que sus padres murieran. El joven sacerdote le explicó que no sería ni justo ni correcto bautizar al niño mientras todavía había esperanza de que los parientes del niño lo recibieran y se negó a realizar la ceremonia. Esto sucedió en 1946.

Años más tarde, el joven fue enviado con su familia a Estados Unidos. Desde allí, seguía manteniendo contacto con sus padres adoptivos. En octubre de 1978, Shajne, hoy un judío devoto, recibió una carta de la señora Yachowitch. Ella le contaba por primera vez que había querido bautizarlo y criarlo como católico. Y también le contó detalladamente su encuentro con el joven cura. Ese joven cura no era sino el hombre que se convirtió en el cardenal Karol Wojtyla de Cracovia, el hombre quien el 16 de octubre de 1978 fue elegido para ser el papa Juan Pablo II.

El Rabino Rittner es rabino de la Comunidad Bet de México; co-fundador y presidente de la Fraternidad Judeo-Cristiana de México; autor de varias publicaciones, entre ellas, “Aprendiendo a decir adiós. Cuando la muerte lastima tu corazón” Editorial Planeta.



Por el Rabino Marcelo Rittner
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