Ideario
|
"Comienza haciendo lo que sea necesario, continúa haciendo lo te que sea posible y de momento te encontrarás haciendo lo imposible." San Francisco de Asís. |
Portada
La sangre de los inocentes
Dentro de poco, en España, las niñas podrán abortar. Y acabarán con el fruto de sus entrañas sin dar demasiadas explicaciones, sin que sus padres se enteren, de forma anónima y segura, como le gusta hacer las cosas al progresismo que nos gobierna. Será tan sencillo como extraer una muela o montar un botellón. La vida ya no vale nada a los ojos de esta sociedad; el sexo sólo posee una función utilitaria y en este país que tanto nos duele la existencia humana tiene el mismo peso que un orgasmo. Los mismos progres que proclaman los derechos de los simios o se llevan las manos a la cabeza ante la pesca de ballenas, tienen las tragaderas de los dinosaurios para convertir en los mataderos donde se practican los abortos en santuarios de la modernidad.
Esas niñas a los que los progres dentro de poco en España dejarán abortar, volverán a sus casas de madrugada después de perpetrar tal crimen como cuando regresan de fiesta los fines de semana, con los ojos inyectados en alcohol, la mirada perdida y el estómago revuelto. Sólo que esta vez las entrañas no se revolcarán por la mezcla de cerveza y vino peleón, sino porque allá abajo, desde los barrancos de la conciencia, aún resonarán el llanto de los hijos que no quisieron tener, ahogados por enjuagues de sangre y despedazados por el bisturí asesino que les mutiló. Esas niñas que ahora saltarán de alegría cuando se les permita acabar con la vida de sus hijos sin dar cuentas a nadie, mañana serán las mismas que levantarán su dedo acusador contra la misma sociedad que les llevará de por vida a los divanes de los psiquiatras mientras tratarán de taparse los oídos de la conciencia para no reconocer la voz que les acusa.
Un millón de abortos en quince años sólo en España; mil millones en todo el mundo. Un ejército inmenso, infinito, un océano colosal de seres sin nombre, de niños sin rostro, sin edad, sin pasado ni futuro; generaciones silenciosas que no podrán heredar la tierra, de médicos sin carrera ni enfermos, de soldados sin guerra, de carpinteros, artesanos, de soldadores sin oficio ni taller, de maestros sin escuelas ni niños —¡ay, sin niños!-; sin músicos que compongan, sin pintores que plasmen la belleza, sin miguealángeles ni leonardos, sin murillos ni velázquez, sin beethovenes ni Mozarts. Cuántas obras maestras habrían dejado de crearse si en otros tiempos el aborto se hubiese prescrito con la misma facilidad que hoy se compra la entrada a un concierto. Cuántos ingenios maravillosos que hoy nos facilitan la existencia aún hoy estarían por inventarse; cuántos remedios para enfermedades incurables seguiríamos esperando. Por el contrario, cuántos avances tecnológicos que todavía no conocemos, cuántas vacunas vitales que aún no se han descubierto, cuánto progreso científico y técnico aún aguarda porque aquellos para los que Dios los había creado, el ser humano, en el nombre de la libre decisión, decidió que eran poco importantes para llegar a vivir. Cuántos artistas malograrán su talento por los sumideros de los matarifes, por los desagües de las clínicas donde la poesía, la destreza o el talento con que estaban dotados como seres únicos e irrepetibles bajarán a las alcantarillas nauseabundas convertidos en papillas de vísceras y huesos triturados, mientras en una camilla una madre que no quiso serlo llorará de por vida el llanto de la culpa y los matabebés se retirarán a contar la calderilla que, después de cada aborto, les hará un poco más millonarios y un poco más doctos en la ciencia de la muerte.
Hermano Saulo.
Chocolate caliente
|
La amistad verdadera nunca termina Dice la leyenda que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro. El otro, ofendido, sin nada qué decir, escribió sobre la arena: "Hoy, mi mejor amigo, me pegó una bofetada en el rostro". Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por su amigo. Al recuperarse, tomó un estilete y escribió en una piedra: "Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida". Intrigado, el amigo preguntó: "¿Por qué después que te lastimé escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?". Sonriendo, el otro amigo respondió: "Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo. Por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo". Anómimo. |
Chispazos de Dios
|
Otro día, Santa Gertrudis estaba pidiendo la curación de una amiga y Jesús le dijo: Tú me pones en un aprieto, implorándome la curación de tu amiga. Yo mismo le he enviado esta enfermedad y ella la acepta con admirable sumisión a mi voluntad. La estoy preparando para un cielo más hermoso por toda la eternidad . |
Testigos
Chispazos de Dios
Gritarán las piedras
Mira el resto del documental aquí
Regreso a casa
Al partir el Pan. Historias Eucarísticas.
|
El paso de un río Año 1258 París Francia Venían con mano armada los tártaros sobre la ciudad de Kiovia, en Polonia, destruyendo cuanto encontraban al paso, y llevándolo, todo a sangre y fuego, y como entendiese San Jacinto que los tártaros habían llegado ya a los muros de la ciudad, acabó de celebrar el sacrosanto sacrificio de la Misa, y revestido como estaba, tomó con mucho sosiego el Santísimo Sacramento del altar, ordenando a sus frailes que le siguiesen. Había en la misma iglesia una imagen de Nuestra Señora, de alabastro, hermosísima y se mucho peso, de la cual el santo era muy devoto, y como él se fuese sin ella, le habló la Imagen, diciendo: “Hijo mío, Jacinto, ¿me abandonas? Llévame en tu compañía, para que no me ultrajen mis enemigos”. El Santo respondió que pesaba mucho. La Virgen, le dijo: “Tómala, que mi Hijo te la hará ligera y fácil de llevarla”. Entonces el Santo se llegó con muchas lágrimas y reverencia a la Imagen; la tomó en sus brazos, y con ella, que no le pesaba más que una pluma, y con el Santísimo Sacramento, acompañado de los Religiosos se salió del convento. Llegaron a orillas del río Dnieper o Boristenes, y no hallando barca ni barquero para transitarlo, se entró animosamente en el agua, y pasó a la otra parte sin mojarse ni aún las suelas de sus zapatos, siguiéndoles los frailes que le acompañaban. El agua respetó no sólo al divino Sacramento, que el Santo llevaba, pero aún al mismo Santo en reverencia del Santísimo Misterio. Por mucho tiempo quedó marcada sobre las aguas una maravillosa señal, que a manera de estela luminosa indicaba el camino que había seguido San Jacinto. (P. Pedro de Rivandeira, S. J., Flos Sanctorum) |

